Bujará: la fortaleza de Arq y el minarete Kalyan (9)
Bujará: la fortaleza de Arq y el minarete Kalyan (9)

Bujará: la fortaleza de Arq y el minarete Kalyan (9)

 

Bujará es un lugar curioso. La mayor parte de su población es cultural y lingüísticamente tayika, a pesar de que la ciudad, como Samarcanda, fue incorporada a la República Socialista Soviética de Uzbekistán durante el período soviético. Esto, como resulta evidente, ha sido durante años fuente de conflicto entre ambos países, ya que son ciudades que tienen gran importancia a nivel histórico y turístico… y eso implica que generan riqueza, cosa de la que los tayikos no van sobrados, precisamente.

La región de Bujará fue durante un largo período parte del Imperio Temúrida. El origen de sus habitantes data del período de inmigración aria a la región. Los sogdianos habitaron esta región los cuales, siglos después, habrían de adoptar el idioma persa. Además, algo muy curioso, tras La Meca es el segundo centro de peregrinación musulmana.

 

La fortaleza del Arq

Nos levantamos para desayunar a las 9 (sí, aquí el desayuno es de 9 a 10, cada vez más tarde), de nuevo con muchísima abundancia y variedad, y salimos de camino al Arq, la fortaleza de los emires que está al lado del hotel. Realmente lo que queda de la fortaleza es menos de un cuarto del original, pero la mayoría de las secciones de la muralla están muy bien conservadas/reconstruidas (además, curiosamente están en cuesta, hechas con ladrillos y con vigas de madera, con lo que es muy fácil de escalar… cosa que no entendemos). Por dentro todo está según estaba, y se puede ver la mezquita, las caballerizas, la zona de audiencias y la del trono. La verdad es que, comparado con las cosas que hemos visto en Samarkanda, es un poco pobre.. aunque creemos que la van a reconstruir con en tiempo.

Esta fortaleza fue inicialmente construida y ocupada alrededor del siglo V d. C.  Estaba habitada por las diversas cortes reales que gobernaban la región circundante de Bujará. El Arq fue utilizada como fortaleza hasta que llegó el gobierno ruso en 1920.

En la leyenda, el creador del Arq era el legendario príncipe persa Siyavash. Cuando era joven, fue ocultado a su madrastra en el país-oasis de Turana. Siyavusha y la hija del gobernador local de Afrosiab se enamoraron. El padre de la enamorada les permitió casarse, siempre que Siyavusha hubiera construido un palacio que pudiera ser rodeado por piel de toro, la que obviamente dio como tarea imposible. Pero Siyavusha cortó la piel del toro en tiras finas, atadas a los extremos, y dentro de esto límites construyó el palacio.

Bajamos y vamos rodeando la muralla hasta la antigua cárcel (Zidon), que por los comentarios que leemos no tiene pinta que merezca la pinta visitarla, así que pasamos porque además la entrada es “cara” y hace un sol de justicia que aquí da de lleno. Seguimos rodeando la fortaleza y llegamos a lo que parece que es el camino principal hacia los monumentos… sobre todo hacia el gran minarete que se ve sobresaliendo entre las cúpulas. Nos encaminamos hacia allá, pensando que aunque han tratado de imitar la idea de Samarkanda peatonalizando la zona, aún queda trabajo por hacer…

El centro de Bujara

Casi sin darnos cuenta llegamos al Registan de Bujara. Aquí, en vez de la madrasa principal, llamada Mir-i Arab, del frente esta en minarete de Kalyan, flanqueado por la  mezquita de Kalân. El conjunto no es tan impresionante como el que veíamos ayer pero, al ser una plaza más reducida, resulta más acogedor. Además, a pesar de la comparación, sigue siendo una auténtica obra de arte tanto del diseño como de la restauración… simplemente es que las comparaciones son odiosas.

Comparando también los precios, nos sorprendemos gratamente cuando vemos que la entrada a la mezquita de Kalân es 10 veces menor (5000 en vez de 50000 soms) que le del Registan. Además, te permiten acceder con ella todo el día al complejo que, por otro lado, consta de una fantástica plaza porticada, con unas arcadas que nos recuerdan gratamente a Shiraz. Además, la mezquita transmite una sensación inmensa de paz y, ahora que empieza ya a apretar el calor, está fresquita y corre aire, lo que se agradece mucho.

Ya hace 5 siglos que esta mezquita es la mezquita principal de Bukhara. Sólo la mezquita de Bibi Khanum en Samarcanda la supera en tamaño y decoración artística. Aquí pueden caber más de diez mil personas a la vez. Está conectada al minarete por un puente, pero ahora mismo el minarete no es visitable. El minarete, diseñado por Usto Bakó, fue construido por el gobernante Mohammad Arslán Khan de la dinastía Qarajánida en 1127 para convocar a los musulmanes a la oración cinco veces al día

Cuando salimos intentemos cruzar a la madrasa que está en frente, pero que está cerrada: al contrario que el resto de edificios de la ciudad, esta ha permanecido funcionando como madrasa hasta la actualidad… ¡desde hace 500 años! Nos resulta alucinante que después de este tiempo siga teniendo estudiantes en sus aulas.

La construcción de la madraza Miri-Arab data del siglo XVI, y está relacionada con el jeque Abdallah Yamani (de Yemen), el pir espiritual (guía) de los Sheybanids. Esta madraza es considerada uno de los monumentos más interesantes de Bujará, y sigue siendo una institución donde los futuros imanes y mentores religiosos reciben su educación.

Mezquitas y caravansarais

Continuamos hacia el centro por calles muy bonitas pero con pocas sombras, atravesando pequeños zocos que están muy fresquitos y llegamos a las madrasas enfrentadas de Abdulaziz Khan y Ulugbek. Estas están bien, pero se nota que han sido reconstruidas y renovadas mucho menos. Por un lado, comparándolas con las demás, da pena  verlas en su estado actual, convertidas casi en un mercado y poco más. Por otro, es genial poder ver algo similar al estado que podían el resto antes de ser reconstruidas… y, de nuevo, valorar el increíble trabajo que se ha hecho.


Seguimos atravesando zocos, cada vez con más calor, hasta llegar a la zona caravansarai, donde empieza el centro centro de la ciudad: el propio caravansarai esta cerrado, pero tiene al lado parte de restos arqueológicos, una mezquita y otro pequeño zoco que hace que el conjunto sea interesante. Además, vernos que justo comienza aquí un pequeño canal que lo hace distinto.

Vamos hacia la plaza de Labi, que está justo al otro lado de unos soportales y empezamos a pensar en comer. Después de mirar un par de sitios y ver unos precios escándalosos optamos por ir a uno de los que teníamos apuntados.. y es todo un acierto: Chayxana Xo’ja Nasriddin nos recibe con el aire acondicionado a toda potencia, unos precios muy buenos y un plov y unos baos muy muy ricos. Además, en la tele tienen puesto un concierto de bandas sonoras de películas que nos mantiene enganchados.

Salimos casi a las 3 a la calle y, aprovechando que está cerca, pensamos en ir a echarnos un rato al hotel hasta que se pase un poco el calor. No es mucho nuestro estilo, pero es verdad que tenemos tiempo de sobra para ver la ciudad y la temperatura es sofocante.

La siesta es todo un acierto: primero, porque cuando volvemos a salir la temperatura es más razonable y segundo porque parece que lo que necesitaba David era descansar un poco más para terminar de recuperarse y asentar el estómago.

Cuando salimos volvemos al punto donde lo habíamos dejado y continuamos explorando la plaza Labi y la multitud de edificios que la circundan. Al mausoleo no entramos pero a la madrasa Kukaldosh, que resulta ser gratuita, sí… aunque, de nuevo, viene a ser más un mercadillo de artesanía puesto en un gran edificio histórico.

Continuamos la calle alejándonos del centro, rumbo a Chor Minor Madrasah. Está pequeñita madrasa con 4 minaretes está un poco fuera del circuito turístico y, de hecho, para llegar hay que ir callejeando, atravesando un barrio que se nota mucho más real que la parte del centro. En la plaza de la propia madrasa hay niños jugando con sus bicis y balones, lo que le da a la estampa una sensación de cercanía. Además, tan genial o más que el propio edificio (que vuelve a ser una tienda por dentro) es la tienda de antigüedades soviéticas que hay justo en frente en la que, junto a medallas militares, pines con la hoz y el martillo y gorros con las estrella roja encontremos nuestro parche con la bandera de Uzbekistán (el primero que vemos en el viaje, y que nos cuesta regatear a la dura mujer que lleva la tienda).


Cuando empieza a atardecer nos volvemos hacia el Registan, puesto que queremos ver la puesta del sol junto al minarete y hacer alguna foto… aunque parece que ha tenido muchísima gente la misma idea. La verdad es que el atardecer en sí mismo no es gran cosa, pero el ambientazo que tiene la plaza lo compensa: turistas, familias enteras, parejas… en esta zona, igual que en otro momento de países (de Sudamérica, sobre todo) aún no se ha perdido el quedar en las plazas en vez de en los bares, simplemente para sentarse en los bancos a la fresca y disfrutar de la compañía de los demás.

Nos da pena la sensación de haber perdido eso en España, el no quedar para nada concreto o fuera de un bar/restaurante/teatro/casa, pero mientras lo pensamos nos empiezan a rugir las tripas, así que pensamos en volver a mismo sitio de la comida… pero nos encontramos que a las 21 ya ha cerrado. Un poco preocupados por el horario y por el precio de las alternativas, terminamos cenando razonablemente bien en Chinar, y nos tomamos un helado de postre por 5000 soms mientras vamos pasesando. La calle está a rebosar de actividad, con música y risas, y el ambiente es fenomenal… aunque nos fastidie un poco nuestras fotos nocturnas. Disfrutamos simplemente y nos vamos al hotel para darnos una ducha y dormir, que mañana queremos madrugar para quitarnos el calor y tener la ciudad solo para nosotros y nuestra cámara.