Diario de India&Nepal (17): Varanasi

 

Nos despertamos por el ruido y la luz. El tipo de la litera de abajo se ha pasado toda la noche molestando. Hablando por teléfono, encendiendo la luz, haciendo ruido y eructando.  Sí, aquí en India se conoce que no se considera de mal gusto porque lo hacen sin inmutarse si quiera. Y eso es algo que venimos apreciando estos días en India: por su educación, hacen cosas que a nosotros nos parecen faltas de respecto y/o civismo. Ese, creemos, es uno de sus principales problemas como sociedad.  Y el ejemplo más claro son las carreteras: como no respetan al resto de vehículos, la conducción se vuelve un peligro y eso al final les perjudica a todos porque, pese a que las infraestructuras sean buenas, no pueden circular a grandes velocidades porque el riesgo de accidente es muy alto.

Y pasa lo mismo con el famoso acoso al turista. Te insisten e insisten hasta el desgaste. Tú, por la educación que has recibido, das una negativa amable. Y ellos siguen y siguen. Al final tienes que contestar mal o ignorarles. Se puede entender que tengan necesidad de venderte sus productos, pero no entendemos cómo no se dan cuenta de que esa actitud sólo les perjudica: nadie va a querer comprarle algo a un tipo que ha estado acosándole durante diez minutos. Supongo que forman parte de la famosa polémica que envuelve al país.  En general son buena gente y, cuando cruzas la “barrera del turismo”, son muy simpáticos y buenos conversadores, aunque a veces puedan resultar agotadores.

El caso es que, cuando nos despertamos, solo quedan dos hombres en las literas de abajo. Son las ocho de la mañana y todavía quedan tres horas para llegar a Varanasi. En total doce horas de tren para menos de 500 kilómetros. Pensábamos que era por la velocidad pero, si bien es cierto que muy rápido no va, lo que ralentiza el viaje es que en cada parada se queda un buen rato detenido. Por lo menos media hora… y para unas cuantas veces.

Aunque lo verdaderamente desesperante llega cuando nos vamos acercando a Varanasi y el tren se queda más de una hora detenido, sin que nadie nos explique qué pasa. Los indios no parecen inmutarse, esto debe ser normal aquí. Nosotros acabamos hartos de tren, llegamos con dos horas y pico de retraso y perdemos unas valiosas horas de luz para nada.

Los trenes de India son poco fiables y los retratos son habituales. Lo mejor es armarse de paciencia al subir a uno.

Llegamos al hotel casi a las dos. Me encuentro un poco mareada, así que me quedo en la habitación mientas D. va a dar una vuelta y a comer algo (y a batir nuestro record en una comida: 25 rupias!). A su regreso me trae un juju dhau y unos dulces para que coma algo, aunque no me encuentro muy bien. Creo que el traqueteo del tren me ha revuelto el estómago.

Descansamos unos minutos y nos damos una ducha. Después vamos a recorrer los ghat, empezando por Assi, que es el último y el que más cerca nos pilla. O el primero, según por dónde se empiece.

Varanasi tiene más de 100 ghat, de Varaṇā a Assi.

Varanasi es una de las siete ciudades sagradas del hinduismo y, con sus casi 4 mil años de antigüedad, una de las más antiguas del mundo. Debe su condición en parte al río Ganges, el río sagrado de los hindúes. Como curiosidad, el río Ganges es considerado una entidad legal y viviente que tiene el estatus de una persona con todos sus correspondientes derechos, obligaciones y responsabilidades, según un tribunal de la India.  De esta manera se trata de evitar que siga siendo ensuciado, al ser jurídicamente equiparables contaminar el río y dañar/matar a una persona (Sucede lo mismo con el Yamuna, el afluente que pasa por Delhi y Agra).

Lo habitual es ver a cientos de personas realizando sus abluciones diarias en el río y llevándose recipientes con agua a sus hogares. Se considera que beber de este agua en el trance a la muerte garantiza la salvación eterna.  Y, aunque el agua está terriblemente contaminada debido a los residuos que aquí se vierten a diario -la mayoría provenientes de los crematorios- a los hinduistas poco les importa. No en vano, al agua del Ganges se le atribuye la capacidad de limpiar los pecados del alma  y, al morir, de liberarla del ciclo de la reencarnación. Aunque esto último sólo sucede aquí, en Varanasi.

En sánscrito el río Ganges se llama «gáṅgā». No os sorprenda que no os entiendan si lo llamáis de otra manera.

Pero no todo es muerte en Varanasi. También hay vida, color, familias enteras bañándose en el río con ropa o sin ella. Con recién nacidos, ancianos, mujeres y hombres. La ablución se realiza en solitario, pero también en grupo. Amigas que se bañan juntas de la mano, entre sonrisas de complicidad. Amigos que posan para una fotografía. Turistas, cómo no, que se atreven a meterse en el río para inmortalizar el momento con sus cámaras.

Una familia nos saluda y nos pide una foto. El padre hace de interlocutor aunque no habla absolutamente nada de inglés. Nos da la mano con una sonrisa y nos presenta a su mujer y sus hijos con solemnidad. Son un montón y es muy divertido porque intentamos entendernos sin conseguirlo. Su hija más mayor, que sabe un par de palabras en inglés, consigue decirnos un par de cosas que medio entendemos y, cuando ya no sabemos qué más decir, nos despedimos efusivamente de ellos. Todo, obviamente, después de una sesión de fotos.

Regresamos al hotel para encontrarnos con el guía, ya que tenemos prevista una excursión en barca para ver la Puja. Pensabamos que iba a ser a pie pero no, es en un bote con bastante gente. Lo malo es que empezamos a dar vueltas por el Ganges recogiendo a otras personas y, para cuando queremos llegar al ghat de Dasaswamedh, ya hay un montón de barcos y nos toca estar muy lejos. Hubiera sido mejor verlo desde tierra.

El precio de una paseo en barca por el Ganges ronda las 70 rupias por persona.

La parte buena es que el guía nos explica bastantes cosas sobre la ceremonia. Los sacerdotes son brahmanes, la casta más alta. Son cinco porque simbolizan los elementos: agua, fuego, tierra, aire y espíritu. Lo que utilizan para hacer el humo blanco es excremento de vaca seco, ya que al ser consideradas estas sagradas, su excremento también lo es.

Las casta más alta del hinduismo son los brahmanes (sacerdotes o maestros), después están los chatrías (políticos y guerreros). Les siguen los vaishias (comerciantes y artesanos) y los shudrás (obreros y campesinos). La casta más baja es la de los dalitss, los intocables

Como nos interesamos por el tema de las castas,  el guía nos cuenta más cosas al respecto: Los brahmanes pueden ser sacerdotes o cualquier otra profesión de castas inferiores, salvo las propias de los intocables, la casta más baja. Estos hoy día pueden tener contacto con otras castas, pero hace unos años no era así: Si alguien de una casta superior los tocaba, tenía que ir a purificarse al Ganges. Tampoco se podían casar con alguien que no fuera de su casta, aunque en la actualidad está permitido y un 40% de los matrimonios son mixtos. Al casarse, la casta de la mujer pasa a ser la del hombre. Entre ellos se distinguen por los apellidos, habiendo ciertos apellidos propios de una determinada casta. Nos cuenta también que, aunque la gente mayor es reacia a perder esta tradición, los jóvenes cada vez pasan más del sistema de castas.

Cuando acaba la ceremonia regresamos al hotel y vamos a dar una vuelta. Acabamos cenando en un sitio llamado Salt&Pepper cerca de hotel que resulta estar muy bueno. Además coincidimos con un montón de mujeres de Punjab y acabamos enseñándoles nuestras fotos del Templo dorado, que les encantan. A nuestro lado se sienta un matrimonio de británicos con los que acabamos intercambiando opiniones sobre el país y, cómo no, sobre la actualidad política europea.

Después de cenar vamos a por el postre. Queríamos un curd pero vemos en un puesto algo parecido que se llama ravli y nos dicen que es típico de aquí. Resulta ser una especie de arroz con leche, pero especiado. Está muy bueno. Tanto que repetimos.

Volvemos al hotel para acostarnos porque yo sigo sin encontrarme del todo bien. Cuando estamos en la cama nos llaman del recepción para pedirnos que bajemos. Baja D. porque yo estoy sin fuerzas. Resulta que quieren que nos cambiemos de habitación a una más pequeña para dejarle esta a un grupo de tres personas que acaba de llegar. Decimos que no, es tarde, no me encuentro bien y no me apetece recoger todo y moverme a estas horas. Tendrían que haberlo previsto antes de que nos instaláramos.

Intentamos dormir pero imposible, en el templo de al lado están armando un jaleo increíble, cantando con altavoces a todo volumen. Una locura. No sé a qué hora acaban porque en algún momento, pese al ruido, acabo cayendo rendida.