Fox Glacier y la costa oeste: selvas jurásicas, glaciares que se van y el agua pintada de turquesa (Días 19 y 20)
El día empieza deshaciendo el camino. Subimos de vuelta a Wanaka para repostar —uno aprende rápido en la costa oeste que hay que llenar el depósito siempre que se pueda— y paramos en Tramitem a comprar unos pies para comer de camino. Sin ceremonias, como manda el sitio.
El paso de Haast y Roaring Billy Falls: selva desde el Jurásico
El paso de Haast es una de las pocas rutas que atraviesan los Alpes del Sur de sur a norte. Con los parques nacionales que lo rodean forma parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1990. La carretera sube bordeando el lago Hawea y el Wanaka hasta los 563 metros de altitud antes de descender hacia la costa del Tasman. No hay mucho tráfico y el trayecto no cansa.
La primera parada real es Roaring Billy Falls, dentro del Parque Nacional Mount Aspiring. Una catarata sobre un lecho de piedra plana rodeada de selva que lleva aquí, prácticamente sin cambios, desde el Jurásico. Los kahikatea y los podocarpos que la rodean pertenecen a linajes que florecieron cuando esta masa de tierra era parte de Gondwana, hace más de 180 millones de años. La ruta es corta, pero el ambiente es tan denso que cuesta creer que sea real. El único problema son los sandflies —los mosquitos locales, pequeños y silenciosos y perfectamente insoportables— que se ceban en las manos, el único sitio que llevamos al descubierto a pesar del repelente. Salimos con las manos llenas de picaduras y algo de lluvia encima.
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Antes de seguir, paramos en Haast a echar gasolina. Treinta céntimos más cara que en Wanaka, pero entre aquí y el siguiente punto de civilización hay cientos de kilómetros. No hace falta pensarlo mucho.
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Ship Creek: playa, selva, laguna y montaña al mismo tiempo
La carretera bordea la costa y la combinación es extraña: selva cerrada a un lado, Tasman al otro. Nos recuerda al Parque Tayrona en Colombia, pero más puro, sin gente, sin infraestructura. El paisaje no tiene dueño.
Ship Creek aparece casi sin avisar. Desde fuera parece una playa más. El trekking cambia eso: el sendero combina playa virgen, humedal y selva en menos de dos kilómetros. Primero sube a un mirador desde el que se ve al mismo tiempo selva, playa, mar, laguna y montaña nevada. Todo junto, sin que nada sobre. Luego baja a una playa sin rastro de intervención humana. Es de esas vistas que cuesta procesar porque no estás acostumbrado a que todo funcione así. Hay otro sendero por el pantano, pero no nos da tiempo.
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Paramos también en Knights Point Lookout, un mirador sobre unas rocas en el mar. Bonito, pero después de haber visto la Great Ocean Road se queda corto.
Llegamos a Fox Glacier a media tarde. El camping es mejor de lo que esperábamos: la habitación tiene acceso directo a la cocina y los baños comunes, que están limpios. Lavamos la ropa de la peque —tres cambios completos ese día, cada uno con su historia— y salimos hacia el lago Matheson.
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El lago Matheson y los gusanos que no aparecen
El Matheson tiene fama internacional. En días sin viento refleja los picos de Aoraki/Mt. Cook y Mt. Tasman con una precisión que parece manipulada. El agua es oscura por los taninos de la vegetación que lo rodea, y eso convierte el lago en un espejo perfecto. Se dice que está entre los tres más bonitos del mundo, y aunque ese tipo de rankings siempre es discutible, en este caso cuesta llevarles la contraria. No se puede entrar con perros porque es hábitat del kiwi, que es nocturno y vive en los márgenes del lago. Pensamos en echar un vistazo rápido. Nos enganchamos, la luz fue bajando, y terminamos haciendo la ruta entera —hora y media— saliendo casi de noche. Había gente llegando cuando nosotros salíamos, algunos sin linterna. Uno descalzo. En Nueva Zelanda hemos visto descalzos en supermercados y gasolineras, pero en ruta de noche ya es otro nivel.
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Antes de cenar pasamos por Minnehaha Walk con la esperanza de ver gusanos bioluminiscentes. La Arachnocampa luminosa —que en realidad no es un gusano sino la larva de un díptero— emite luz azulada para atraer a sus presas. En las cuevas de Waitomo son famosos; aquí, en la selva oscura y en silencio, el encuentro sería más íntimo. Esa noche no hay suerte. El frío, quizás, o la hora.
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Cena improvisada en la cocina del camping —cada uno lleva sus cacharros, no hay material común— con la calefacción al máximo. Día largo.
Amanece con lluvia y nubes bajas. Los que duermen en tienda lo han pasado mal.
Franz Josef: el glaciar que se va
El mirador de Fox Glacier está completamente tapado. Damos la vuelta sin insistir y volvemos a Minnehaha Walk, que de día es completamente distinto: pasarela por selva espesa, helechos gigantes, luz filtrada. Merece la pena de todas formas.
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Llenamos el depósito y ponemos rumbo a Franz Josef Glacier. El tiempo va despejando y llegamos con suerte: el glaciar está visible. Hay un parking gratuito lejos y uno de pago cerca —hay que calcular cuánto tiempo se va a estar antes de pagar al llegar— y hacemos los treinta minutos hasta el Glacier View. Lo vemos bien despejado, que no es lo habitual.
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Es impresionante, pero sobre todo da pena. Las marcas en el camino señalan hasta dónde llegaba el hielo hace diez años, hace veinte, hace cincuenta. En los años sesenta, el glaciar alcanzaba donde ahora hay selva. Ha retrocedido más de tres kilómetros en un siglo, y lo que queda es una fracción de lo que fue. No hace falta ningún cartel para entenderlo: las señales en el suelo ya lo explican todo.
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Hacemos también el sendero de Sentinel Rock, un mirador al valle glaciar completo, y empezamos Douglas Walk, pero la lluvia se pone seria y volvemos. Hay gente empezando la ruta en ese momento sin chubasquero y sin mochila. No es la primera vez que lo vemos.
Hokitika Gorge: el color que no parece natural
Comemos en el coche camino de Hokitika Gorge. Antes pasamos por el Parque Nacional Westland Tai Poutini, donde la vegetación es tan densa y húmeda que recuerda al Amazonas.
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El gorge es otra categoría. Una garganta de roca encajada entre selva, con el río corriendo abajo pintado de un turquesa tan opaco e intenso que parece aplicado con brocha. No es transparencia: es pintura mate. El color viene de la roca glaciar molida en suspensión —harina de roca, se llama técnicamente— que absorbe todas las longitudes de onda salvo el azul-verde. El resultado es ese color que no parece natural aunque lo sea completamente. Se pone a llover fuerte y volvemos antes de lo que queríamos.
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Paramos en Hokitika a repostar y echamos un vistazo a la playa, formada por troncos a la deriva varados por el mar. Curiosa, pero no da para más.
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El tramo final se tuerce. El alojamiento no contesta mensajes. Y salta la alarma de temperatura de aceite. Paramos. Seguimos despacio. Vuelve a saltar. Llegamos tarde y nerviosos, sin saber si el motor va a aguantar. Al final aguanta, y el alojamiento nos ha esperado. El Otira Stagecoach Hotel es un edificio de 1902 construido en madera de rimu —un árbol nativo de Nueva Zelanda— que nació como parada obligatoria de las diligencias Cobb & Co en la ruta entre Canterbury y la costa oeste. Cuando llegó el ferrocarril a Otira en 1899 se llamó Terminus Hotel; cuando abrió el túnel ferroviario en 1923 y las diligencias dejaron de ser necesarias, el dueño cuenta que ese día salieron cinco desde aquí y ninguna volvió. El hotel sobrevivió a todo eso y en 2014 lo compró Lester Rowntree, que lo está restaurando con su colección personal de memorabilia histórica. Las habitaciones tienen muebles de época, las camas son altas, los baños son compartidos y la decoración es ecléctica sin pretenderlo. No han cambiado nada por afectación: simplemente no han cambiado nada.
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Día muy bueno, pero con el final agarrotado por el coche.
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