Diario de Indonesia, Malasia y Singapur (21 y 22): Caminando entre orangutanes.

 

Llegamos al aeropuerto pronto. Muy pronto. Estamos deseando echar una cabezadita, pero intentamos resistir hasta que cojamos el avión. Con esto en mente, vemos como se acerca la hora del vuelo.. sin que anuncien nada ni aparezca ninguna información en las pantallas. Cuando llevamos un rato esperando, nos da por preguntar-hace diez minutos que deberíamos estar embarcando-. Muy sonriente, la azafata nos dice que han retrasado nuestro vuelo 2 horas. 

Aterriza dónde puedas

Tenemos un problema serio porque el retraso implica que no llegamos a nuestra conexión con Medan y, si perdemos este vuelo, no vamos a poder llegar a Bukit Lawang hoy, descuadrándonos el resto de planes. Por eso, aunque la azafata nos ofrece reubicarnos en otro vuelo, como este llega a última hora de la tarde a Medan, le decimos que no nos vale. Después de varios intentos y propuestas, no conseguimos que nos ofrezca ninguna solución, con que, desesperados, D decide irse a hablar con los responsables de la compañía aérea, que están en otra planta. Al rato vuelve con la solución a nuestro problema: el siguiente vuelo también va con retraso y nos garantizan que nos esperan. Se supone que llegamos por los pelos, pero llegamos. 

Una vez en el avión -y sin estar muy convencidos de si vamos a llegar o no, la verdad- el vuelo en sí es de los más raros que hemos hecho nunca: sabíamos que tenía una escala en Surabaya, donde cambiamos de avión. Lo que no venía en ninguna parte era que el siguiente vuelo también tenía una parada para recoger pasajeros en algún lugar aleatorio de Java. Menos mal que, extrañados por la corta duración del vuelo, nos da por mirar nuestra ubicación en vez de bajarnos del avión (nadie nos informó de nada y las azafatas no tenían tampoco ni idea de lo que pasaba). Finalmente nos enteramos de que tenemos que quedarnos en el mismo avión, que continua su ruta en cuanto recoja a la gente (cual parada de autobus). Hay que estar con mil ojos en los vuelos de este país!

Medan

En el aeropuerto de Medan nos ponemos a buscar un medio de transporte hasta Bukit Lawang. Las opciones que tenemos son ir en autobús, para lo que hay que coger uno hasta Binjani y después cambiar a otro que vaya a nuestro destino final o en taxi. El primer autobús local cuesta 50.000 rupias y el segundo en teoría también, pero hemos leído en varios foros y blogs que una vez llegas allí, hay una especie de mafia montada que te pide más dinero y al final no te queda más remedio que pagar.  Nos ponemos un precio máximo 400.000 rupias para el taxi, si lo conseguimos a ese precio iremos así y si no, cogeremos el autobús.

Nos ponemos a negociar con los taxistas que vemos. Conseguimos bajar de 900.000 rupias hasta 500.000 en un rato de conversaciones, pero ahí se atasca la cosa. Lo jugamos todo a una última carta y decimos que si nadie nos lo ofrece por 400.000 (por cierto, días después nos dirán que es un precio bajísimo), nos iremos en autobús y nos encaminamos hacia la taquilla. Justo cuando estamos a punto de comprar el billete, un señor dice que acepta el trato y nos lleva hasta un sitio en el que hay varios coches particulares, con sus correspondientes señores.. todo ello con pinta bastante rara. Miramos al señor que nos va a llevar, nos miramos nosotros y… bueno,  con él que nos vamos (con nuestro protocolo de seguridad para viajes en coches raros activado :D) 

Bukit Lawang

Tardamos cuatro horas en llegar, aunque se pasan rápido porque vamos tratando de aprender algo de Indonesio con la ayuda del conductor -que resulta ser muy majo- y el traductor de Google. 

Cuando llegamos al pueblo, nos está esperando Bob, el guía que hemos contratado para la selva. Nos acompaña al hostal y dejamos el equipaje. Después bajamos a que nos explique qué haremos mañana: Cuando nos pusimos a buscar un guía para la selva no nos valía cualquiera. Queríamos asegurarnos de que compartiera nuestra preocupación por los animales y que nos facilitara una experiencia de turismo responsable. Habíamos leído que algunos guías alimentan a los orangutanes para conseguir que se acerquen a los turistas y eso era lo que no queríamos, ya que estos animales han sido rehabilitados y se han adaptado a vivir en su hábitat natural. Si ahora los humanos los acostumbran a facilitarles el alimento, todo el trabajo hecho con ellos se vería anulado y volverían a depender del ser humano para sobrevivir. 

Puedes pensar que, tal vez, lo mejor en ese caso sea no visitar la selva y nada más lejos de la realidad. En nuestra opinión, siendo conscientes de dónde estamos y responsables con el tipo de turismo que hacemos, no hay problema. Además, en Sumatra, es incluso necesario: Las plantaciones de aceite de palma que han deforestado gran parte de la isla, dejando sin hogar a los orangutanes y otros animales que allí vivían son la gran lacra de este lugar. Si el Parque Nacional de Gunung Lauser se ha visto a salvo, ha sido gracias al turismo. Al final, y lamentablemente, todo es una cuestión de dinero :-(. Bob nos lo explica así de claro: la gente de aquí solo cuida de la selva porque el dinero que generan con el turismo es mayor que el que obtendrían con una plantación de aceite de palma. 

Nosotros elegimos venir aquí porque los orangutanes de esta zona están acostumbrados a los humanos -a fin de cuentas, estuvieron en cautividad-. La población está controlada y los guías conocen su carácter, lo que es más seguro para nosotros. Además, aunque está lejos de estar masificada, esta zona si está turísticamente explotada y, aunque sabemos que hay viajeros que prefieren adentrarse en zonas de selva más vírgenes, nosotros pensamos que es preferible que existan ciertos lugares sin impacto humano. 

Tras la charla con Bob empieza a diluviar, así que optamos por cenar en el mismo hostal, que tiene una carta bastante variada y bien de precio. Después nos vamos a acostar.

Adentrándonos en la selva

Bob nos recoge en el hostal a las 8:30 de la mañana. Iremos en un grupo reducido, de 4 personas (nosotros y una pareja de franceses). Esto es algo que también queríamos a toda cosa -un grupo pequeño- por dos razones principales: la primera, para tratar de alterar lo menos posible el medio natural en el que nos encontramos (cuatro personas hacen menos ruido que diez). La otra razón es que los orangutanes son animales impredecibles y, por ello, peligrosos. No creemos que un solo guía pueda estar pendiente de un grupo excesivamente numeroso, ni que los miembros de un grupo tan grande puedan estar pendientes constantemente de las explicaciones y advertencias del guía. 

La zona exterior del Parque Nacional está repleta de árboles de caucho, que plantaron los holandeses durante su ocupación de la isla. Nuevamente el hombre tratando de sacar provecho de la naturaleza, sin tener en cuenta nada más que sus propios intereses económicos. Sin embargo, cuando entramos en la reserva, la cosa cambia: el Parque Nacional de Gunung Leuser es un bosque tropical húmedo. Esto quiere decir que presenta altas temperaturas y precipitaciones constante a lo largo del año, por lo que la humedad es elevada. Ya conocíamos este tipo de bosque porque es el que encontramos en el Amazonas, aunque aquí tenemos la mala suerte de haber pillado lluvias muy fuertes la noche anterior que han dejado el suelo convertido en un auténtico barrizal. De hecho tenemos que caminar con cuidado para no resbalar porque, además, otra característica de esta zona es que está en una pequeña montaña, con lo que vamos constantemente subiendo y bajando, apoyándonos en rocas y raíces para no escurrirnos. No es precisamente sencillo y, a los cinco minutos de llegar, ya estamos sudorosos y cubiertos de barro. Eso sí, encantados 🙂

Primer contacto

El primer orangután que vemos es una hembra con su cría, subida a un árbol. Somos dos grupos los que la hemos visto -nosotros y otro que tendrá unas 8 o 9 personas-. Bob nos explica varias cosas: por ejemplo, que los orangutanes son solitarios, sobre todo los machos que no participan en la crianza de los hijos. Las hembras sí, conviven con sus crías durante los primeros años de vida de las mismas, hasta que alcanzan la edad adulta.  Además, aprovecha para darnos también unas normas básicas de seguridad: no acercarnos a los orangutanes, no hacer ruido y no lanzarles comida bajo ningún concepto. Si vemos que el orangután avanza hacia nosotros, tenemos que correr, así que es importante que tengamos siempre visible una vía de escape. 

No es algo que todos los grupos hagan, ya que muchos de ellos van hablando a voces, se acercan de una manera peligrosa a los animales y están más pendientes de hacerse un selfie que de correr cuando es necesario. Este es el problema de los grupos grandes y, sobre todo, de la gente que no tiene respeto ninguno por la naturaleza. 

El orangután es un animal en peligro de extinción, actualmente existen unos 25.000 ejemplares en libertad repartidos entre Sumatra y Borneo.

Continuamos andando y al rato nos encontramos con un macho enorme. Realmente impresiona el tamaño que tiene, mucho mayor que el de la hembra. Los orangutanes pueden llegar a medir hasta dos metros, aunque no es frecuente. Lo que sí es habitual es que sus brazos extendidos alcancen los tres metros. Además, pueden llegar a pesar hasta 100 kilos.  La pena es que hay un montón de grupos juntos aquí, varios de ellos totalmente irrespetuosos -no paran de gritar y cruzarse para hacerse selfies-. Realmente es un milagro que no pase nada porque el orangután tiene que estar harto de nosotros. Incluso resulta algo agobiante para nosotros. Y triste, sobretodo triste: deberían controlar de algún modo el acceso o, al menos, educar de algún modo previamente a los turistas para que escenas así no se repitan. 

Después paramos a almorzar algo de fruta que ha traído Bob. Tiene de todo: mangostanes, rambutanes, piña, mandarinas, fruta de la pasión, plátanos. Nos ponemos hasta arriba de fruta y descubrimos que aquí hay una variedad increíble y deliciosa. Tenemos que tener cuidado de no dejar ninguna cáscara o semilla en el suelo y recoger absolutamente todo lo que llevamos, ya que al habernos echado repelente de mosquitos, la piel de la fruta podría estar contaminada y si un animal la comiera, podría enfermar. Cuento esto para que comprendas el alto impacto que la cosa más mínima que hagas puede tener en la naturaleza. 

La alimentación de los orangutanes se basa principalmente en frutas, aunque también consume hojas, flores y cortezas, de las que saca insectos como hormigas o termitas. 

Seguimos un rato más sin ver orangutanes, así que nos disponemos a comer. Obviamente, tenemos nasi goreng y más fruta de postre. Cuando estamos a punto de empezar con ella, Bob nos dice que recojamos todo rápidamente. Le hacemos caso y, apenas dos segundos más tarde, un orangután cruza sobre nosotros. Parece que ha debido sentirse atraído por el olor de la fruta.

Al poco llega otro orangután con su cría y nos quedamos un buen rato embobados mirándolos, ya que encima tenemos la suerte de que solo hay otro grupo no muy grande al lado, por lo que no hay gritos ni voces. 

Un momento mágico

Estamos un rato allí hasta que decidirnos movernos para terminarnos la fruta que hemos dejado a medias. Luego caminamos un rato más, pero ya emprendiendo el camino de vuelta. La pareja de franceses ha optado por hacer rafting en el río para regresar a Bukit Lawang -la opción más popular entre los turistas-. Se van con otro guía ya que Bob se queda con nosotros, que queremos volver a pie. Posiblemente la mejor decisión del viaje. Y es que nos quedamos completamente solos. Todos los turistas se han ido y, por fin, podemos disfrutar del silencio de la selva. Posiblemente la mejor decisión del viaje ya que, apenas unos minutos más tarde, tenemos un golpe de suerte: una hembra de orangután y su cría solo para nosotros. 

Perdemos la noción del tiempo y es que absolutamente hipnótico verlos desplazarse de árbol a árbol. De vez en cuando nos toca salir corriendo, ya que cuando avanza es imposible saber si podría sentirse intimidada por nosotros y atacarnos. 

Todo esta en silencio y solo escuchamos el viento agitando las ramas de los árboles, las hojas que crujen cuando los orangutanes se desplazan, el ruido del más pequeño trepando a las copas de los árboles mientras su madre le espera en un tronco caído. Absolutamente alucinante, una de las mejores experiencias de todo el viaje. Estamos flotando. 

De vuelta a la realidad

Bob nos sugiere que regresemos al pueblo, ya que pronto anochecerá. Además, empieza a llover de nuevo, así que nos vamos con mucha pena y nos despedimos de la asombrosa escena que nos ha regalado la naturaleza. 

Llegamos al hostal desesperados por una ducha que, aunque sea de agua fría, nos sienta como nunca. Después nos vamos a dar una vuelta por el pueblo, que es pequeñito y encantador. Nos gusta mucho su disposición en torno al río y el hecho de que sea pseudo peatonal (ya que de vez en cuando se cruza alguna moto).  Tienen un pequeño mercadillo en el que, curiosamente, tienen los precios fijados: todas las tiendas piden lo mismo y no regatean. Lo mismo sucede con los transportes al aeropuerto o a Berastagi. 

Nos tomamos algo con Bob y terminamos cenando en el hostal, ya que la lluvia ha vuelto y tenemos buen recuerdo de la cena de ayer. Después nos vamos a acostar, rendidos.