Riaño, León
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Riaño: el embalse más bonito de León que esconde nueve pueblos bajo el agua

Hay lugares que no están en el plan y, sin embargo, terminan siendo clave. Riaño fue uno de ellos. Lo añadimos como excursión de día de un puente en León, sin grandes expectativas, y resultó ser lo que más nos quedó del viaje. En redes lo encontrarás como «los fiordos leoneses». Es el tipo de comparación que se usa para vender un destino y que acaba no haciendo justicia a ninguno de los dos. Riaño no necesita ser los fiordos de nada. Aquí la historia se convierte en geografía. Y eso es algo que no se encuentra tan fácilmente.

El embalse aparece de golpe según bajas por la carretera. No hay manera de prepararse para esa escala. Las montañas caen directamente al agua, el verde es casi agresivo, y en el centro de todo esa lámina quieta que esconde, literalmente, un pueblo entero. O, siendo más precisos, nueve pueblos.

Veintiún años sabiendo lo que iba a pasar

Lo que hace diferente a Riaño de otros pueblos anegados por embalses en España no es solo la escala del desastre, sino el tiempo que duró. Los primeros proyectos para construir un embalse en el valle datan de finales del siglo XIX. Durante la República se retomaron, y fue en 1963 cuando el franquismo le dio forma definitiva e inició las obras. Pero las complicaciones políticas —la conflictividad de los últimos años de la dictadura y la transición posterior— fueron aparcando el proyecto. Con la llegada del PSOE al poder en 1982 se aceleró la construcción. Durante todo ese tiempo, los vecinos vivieron con la amenaza encima, viendo crecer el muro de la presa al fondo del valle, sin saber cuándo llegaría el día.

Eso es lo que hace difícil de entender esta historia. No fue una decisión rápida. Los vecinos llevaban décadas sabiendo que aquello podía ocurrir, preguntándose cada año si ese sería el definitivo. Muchos estaban mentalizados, pero fue duro para todos, principalmente los más mayores. Y eso se comprueba en los cementerios, donde hay muchas personas con poco más de 60 años que murieron, de alguna forma, de pena.

Hubo resistencia. Los derribos comenzaron en octubre de 1986 y se prolongaron, debido a la resistencia, hasta finales de julio de 1987. La figura más emblemática de aquella lucha fue la de los llamados «tejadistas»: personas que se subían a los tejados de las casas para tratar de impedir la demolición. De nada sirvió la unidad de toda una comarca, ni la fuerza de aquellos jóvenes que se encararon a los agentes de la Guardia Civil y llegaron a plantarle cara a las máquinas excavadoras. De nada sirvieron los gritos de los hombres y mujeres encaramados a los tejados, tampoco las lágrimas de los más mayores.

La destrucción final llegó en la madrugada del 6 al 7 de julio de 1987, cuando el valle fue militarizado. En apenas dos semanas se demolieron las casas y se desalojaron a las últimas familias. Lo último en caer fue la torre de la iglesia. De ella hoy solo se conservan sus campanas. Hay una sola víctima oficial: un ganadero de 54 años que se pegó un tiro cuando fueron a sacarle de su casa.

Solo un día después de que se cerraran las compuertas del embalse entró en vigor una directiva europea que habría impedido la obra. Un día. La historia de Riaño cabe en ese margen.

La historia que está debajo del agua

Bajo las aguas quedaron nueve pueblos: Anciles, Salio, Huelde, Éscaro, La Puerta, Burón, Pedrosa del Rey, Riaño y Vegacerneja. Aproximadamente 700 personas fueron desalojadas. Una comarca ganadera perdió su tejido económico de la noche a la mañana. El embalse regula el agua del Esla y abastece a varias provincias, pero los regadíos prometidos como justificación principal del proyecto —84.000 hectáreas de Tierra de Campos— nunca llegaron a ejecutarse en su totalidad. Lo que quedó fue el agua, y después, el turismo.

Cuando el nivel del embalse baja lo suficiente —algo que ocurre en épocas de sequía prolongada— los restos del Riaño viejo emergen del fondo. Muros, calles, la silueta de lo que fue. Es una imagen que no se olvida fácilmente.

La iglesia de La Puerta y los frescos que nadie sabía que existían

De los nueve pueblos inundados, uno consiguió salvar parte de su historia antes del agua. En La Puerta desmontaron la iglesia piedra a piedra y la reconstruyeron en el Riaño nuevo, a orillas del embalse. Hoy es uno de los lugares más singulares que hemos visitado en mucho tiempo.

Allí encontramos a Simón. Lleva años custodiando e investigando el edificio por pura voluntad, sin cobrar un sueldo, viviendo de los donativos que dejan los visitantes. Si os paráis a hablar con él —y merece la pena hacerlo— os contará que según hallazgos recientes la iglesia fue originalmente una sinagoga, y lo hará con un entusiasmo que se contagia. Os dirá que contiene frescos góticos del siglo XIV, algo extraordinariamente raro en la península ibérica. Y que en el siglo XVII los cubrieron con cal, como se hacía durante las epidemias de peste, y quedaron ocultos hasta 1987, cuando al trasladar la iglesia piedra a piedra al nuevo Riaño, al retirar el retablo, aparecieron. El cura, Don Antonio, pidió permiso para retirarlo minutos antes de que la iglesia fuera derribada. Simón aún le recuerda, encorvado y con las manos cruzadas sobre el pecho, saludando a los feligreses. Si os fijáis bien, veréis una página del Diario de León colgada en la pared, donde un Simón más joven sonríe a cámara.

Nos contó también la historia de una vecina. La única del pueblo que no llora al entrar en la iglesia, asegura. La que se casó allí, bautizó a sus hijos allí, los vio casarse allí. Toda una vida entre esas paredes, sin saber jamás que detrás del retablo había frescos que llevaban siglos esperando. Nadie en el pueblo conocía el tesoro que se ocultaba tras la cal. Simón ha hablado con catedráticos, ha buscado en los archivos de la Diócesis, ha reconstruido la historia de cada centímetro de esas paredes. Este lugar cobra otra dimensión cuando se escucha de su boca.

Lo que nos preguntamos, y no tiene respuesta fácil, es cuánto perdimos sin saberlo. Varias de las otras iglesias del valle fueron demolidas sin que nadie mirara detrás de sus retablos. En algunos había cal. Y bajo la cal, quién sabe.

Museo Etnográfico

Antes o después de visitar la iglesia, merece la pena entrar al Museo Etnográfico de Riaño, que está en la Plaza Cimadevilla. Recoge fotografías, objetos y testimonios de los nueve pueblos desaparecidos. Si la iglesia os da la historia del patrimonio artístico perdido, el museo os da la historia de la gente. Los dos juntos se complementan bien y ayudan a entender la magnitud de lo que ocurrió. Cerrado lunes a jueves en temporada baja — conviene confirmar horarios antes de ir.

El hórreo, las campanas y el puente que todavía espera

Justo al lado de la iglesia, en el mismo espacio que funciona como memorial del valle perdido, hay tres cosas que merecen una parada. El hórreo de Salio, trasladado piedra a piedra igual que la iglesia, es uno de los pocos vestigios materiales de los pueblos desaparecidos que se pueden ver de cerca. A su lado, una estructura de hierro sostiene las campanas rescatadas de las iglesias del valle, una por cada pueblo que quedó bajo el agua. El panel que las acompaña las define como el símbolo de la memoria colectiva de un pueblo materializada en su arquitectura. No hace falta añadir nada.

Lo que nos contaron allí, y que no sabíamos, es que debajo del embalse hay un puente medieval de tres arcos, el de Pedrosa del Rey, que conserva buena parte de su estructura pero sufre una degradación progresiva por la acción del agua. Los vecinos llevan tiempo luchando para sacarlo del fondo y reubicarlo en tierra firme, en el mismo lugar donde hoy está la estructura metálica que sostiene las campanas. La idea sería que fueran los propios arcos del puente los que las sostuvieran. Si lo consiguen, este rincón va a ser todavía más difícil de olvidar.

Qué hacer en Riaño y alrededores

Paseo en barco por el embalse

Es la actividad más demandada y la que más nos arrepentimos de no haber hecho. Cuando quisimos reservar, con el puente encima, ya no quedaban plazas. Las salidas son los fines de semana y festivos desde el Club Náutico, el recorrido dura aproximadamente una hora y cuesta unos 16 euros por persona. Si vais en fechas señaladas, reservad con antelación directamente en su web. Aceptan perros.

El banco más bonito de León y el columpio

El banco está situado junto a la Ermita de Nuestra Señora de La Puerta, con vistas directas al embalse y los picos Gilbo, Yordas y Las Pintas. Acceso fácil, sin desnivel, y conectado con el paseo de las campanas y el hórreo. Es el punto donde confluye todo: la historia, el paisaje y el silencio. Es uno de esos lugares en los que uno se podría pasar unas cuantas horas observando el paisaje… pero el turismo lo complica,  es inevitable que alguien llegue buscando la foto perfecta.

A unos veinte minutos subiendo desde el aparcamiento junto al camping está el Mirador de Las Hazas, con el columpio que se ha convertido en la imagen más fotografiada de Riaño. Las vistas desde ahí son de las mejores del embalse. En verano y festivos puede haber cola.

Rutas de senderismo

La zona tiene rutas para todos los niveles. Os contamos la que hicimos nosotros y las que tenemos apuntadas para volver.

La que hicimos · Apta con bebés

Senda del Collado del Baile

⏱ Variable  ·  🟢 Baja

Desde el parking del Pico Gilbo, bordeando el lago sin asfaltar hasta el Área Recreativa de Las Biescas. Apta para bebés en porteo con buen tiempo.

Pendiente · Apta familias

Carande – Salio – Carande

⏱ 3 h  ·  🟢 Baja

Circular desde Carande bordeando la lengua del pantano hasta Salio, con ascenso por bosque de haya y roble hasta el Canto la Cerra. Con fuentes en el camino.

Pendiente · Para ver fauna

Valle de Anciles por San Pelayo

⏱ 6 h  ·  🟢 Baja

Desde Liegos hasta uno de los valles más vírgenes de León. Zona protegida con corzo, rebeco, cabra montesa y águilas. Regreso por la misma ruta.

Hay una cuarta opción perfecta para orientarse el primer día: la Senda Riaño–Riaño, una circular de 2 horas que pasa por el museo etnográfico, el cementerio del valle de Hormas, el Corro de Aluches y la iglesia de La Puerta.

Lo que nos quedó pendiente para la próxima

Si el tiempo hubiera acompañado, teníamos apuntadas varias cosas más. La Senda de la Mitología Leonesa, una ruta circular de cinco kilómetros desde el pueblo de Carande con figuras de seres mitológicos y una cueva al final que tiene pinta de gustar mucho a los niños. Los bisontes en semilibertad que han reintroducido en el entorno del valle —se pueden visitar con excursión organizada por alguna de las agencias de la zona por precios que rondan los 60€ por persona—. Y la Cueva de Llamazares, a unos 40 km —la vimos anunciada en un cartel en el pueblo—, una cueva karst con visita guiada, grupos de máximo 15 personas y reserva previa obligatoria. Precio: 20 euros adultos, 15 euros niños de 6 a 12 años, menores de 6 gratis. Todo apuntado para la próxima vez.

Observación de estrellas

La fotografía nocturna es algo que nos encanta y que desde que viajamos con la peque hemos tenido que aparcar. Pero siempre miramos qué posibilidades hay en cada destino, para cuando volvamos con más margen. Riaño figura entre los mejores cielos de la provincia de León para hacer astroturismo según la Asociación Leonesa de Astronomía, y en verano algunos alojamientos de la comarca organizan observaciones nocturnas. Cuando la peque lo permita, será una actividad que haremos sin lugar a dudas.

Las fiestas que merece la pena ver

En el pueblo nos hablaron de varias celebraciones que tienen mucho peso local. Las apuntamos para cuando volvamos.

Mayo · 9 de mayo

Fiesta del Capilote

Procesión de pendones con los nombres de los nueve pueblos desaparecidos. Una de las celebraciones más cargadas de simbolismo de todo el norte de León.

Marzo · Carnaval

El Antruido

Bien de Interés Cultural. Desfile de La Mojiganga con pieles, máscaras y hojas, y quema de La Choza como despedida del invierno.

Noviembre · 6 de noviembre

La Feriona

La feria ganadera más importante de la comarca. El mejor momento para ver Riaño sin filtros turísticos.

En agosto, en torno al 16 al 18, se celebran también las Fiestas de Nuestra Señora de Quintanilla, con aluches —la lucha leonesa—, campeonato de bolos y las legendarias sopas de ajo de Maruja Macho.

Qué comer

La cocina de la montaña leonesa es contundente y sin artificios, cocina de altura y de invierno. El plato más propio de la zona es el cocido de arbejos, elaborado con una legumbre autóctona —el guisante seco— que da nombre al plato y que hoy está casi desaparecida. También es tierra de trucha: en los restaurantes de la comarca se puede encontrar preparada en sopas, rellena o escabechada. La ternera de Riaño, criada en los pastos de altura, merece la pena pedirla.

Si bajáis a comer a León capital, el cocido maragato y el botillo son obligatorios. El cocido maragato se sirve al revés —primero las carnes, luego los garbanzos, luego la sopa—, y el botillo es uno de esos embutidos leoneses que no tiene equivalente en ningún otro sitio. Los dos nos gustan especialmente y siempre que pasamos por León buscamos dónde tomarlos.

Empanada de cecina con vistas

En el pueblo hay una panadería que hace empanada de cecina, que es el producto más propio de la zona y una combinación que no habíamos visto en ningún otro sitio. La idea —que funciona bien con niños y sin reservas— es comprar una porción y subirla hasta el banco más bonito de León, que está a pocos minutos a pie. Es de esas cosas sencillas que acaban siendo el mejor recuerdo del día.

La oferta de restaurantes en el pueblo es limitada y, fuera de temporada alta o entre semana, conviene confirmar que están abiertos antes de ir. El Mesón tiene buenas referencias y vistas al embalse. Si queréis algo más informal, hay un par de bares donde comer. La opción del picnic con empanada de cecina de la panadería sigue siendo la que más nos convence, sobre todo si el tiempo acompaña.

Cómo organizar el día

Si solo tenéis un día, este sería el orden que nosotros repetiríamos. Empezad por la iglesia de La Puerta a primera hora, cuando hay menos gente y Simón tiene más tiempo para contaros. Después el museo etnográfico, que está a cinco minutos a pie. Al mediodía, parada en la panadería para la empanada de cecina y subida al banco más bonito de León a comer con vistas. Por la tarde, el paseo bordeando el embalse desde el parking del Pico Gilbo, con tiempo de vuelta antes de que se haga de noche. Si el barco es prioritario para vosotros, organizad todo lo demás alrededor de su horario de salida, que es fijo y no espera.

Combinable con

Un día en León

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  • El Panteón Real: la Capilla Sixtina del Románico
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Información práctica

Cómo llegar

En coche desde León son aproximadamente 80 km por la LE-311, poco más de una hora. Es la opción más cómoda, especialmente si queréis hacer las rutas de senderismo o movernos por los alrededores.

También existe conexión en autobús con ALSA desde la Estación de Autobuses de León. Los servicios llegan a la Estación de Autobuses de Riaño, en la Avenida de Valcayo, a cinco minutos a pie del centro del pueblo. El trayecto dura aproximadamente dos horas y el billete cuesta desde unos 11 euros. Es una opción viable si venís solo a ver el pueblo, la iglesia y el entorno más cercano, pero tened en cuenta que los horarios son limitados y los fines de semana y festivos pueden variar — conviene consultar antes en la web de ALSA.

Aparcamiento

Aparcar en el pueblo no suele ser problema entre semana ni fuera de temporada, pero en puentes y festivos de verano la situación cambia. Hay aparcamiento junto al Club Náutico y otro en las inmediaciones del camping, desde donde se sube al Mirador de Las Hazas. Para la ruta del embalse, el parking del Pico Gilbo tiene bastante capacidad y suele tener plaza incluso en días de afluencia alta.

Cuándo ir

Primavera y otoño son las mejores épocas en términos de paisaje y afluencia. En verano y puentes la demanda de actividades como el barco se dispara — reservad con antelación. En invierno el acceso puede complicarse con nieve, pero quien llegue encontrará el pueblo prácticamente para sí.

Dónde dormir

La oferta de alojamiento en el pueblo es limitada. Buscad con antelación en Booking. También podéis hacer Riaño como excursión de día desde León capital, que tiene mucha más oferta.

Nos fuimos sin haber llegado hasta la cueva, sin haber hecho el barco, con la ropa mojada y la peque dormida en el porteo. Y aun así Riaño fue lo que más nos quedó del viaje. Hay algo en este lugar que no se termina de ver en una visita. Como los frescos detrás del retablo, o el puente bajo el agua, o todo lo que puede estar todavía esperando sin que nadie lo sepa. Nosotros ya lo tenemos apuntado para volver. Con mejor tiempo, con la peque algo más mayor, y con el barco reservado con meses de antelación.

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