Monasterio de Pelayos de la Presa: la ruina que salvó un anuncio de periódico
Conocimos este monasterio gracias a la excursión que organizó Madrid Travel Bloggers. Cogimos atasco en la carretera de los pantanos, la M-501, que es la única vía de acceso a Pelayos de la Presa y que los fines de semana de buen tiempo se satura sin remedio. Si vais por vuestra cuenta, contad con ese margen.
Un anuncio en el periódico que cambió la suerte de un pueblo
En 1974 el arquitecto madrileño Mariano García Benito abrió el periódico y se topó con un anuncio que ofrecía en venta las ruinas de un monasterio a sesenta kilómetros de Madrid, con varios miles de metros cuadrados de terreno. Compró. No sabía entonces que ese gesto acabaría salvando el monasterio más antiguo de la Comunidad de Madrid, que llevaba más de cien años abandonado desde la desamortización de Mendizábal, y que probablemente hubiera terminado convertido en solares para chalets, como ya había pasado con parte de su entorno.

García Benito no se limitó a comprar: pasó años levantando planos, limpiando escombros y documentando cada piedra. En 2003 donó el conjunto al Ayuntamiento de Pelayos de la Presa, con la única condición de que se creara una fundación para conservarlo. Esa fundación es la que hoy organiza las visitas. El monasterio no se abrió de forma regular al público hasta 2021, así que la parte visitable que veréis es reciente pese a que el edificio lleva ahí desde el siglo XII.
Ocho siglos en unas mismas piedras
El origen se remonta a comunidades eremíticas de época visigoda, pero el monasterio como tal se funda en 1150, cuando Alfonso VII agrupa varios eremitorios dispersos por lo que entonces se llamaba el Valle de las Iglesias. Poco después se adscribe a la orden del Císter, y hacia 1180 arranca la construcción del templo que hoy se puede recorrer.
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Un incendio en 1258 destruyó buena parte de lo construido hasta entonces, salvo la cabecera, que es una de las zonas mejor conservadas hoy. A partir de ahí la reconstrucción sigue ya modelo gótico. El monasterio vive su momento de mayor esplendor entre los siglos XV y XVI, con la incorporación a la Observancia de Castilla, pero un segundo incendio en 1768 y la desamortización del XIX lo dejan otra vez en ruinas, esta vez durante casi siglo y medio.
Un mosaico de estilos arquitectónicos
Lo que se aprecia paseando por dentro es la superposición de casi mil años de reformas. La cabecera y buena parte de los muros son románico-cistercienses, con la sobriedad típica de la orden. Tras el incendio de 1258 se añade la bóveda de crucería gótica del ábside. Hay tramos de aparejo mudéjar toledano en zonas construidas con materiales más económicos, como el transepto. La bonanza económica de los siglos XVI y XVII trae una ampliación de corte renacentista, cercana al estilo escurialense, y ya en el XVIII se levanta la fachada barroca de la iglesia, una de las partes más fotografiadas del conjunto.
Una recomendación: por fuera del claustro, a la derecha hay una puerta que al propio García Benito le costó identificar como tal cuando llegó a las ruinas, porque a primera vista parecía una ventana. Da una idea bastante clara de en qué estado encontró el lugar. La puerta esconde además una pequeña sorpresa arquitectónica que preferimos no desvelar aquí; mejor pedid a la guía que os la enseñe y os la cuente in situ.
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Hoy el monasterio también acoge bodas, algo que sorprende la primera vez que lo ves en ruinas y que cobra sentido en cuanto entras al claustro. Y tiene su propio fantasma: no es un dato que aparezca en los paneles informativos, pero con un poco de suerte el guía se anima a contar alguna anécdota paranormal del lugar.
Cómo se visita, y por qué la recomendamos con niños
Hay tres modalidades. La visita libre, guiándote con los paneles explicativos, cuesta 5 €. La visita guiada, de una hora aproximadamente, cuesta 7 € y hay que reservarla por correo a visitas@monasteriodepelayos.com; se hace los sábados y domingos a las 13h, salvo en junio, julio y agosto, que es a las 11h. La visita teatralizada, con personajes históricos, cuesta 10 € y también necesita reserva. Hay descuento de 1 € para menores de 6 a 14 años, mayores de 65, personas con diversidad funcional y empadronados en Pelayos; los menores de 6 años entran gratis.
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De las tres, nos quedamos con la guiada: sin ella se pierde buena parte de la historia que acabamos de contar, y el recorrido dura lo justo para que un niño no se canse. Nos pareció un plan perfecto para ir con la peque, algo que no siempre podemos decir de las ruinas medievales. El terreno es prácticamente llano y, aunque no está asfaltado, un carro con rueda grande lo recorre sin ningún problema.
El horario general es sábados y domingos de 10h a 15h, con alguna apertura especial puntual. Conviene confirmar en la web oficial antes de ir, porque cambia con la temporada.
Qué hacer si alargáis el día
La combinación más lógica es el Pantano de San Juan, a un paseo corto del monasterio, con zonas de baño, restaurantes y actividades acuáticas como piraguas o vela, así que el plan se convierte fácilmente en mañana cultural y tarde de agua. Los restaurantes de la zona se llenan en fin de semana, así que conviene reservar mesa con antelación si no queréis quedaros sin sitio.
No visitamos la bodega, pero coincidimos allí con un grupo que venía de Las Moradas de San Martín, la bodega que trabaja los viñedos de garnacha centenaria del Pago de los Castillejos, a menos de una hora de Madrid. Nos contaron que habían hecho la visita combinada de bodega y monasterio, y no es casualidad que haya viñedos en la zona: fueron los propios monjes quienes trajeron la vid aquí. Tienen esa experiencia conjunta por 25 € (reserva aquí), y con lo que nos contaron, es un plan que nos apuntamos para la próxima vez.