Diario de Irán (11 y 12): Lut y Kerman. Amaneceres, desiertos y bazares.

 

Nos levantamos a las cuatro de la mañana porque queremos ver amanecer en el desierto de Lut. Aunque el verdadero mérito es de Mehdi, que se levanta con nosotros aunque no tenga por qué hacerlo… porque hoy nos llevan en 4×4. Pero dice que le hemos caído muy bien y que se viene con nosotros, es genial.

Amanece en los Kaluts

No sabríamos ni cómo empezar a describir este amanecer, porque de verdad que las fotos no le hacen justicia. El paisaje es de esos que te dejan sin aliento, enmarcado en los tonos rojizos y púrpuras de cielo, como si estuviéramos en Marte o en cualquier otro lugar.

Este lugar es perfecto. Hemos estado en muchos desiertos antes, pero en ninguno como este. Habíamos leído mucho, opiniones de todo tipo, pero al ver el sol asomando en el horizonte comprendemos que hemos acertado de pleno. Este lugar era imprescindible en nuestro viaje. 

Y esta vez sí, esta vez estamos completamente solos. En silencio absoluto. Disfrutando de alto que nos va a costar mucho olvidar.

Un lago en medio del desierto

Tras el amanecer nos llevan a ver algo más alucinante aún. Un lago en medio del desierto. Kilómetros de agua que cubren los kaluts, la carretera y el paisaje: al parecer, hace siete meses hubo unas intensas lluvias que provocaron una riada desde unas montañas ubicadas a 80 kilómetros de aquí… y hasta hoy. Ni el verano, con su más de 60 grados de temperatura, ha logrado acabar con este lago. Esto es algo único que dudo que podamos volver a ver. 

Después, por si aún teníamos dudas sobre lo alucinante  de este lugar, nos vamos a hacer un rally por el desierto. Y nuestro conductor podría ganar el Dakar porque es brutalmente bueno. Eso sí, está como una regadera. Yo creo que me hago daño en la mano y todo de agarrarme al manillar. Flipante, una experiencia absolutamente brutal. Ya no solo el ponerse casi en vertical con el coche, si no los paisajes y la sensación de estar solos en medio del mundo: vemos cañones alucinantes, dunas sin una huella, piedra inmensas en medio de la arena… vemos de todo, menos gente.

Regreso al bazar

Tras el desierto vamos de camino a Kermán, parando en uno de los arboles más antiguos del país (más de 3000 años, según nos dicen), en el mausoleo Shah Nematollah Vali (que entramos, a pesar de que Mehdi nos dice que no merece la pena -le teníamos que haber hecho caso-) y en el jardín de Shazdeh. La verdad es que con todas las maravillas que hemos visto estos días, ya poco nos sorprende. Este jardín, a pesar de ser precioso, tampoco lo hace, aunque nos relaja mucho pasear al lado del murmullo del agua.

Llegamos a Kerman poco antes del medio día y aprovechamos para ir un rato al centro de la ciudad y comer. Es una ciudad que no tiene absolutamente nada, salvo el bazar y cuatro sitios que, sinceramente, después de los lugares que hemos visto nos saben a poco… sin embargo, hay ambientillo y nos lo pasamos bien haciendo fotos con el teleobjetivo, que es una de nuestras cosas preferidas en el mundo :-).

Aprovechamos para visitar unos antiguos baños (que no están mal, pero que comparados con los que hemos visto en Kashan no hay color) y acabamos la tarde en el Vakil Tea House, un antiguo hamman reconvertido en tetería con música en directo, un lugar chulísimo que está en el mismo bazar. Además nos cuentan que es la primera vez que ponen música desde que empezó el Mojarav, hace ya dos meses. La entrada cuesta 30.000 riales más lo que consumas. 

A la mañana siguiente tenemos que hacer algo de tiempo antes de que salga nuestro vuelo, así que regresamos al bazar porque no hay mucho más que hacer por aquí y ponemos el tele para lanzarnos a hacer fotos.

De inmediato nos convertimos en la sensación del bazar. Todo el mundo nos pide fotos, incluso nos llaman para que se las hagamos. Es de lo más entretenido. Aprovechamos también para comprar algunos dátiles… y cuando digo algunos quiero decir un par de kilos porque aquí están bestiales, y de paso nos llevamos pistachos, dulce de dátil y pasta de sésamo, que ha sido un hallazgo absoluto durante este viaje. Todo comida, como podéis ver. Así nos las gastamos.

El taxi que no fue

Tras dejar el bazar tratamos de coger un taxi por la calle, pero el tío nos dice un precio y cuando estamos subidos lo multiplica por diez, que sigue siendo una cantidad ridícula, pero nos toca las narices y no nos fiamos ya de él… así que nos bajamos prácticamente en marcha. Probamos a pedir un taxi con el móvil, pero SnApp vuelve  a complicarnos la vida. El problema es el de siempre, que el conductor nos llama por teléfono y, obviamente, no somos capaces de comunicarnos en farsi con él, así que nos cancela el viaje. Por suerte, un chico que hay cerca con su coche ha visto la escena y viene a preguntarnos si necesitamos algo. Le contamos lo que nos había pasado y nos dice que nos lleva en su coche al hotel. La verdad es que es una suerte porque vamos un poco justos de tiempo al aeropuerto ya. El chico nos dice que es médico y, por supuesto, se niega a coger nada de dinero a cambio del viaje. No se nos cansa la boca de decir lo maravilloso que es este país y lo muchísimo que adoramos a su gente. 

Volando vamos

Tras recoger el equipaje y despedirnos de todo el hotel, que de verdad han sido encantadores con nosotros… de hecho nos han dejado una habitación nueva para que guardáramos las maletas por si nos queríamos dar una ducha antes de salir hacia el aeropuerto. No puedo con tanta amabilidad, son alucinantes en este país. Cada gesto que tienen con nosotros nos demuestra lo buena gente que son.

En el aeropuerto pasamos por dos colas separadas, una para mujeres y otra para hombres. Nos quitan el pasaporte y se lo llevan, así que vivimos un pequeño momento de pánico… pero finalmente nos lo traen pasados unos quince minutos, que se nos han hecho eternos. No sabemos muy bien qué han hecho con él, aparentemente nada.

En el avión conocemos a un hombre que al parecer es comerciante de caramelos indios, o algo así nos cuenta después de regalarnos algunos caramelos.  La verdad es que muy agradable también, no sabemos ya si es suerte o que todo el mundo en este país es encantador. Apostamos por lo segundo.

Al salir del avión pedimos un taxi con SnApp pero… sorpresa, vuelven a llamarnos. Ni corta ni perezosa, y harta de que me cancelen viajes, me acerco a un grupo de taxistas y les paso el teléfono. D me quiere matar al verme… pero, sorpresa, los taxistas son encantadores y nos ayudan a localizar a nuestro conductor, de hecho uno de ellos se queda con nosotros hasta que aparece, le para y le explica dónde vamos. ¿Hemos dicho ya lo maravillosa que es la gente de Irán?

Teherán

Llegamos a Teherán y vamos directos a casa de Abbas, donde nos espera su mujer Zahra, que habla un poco de inglés pero no demasiado. Somos los primeros huéspedes que acoge después de muchos años de parón por el nacimiento de sus dos hijos. Nuestra llegada ha sido todo un acontecimiento para ellos y nos hemos pasado media tarde jugando, la verdad es que es curioso como a los niños no les importa nada no entender lo que dices y enseguida te hacen parte de sus juegos.

Cuando llega Abbas nos dicen que van a pedir algo de cenar y, después de la cena nos vamos a dormir porque mañana nos espera un madrugón importante. 

Escúchanos

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