Diario de Namibia y Botswana (8 y 9): El Gran Lugar Blanco

 

Etosha, segunda parte

El despertador vuelve a sonar a las 6 de la mañana, cuando aún no ha amanecido. Hemos estado toda la noche escuchando aullar a las hienas… o, al menos, creemos que eran hienas. Recogemos las tiendas y nos ponemos en marcha, pasando antes por el water hole, que a estas horas está vacío.

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La senda de los elefantes

Hoy vamos a aprovechar el game drive para acercarnos a Halali, el segundo camping de Etosha y el lugar donde dormiremos hoy. Lo primero que nos encontramos son varios elefantes, que nos siguen pareciendo espectaculares y no nos cansan ni un poco. Luego paramos en una laguna con un montón de kudus, que no habíamos visto hasta ahora y que nos parecen una preciosidad, tan elegantes con sus líneas blancas. Y, por supuesto, también vemos bastantes cebras y antílopes.

Nos cruzamos con un guía al que seguimos hasta llegar a otro grupo de elefantes y, después, vamos hasta una zona cercana donde hay una pareja de leones echándose una siesta… y muy cerca los restos de lo que parece un rinoceronte. Parece que la cabezadita que se están echando es el descanso tras un gran atracón. 

Lo siguiente que nos encontramos es una charca llena de elefantes bañándose, algunos de ellos crías. Son super bonitos, aunque tiene bastante mala leche y a veces se bufan entre ellos y se enfrentan. Es curioso verlos así, completamente libres y siendo nosotros quienes están enjaulados. La verdad es que una de las cosas más increíbles de un safari es precisamente eso: ver cómo actúan los animales en libertad, cómo se relacionan entre ellos, cómo se comportan y qué particularidades tiene cada especie. Por ejemplo, los elefantes van en manada… sí, pero los machos adultos suelen ir solos, a partir de los 14 años. Las manadas están formadas por hembras, crías y machos jóvenes, cuando tienen edad suficiente dejan el grupo y se van solos. Primero se van unos días, luego van aumentando el tiempo que pasan alejados de la manada y, al final, la abandonan. Lo curioso es que, si vuelven a encontrarse con la manada, se reconocen entre ellos. Los elefantes tienen una memoria excelente. 

Halali

Llegamos a Halali y hacemos el check in. Esta vez mucho mejor, nos dan una parcela con sombra muy cerca de los baños y del camino al water hole. Además, este camping tiene una zona cubierta para cocinar, comer y fregar. Hay menos gente y es bastante más cómodo. De momento nos está gustando más que Okaukuejo.

Comemos unas lentejas de bote de las que aún tenemos de España y nos vamos a la piscina un rato, aunque primero pasamos por el water hole. Este está más alejado del camping que el otro y es más pequeño, pero está a más altura. Ahora mismo no hay animales, pero tiene buena pinta.

En cuanto pasan las horas de más calor, nos vamos de Game Drive. Nos encontramos con un león comiéndose una cebra con muchas ganas y con una leona tumbada a su lado. Hay un zorrito molestándola y la leona se levanta y le gruñe un poco, suficiente para que el zorrito salga por patas. Esto es curioso porque, aunque sabemos que los leones viven en manadas de varias hembras y un único macho, lo cierto es que en este viaje todos los machos que hemos visto estaban acompañados de una única hembra.

Se nos hace tarde observando a los leones, que están súper cerca del coche, así que volvemos al camping para que no nos cierren sin pararnos a buscar más animales. Cuando llegamos, nos vamos derechos al water hole.

Un atardecer con vistas

Y, sorpresa, hay una manada de 32 elefantes bañándose. Flipamos. Totalmente. Adultos, crías… Es increíble ver como interactúan entre ellos, como se refrescan con el agua de la charca, como se cubren de barro y barritan. Las crías son graciosísimas porque son algo torpes aún y se caen al agua de vez en cuando y sus madres tienen que ayudarlos a salir con la trompa. Son una preciosidad. Nos quedamos viéndolos mientras atardece, hasta que cae la noche.

Nos vamos sin muchas ganas a cenar (está noche toca embutido y sopa) y ducharnos.  Comemos rápido porque estamos deseando volver al water hole. Cuando loa hacemos, hay dos rinocerontes bebiendo agua tranquilamente pero, de repente, salen corriendo. Vemos que hay tres hienas muy cerca, moviéndose despacio. Los rinocerontes las espantan y uno de ellos se va corriendo mientras el otro se queda vigilando a las hienas. Al poco, el otro regresa con su cría. Entendemos de inmediato por qué se habían puesto así, querían proteger al más pequeño.

Se bañan los tres, sin perder de vista a las hienas que están por allí pero ya no se acercan. Al rato llega un rinoceronte enorme, mucho más grande que los otros dos, inmenso de hecho. Se acerca a la orilla para beber agua y se va.

 

Nos quedamos un poco más hasta que se van los otros rinocerontes, estamos súper cansados, pero esto es increíble. Sin duda, un acierto habernos quedado en estos campings. Los water hole son una experiencia alucinante. 

Etosha, último día y camino a Tsumeb

Volvemos a levantarnos antes del amanecer. A parte de la costumbre de levantarnos pronto, también empieza a convertirse en hábito el ir nada más levantarnos al water hole a ver si hay suerte. Y hoy la hay: un rinoceronte se está dando un chapuzón. No tarda mucho en irse, así que nos quedamos allí clavados hasta que lo hace. Cuando se marcha, regresamos a la parcela, terminamos de recoger y nos ponemos en marcha.

Impalas y leones

Vamos a la charca dónde ayer nos encontramos a los leones, la de Goas. Aunque no están donde los vimos, si que los volvemos a ver un poco más adelante, tumbados tranquilamente a la sombra de unos arbustos. No se los ve con facilidad. De hecho nos damos cuenta de que están ahí porque hay otro coche parado. Así es como funcionan las cosas aquí: básicamente te vas fijando en dónde hay otros coches parados y buscas lo que están mirando, aunque no suele haber muchos coches. Cuando estuvimos en Tanzania era una locura, había 10-20 coches parados por cada león, aquí como mucho hay 2 o alguno más si los que están parados pertenecen a un grupo organizado.

Es curioso porque la zona está llena de impalas, que miran a los leones desde lejos y hacen unos ruidos, imagino que para alertar a los demás impalas de la presencia de los felinos. No deja de sorprendernos que los leones puedan estar rodeados de hervíboros indefensos y no hacer nada… pero claro, el ser humano es el único animal que mata por matar 🙁 El resto son bastante más razonables y solo lo hacen cuando necesitan alimentarse. 

Continuamos nuestro camino de charca en charca. Vemos bastantes cebras, jirafas y antílopes de distinto tipo. Llega un punto en el que te cansas de los hervíboros y ya solo quieres ver más de esos fascinantes felinos… bueno, y elefantes. De los elefantes jamás podríamos cansarnos 🙂 Lo que estamos desesperados por ver es un leopardo, aunque ya sabemos que posiblemente sea de lo más complicado de ver por libre.

Namutoni

La ruta la vamos haciendo hacia Namutoni, que es el tercer camping de Etosha y el lugar donde tendremos que pagar la extensión del permiso, ya que nos hemos pasado de la hora límite que teníamos para salir del parque.

Aprovechamos para echar gasolina, el precio a algo más alto que fuera, pero nada descabellado, apenas una diferencia de 1-2€ en un depósito. Hay un pequeño museo en el que cuentan la historia del parque y en el que leemos cosas tan curiosas como que en los años 90, una pareja de leones se coló en el mirador del water hole de Okakuejo y devoró a un turista que estaba durmiendo en un banco. Quiero pensar que habrán reforzado las medidas de seguridad desde entonces.

Nos acercamos al water hole de Namutoni, que es más pequeño que los demás. No hay animales y la charca está algo más retirada. Además, el mirador no está en altura por lo que no se ve muy bien (aunque si que está protegido por unas alambradas con aspecto muy resistente y afilado).. Es el camping que menos nos gusta de los tres y nos alegramos de no habernos quedado aquí a dormir hoy: lo consideramos, pero necesitábamos avanzar algo en la ruta para no pegarnos una paliza épica al día siguiente…. y, la verdad, también agradeceríamos dormir en una cama. De vez en cuando hace falta.

Tsumeb

Salimos de Etosha y nos vamos a Tsumeb. Allí tenemos una habitación en el Teather Haus, que es un antiguo teatro aún en funcionamiento y que ahora también es un pequeño hotel. La verdad es que es un sitio curioso y está bastante bien, sobre todo teniendo en cuenta su precio. Lo único malo es que en la habitación hay bastantes mosquitos (al menos en una de ellas).

Buscamos un sitio para ir a comer y acabamos en el Sidano Court Café. No hay una gran oferta en la ciudad y además son las tres de la tarde, por lo que encontrar algo abierto es una suerte. No es el mejor sitio del mundo, pero no está muy mal y además es barato. Salimos a unos 6€ por cabeza, con bebida y comida abundante. En realidad, Namibia no tiene una gastronomía especialmente buena. Su fuerte son las carnes de caza, aunque no encuentras todo en todas partes, dado que depende precisamente de eso, de lo que hayan cazado.

Con el estómago lleno, vamos a hacer la compra a un supermercado grande que hay a la entrada de la ciudad. En los supermercados es fácil encontrar de todo, aunque quizás lo que más nos está costando es encontrar fruta y cuando lo hacemos no es que haya una gran variedad o calidad, pero bueno, toca adaptarse. Por lo general, los precios son los mismos que en España y no se encuentran productos muy distintos, salvo quizás los biltongs, que es una especie de cecina típica de allí o los rusks, que son unas galletas durísimas y horribles que, no alcanzó a comprender por qué, a D le han encantado :p 

Con los deberes hechos, nos vamos al hotel para darnos la tan ansiada ducha y descansar, que ya toca.