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Tossa de Mar con niños: la playa masificada y la alternativa que encontramos en el Maresme

Este verano pasamos una semana en Vilassar de Mar, en el Maresme, gracias a un intercambio de casas con HomeExchange. Desde esa base hicimos varias excursiones, entre ellas una a Tossa de Mar, en la Costa Brava, a una hora larga en coche y sin nada que ver geográficamente con el Maresme. Pero fue precisamente esa excursión la que nos hizo valorar todavía más la semana que estábamos teniendo: si vais con niños pequeños y buscáis playa mediterránea sin la masificación de sitios como Tossa, el Maresme nos pareció una alternativa real, a apenas media hora en tren de Barcelona.

Tossa de Mar

A Tossa fuimos en coche, y fue precisamente ese día cuando nos dimos cuenta de lo bien que funciona el Maresme en tren con la peque. Se podría haber ido en tren desde Vilassar, la misma línea R1 llega hasta Blanes, pero desde ahí Tossa no tiene estación propia y hay que coger un bus de conexión hasta el centro. Con la peque y todo lo que hay que cargar para el día, decidimos que era más cómodo el coche, aunque en otra ocasión seguramente lo intentaríamos con ese combinado de tren y bus. Aparcar en Tossa es complicado: hay un parking privado a unos quince minutos a pie del centro, entre 10€ y 12,50€ el día completo, y nosotros optamos por el aparcamiento del campo de fútbol, gratuito pero a unos veinte minutos a pie. Entre eso y el tráfico para entrar y salir del pueblo, la comparación con la facilidad del tren en Vilassar, Mataró o Canet no tiene color.

El otro error que cometimos fue llevar el carrito. Tossa tiene calles empedradas, cuestas y escalones por todas partes, sobre todo en la Vila Vella, así que el carrito se convirtió en un estorbo constante. Si volvemos, va a ser con porteo, sin duda.

Se nota enseguida que Tossa es un sitio bastante más turístico que los pueblos donde estuvimos el resto de la semana. Tiene ese ambiente típico de pueblo de playa mediterráneo, con las barcas de pescadores meciéndose en el agua, las sombrillas alineadas en la arena y las terrazas llenas frente al paseo. No tiene nada que ver con el ritmo de barrio de Vilassar o Canet, pero tiene su propio encanto, más de postal.

Subimos hasta el castillo, o lo que queda de él, dentro de la Vila Vella, y desde ahí se ve esa imagen tan repetida de Tossa: la torre con la playa Gran de fondo, el mar y el pueblo abajo. Es de esas vistas que ya has visto mil veces en fotos antes de ir, y que aun así impresionan al verlas en persona.

También nos acercamos a la villa romana dels Ametllers, en pleno centro del pueblo, entrada gratuita. Fue un asentamiento dedicado al cultivo de viña y a la exportación de vino que estuvo activo desde el siglo I a.C. hasta el V d.C., y todavía se conservan suelos con mosaicos y restos de las termas. El más famoso es el mosaico de Vitalis, que menciona por su nombre al propietario de la villa, algo poco habitual en este tipo de yacimientos en toda Hispania, y que además cita el nombre romano de Tossa, Turissa.

Es de esos sitios que Chagall llamó «el paraíso azul» cuando pasó allí una temporada, y que atrajo a toda una colonia de artistas en los años treinta. La Vila Vella, el recinto amurallado del siglo XII sobre la playa, es el único ejemplo de población medieval fortificada que queda en pie en toda la costa catalana.

En ese mismo mirador de la Vila Vella hay una estatua de Ava Gardner que llama la atención de todo el que sube. En 1950, la Metro-Goldwyn-Mayer eligió Tossa para rodar «Pandora y el holandés errante», y durante semanas de rodaje el pueblo de pescadores se llenó de estrellas de Hollywood. La propia Ava vivió allí un romance con el actor y torero catalán Mario Cabré mientras estaba prometida con Frank Sinatra, que acabó volando hasta Tossa para intentar arreglar las cosas. La historia terminó con Ava y Sinatra casándose poco después, y con Tossa convertida para siempre en un destino con nombre propio en el imaginario del cine. La estatua, obra de la escultora gerundense Ció Abellí, se instaló en 1998, y es parada casi obligada para cualquiera que suba al castillo.

Si se quiere ir con contexto y no perderse nada, esta visita guiada por Tossa de Mar recorre en dos horas la villa romana dels Ametllers, la muralla de la Vila Vella y la antigua iglesia de Sant Vicenç, saliendo de la Oficina de Turismo del pueblo.

La base: una semana en el Maresme con HomeExchange

El resto de la semana la pasamos en el Maresme, que era nuestra base desde el principio. Nos alojamos en Vilassar de Mar a través del intercambio de casas con HomeExchange, a treinta y pico minutos en tren de Barcelona por la línea R1, con salidas cada diez o quince minutos. En realidad, cuando empezamos a buscar intercambio para este viaje, la idea era la Costa Brava, más cerca de sitios como Tossa. Al final no cuajó ningún intercambio allí y nos salió este en Vilassar, en el Maresme. Es de las cosas que más nos gustan de HomeExchange: no siempre te sale lo que buscabas al principio, pero a veces lo que sale es mejor que lo que tenías en mente, y esta semana ha sido un buen ejemplo. Desde ahí nos movimos en tren por varios pueblos de la costa, con una única excepción: una escapada al interior, a Argentona y Cabrils, donde el tren no llega y tocó coger el coche. La casita del intercambio, a pie de mar, tenía un jardín lleno de juguetes que hicieron las delicias de la peque, que este año ya es la que más disfruta de estos viajes. Y después de Tossa, la comparación con el ritmo tranquilo que ya llevábamos aquí se notó todavía más.

Desde esa misma base también nos acercamos a Montserrat, con la peque en porteo, y a Rupit, Pruit y Tavertet, en el Collsacabra, dos excursiones que os contamos con todo detalle en sus propios posts.

Vilassar de Mar, nuestra base

Vilassar de Mar no da para perderse. En una tarde ya lo tienes andado de punta a punta, pero eso no significa que no tenga cosas que contar. Al segundo día ya nos saludaban los vecinos del barrio, y en parte fue mérito de la peque, que ha aprendido a decir hola y se lo dedica a cualquiera que se cruce por la calle sin ningún tipo de filtro.

El pueblo tiene un pasado curioso que se nota nada más pasear por él. Durante el siglo XIX, cuando la industria textil y la construcción naval empujaban la economía local, muchos vilassarenses partieron hacia América buscando fortuna. Los que volvieron, los llamados indianos, se construyeron casas suntuosas cerca del mar, muchas de ellas decoradas con mosaicos y vidrieras de estética modernista. Ese patrimonio sigue definiendo la imagen del pueblo, y la mejor forma de verlo es caminando por la calle de Sant Pau, en primera línea de playa, donde se concentran varias de esas viviendas.

Casas modernistas Vilassar de Mar

Hay una que nos llamó especialmente la atención. Coincidimos en la puerta con la propietaria actual, que nos contó que la compró hace años, cuando llevaba más de una década abandonada, y que la fue restaurando poco a poco. Nos explicó que la casa había pertenecido a un indiano que hizo fortuna en el Río de la Plata, uno de tantos vilassarenses que cruzaron el Atlántico y volvieron con dinero suficiente para levantar una casa que hablara de esa nueva posición.

El aperitivo en Vilassar de Mar: la casa Espinaler

En Vilassar el vermut no es una opción, es casi una obligación de las doce del mediodía en adelante. Aquí tiene su origen la casa Espinaler, que empezó en 1896 como una taberna sencilla donde Miquel Riera, recién llegado de una masía cercana a Argentona, servía vino y algún que otro combinado a la gente del pueblo. La famosa salsa que lleva su nombre, ese rojo de pimentón que acompaña berberechos, aceitunas y hasta las patatas de bolsa, llegó más tarde, cuando sus descendientes fueron ampliando el negocio con conservas gallegas y un vermut propio.

La taberna original sigue abierta en el pueblo, con la tienda al lado, y siempre está llena. No hace falta buscar mucho: en cuanto se acerca la hora del aperitivo, la gente de Vilassar (y de fuera) hace cola para sentarse con un vermut y un platito de berberechos con su salsa.

Otra parada fija fue la heladería Sura. Los helados son riquísimos, muy cremosos, de esos que se notan que están bien hechos y no son de bote. Repetimos tres días, así que algo tendrán.

Las playas de Vilassar de Mar

La playa de Vilassar no es de las que más impresionan: es estrecha y corre pegada a las vías del tren, así que en pleno verano se nota. Si se busca algo más amplio, la playa de l’Almadrava da más espacio, aunque hay que caminar unos minutos desde el centro. Lo que sí compensa es el paseo marítimo, largo y agradable tanto para andar como para ir en bici, con la peque disfrutando de espacio para corretear sin miedo a los coches. El centro del pueblo, además, es todo llano y con aceras anchas, así que fuimos con el carrito sin ningún problema, algo que se agradece cuando viajas con un bebé.

Una tarde en Mataró

Desde Vilassar, Mataró queda a solo dos paradas de tren, unos diez minutos. Si se va a hacer el trayecto varias veces conviene sacar un bono de diez viajes, que sale prácticamente al precio de cuatro billetes sueltos. Te bastará con una zona pero, si quieres aprovechar para visitar algún otro sitio, como Canet, necesitarás el de 2 zonas. Los menores de 4 años no pagan.

Mataró es la capital de la comarca y se nota en cuanto se pisa el centro: más ancho, más ciudad, con un ritmo distinto al de Vilassar. Nos acercamos a la antigua cárcel del pueblo, un edificio con mucha historia que hoy funciona como centro cultural y de exposiciones, con entrada gratuita. También paseamos hasta la Basílica de Santa Maria, el templo más antiguo de la ciudad, con referencias documentadas desde el año 1054 aunque el edificio actual es del siglo XVII. Dentro guarda la capilla dels Dolors, un conjunto barroco que sobrevivió a la Guerra Civil porque la taparon a tiempo para protegerlo. Con una tarde es suficiente para ver lo esencial del centro, y al ser calles anchas y bastante llanas, se recorre bien con carrito.

En general nos hemos encontrado esa misma facilidad en todo el Maresme: son pueblos pequeños, sin apenas cuestas y con aceras cómodas, así que moverse con bebé y carrito por la zona ha sido bastante más sencillo que en otros destinos que hemos hecho con la peque.

Canet de Mar

Desde Vilassar, el tren nos dejó en Canet de Mar en poco más de veinticinco minutos, una parada más allá de Mataró. Al salir de la estación ya se ve el mar, y la playa nos sorprendió: amplia, con buena pinta, y en pleno agosto sin apenas gente cuando llegamos, algo que después de la playa estrecha de Vilassar se agradece bastante. La riera, la avenida principal del pueblo, empieza justo ahí, flanqueada de edificios modernistas que parece que los hubieran colocado uno al lado de otro solo para presumir. Uno de ellos, un caserón del XIX hoy convertido en hotel, conserva casi intacta la fachada, con esas formas propias de la época que tanto abundan por aquí.

Si giras hacia el carrer Ample, la calle que sale de la riera, te encuentras con el ayuntamiento: un edificio de 1906, levantado gracias al dinero de una familia local, que mezcla estilos y remata la parte de arriba con un aire modernista claro. Por dentro guarda un salón de plenos con un techo muy trabajado, así que si está abierto merece la pena asomarse.

Nos gustó especialmente el mercado, en la riera Buscarons. Es un edificio de 1933, obra de Pere Domènech, hijo del gran arquitecto del pueblo, con un estilo ya más sobrio, de columnas dóricas y líneas rectas, bastante alejado del modernismo de los edificios vecinos. Fue precisamente aquí donde las mujeres de Canet votaron por primera vez en toda España, en el referéndum de 1932 que decidió si se construía. Dentro hay paradas de fruta y verdura, carnicería y pescadería, y algo que no esperábamos: un rincón de libros donados donde cualquiera puede llevarse o dejar los que quiera, y un espacio de juegos para los peques mientras los padres compran. Se nota que es un mercado de barrio, de los que usa la gente de Canet y no un montaje pensado para el turista, y ese ambiente social se contagia enseguida.

Justo enfrente, subiendo unos metros, hay una fábrica abandonada con una fachada que llama la atención, de ventanales industriales y ladrillo visto con un aire casi señorial. Es la antigua fábrica Jover, conocida en el pueblo como «els Quirretes», una nave textil que también lleva la firma de Domènech i Montaner y que llegó a dar trabajo a más de mil personas antes de cerrar en 1985. Verla así, vacía, en pleno centro, da una idea de lo importante que fue la industria textil para Canet.

Cerca de ahí vimos también la entrada a uno de los refugios antiaéreos que se construyeron en el pueblo durante la Guerra Civil, como en tantos otros municipios del Maresme que sufrieron bombardeos desde el mar y el aire. No llegamos a entrar, parecía que la visita hay que concertarla con antelación, probablemente a través de la oficina de turismo que está en la Casa Museu, así que lo dejamos para otra vez.

Seguimos paseando hasta el santuario de la Misericòrdia, en la parte alta del pueblo, donde también hay un parque con el mismo nombre. Aquí el protagonista ya no es Domènech i Montaner sino Josep Puig i Cadafalch, el arquitecto de la Casa Amatller en Barcelona, que diseñó tanto el parque como el restaurante que hay junto a la ermita, con sus ventanas de estilo neogótico. El parque conserva también una fuente suya, reconstruida después de que la derribaran en los años sesenta, y una zona de juegos infantiles bastante grande, así que ahí hicimos parada obligatoria con la peque.

Para cenar volvimos a bajar hasta la riera, a La Plaça de la Llenya, un sitio que ya conocíamos y al que nos gusta volver. Las bravas están muy ricas y la pizza es casera, y la dueña es majísima. Se portan muy bien cuando vas con bebé, tienen trona, aunque no cambiador, así que si hace falta cambiar al peque hay que buscarse la vida en otro sitio.

Argentona, de fiesta sin buscarlo

A Argentona llegamos casi de casualidad, en pleno ambiente de fiesta mayor. Aquí el tren no llega, así que fue de las pocas escapadas que hicimos en coche desde Vilassar, aunque también hay bus desde Mataró para quien prefiera seguir sin coger el volante. El pueblo celebra Sant Domingo a primeros de agosto, con cercaviles de gegants, correfocs y varios días de barracas, y nos tocó justo en esas fechas: calles cortadas, música, gente de todas las edades en la calle. Se nota que es una fiesta muy suya, poco pensada para el turista, lo cual la hace más auténtica todavía.

Más allá del ambiente, Argentona guarda una joya que justifica la visita por sí sola: la casa de veraneo de Josep Puig i Cadafalch, el arquitecto detrás de la Casa Amatller o la Casa de les Punxes en Barcelona, y que también fue presidente de la Generalitat. La familia Puig tenía una casa en la plaza de Vendre desde antes de que él naciera, y entre 1897 y 1905 el propio arquitecto compró las dos viviendas vecinas y las unió en una sola, dándole ese aire entre medieval y modernista que tiene hoy: almenas, esculturas, el trencadís cerámico de las chimeneas. Volvió a ella al regresar del exilio en Francia, después de la Guerra Civil, y la usó como refugio. Ahora mismo solo se puede ver el exterior porque sigue en restauración, pero con la fachada y el jardín ya merece la parada.

El castillo de Burriac, mirador del Maresme

El castillo de Burriac lo vimos desde Cabrils, aprovechando la misma escapada en coche a Argentona, ya que tampoco aquí llega el tren. Cabrils es un pueblo pequeño que en sí mismo no da para mucho más que un par de casas con encanto, pero desde donde se tiene una de las mejores vistas de esta ruina que corona la colina entre Argentona y Cabrera de Mar. Documentado desde el año 1017, cuando la condesa Ermessenda se lo entregó a su hijo, el castillo llegó a tener torre del homenaje, almacenes y una capilla dedicada a Sant Vicenç, que le dio su primer nombre. Estuvo en pie y con función defensiva hasta el siglo XVIII, y la capilla siguió abierta al culto hasta 1836.

Hoy solo quedan los restos de esa capilla y una torre circular, restaurados hace pocos años, pero la silueta se reconoce desde buena parte de la costa del Maresme. Se puede subir a pie desde Argentona o desde Cabrera de Mar, un par de horas de camino con las Roques Encantades de por medio; nosotros nos conformamos con verlo de lejos, que para eso también es un buen mirador.

Lo que nos ha dejado esta zona

Si algo nos llevamos de esta semana es lo poco turística que es toda esta zona, en el buen sentido, sobre todo en contraste con Tossa. Son pueblos pequeños que todavía dan sensación de pueblo, donde los vecinos se conocen entre ellos y donde, sin ser de allí, la gente nos ha tratado con una amabilidad que no dábamos por hecha. Nos parecen sitios cómodos para vivir, no solo para visitar: cerca de Barcelona, con el tren a mano y con la playa a un paseo, sin la sensación de estar de paso que sí tienen otros destinos de costa más volcados al turismo. Si vais con niños pequeños y os pasa como a nosotros en Tossa, esta es la alternativa que os llevaríamos a probar.


Nos alojamos en Vilassar de Mar a través de HomeExchange, con quienes llevamos ya varios intercambios y con quienes seguimos encontrando casas como esta: pequeñas, con vida de barrio y sin la sensación de estar en un piso turístico más.

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