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Escala en Shanghái: Yu Yuan, el Bund y el Año Nuevo Lunar

Shanghái, de nuevo

Veinticuatro horas en Shanghái ya las hemos vivido una vez. El regreso tiene una forma distinta: no hay que orientarse, no hay que descifrar nada. Solo estar. Y disfrutar, claro.

Aterrizamos a las cuatro de la madrugada, una hora completamente distinta en cualquiera de los muchos husos horarios que hemos tenido durante este viaje. La cola de inmigración es monumental, de esas que en otro momento habrían desmoralizado. Pero viajamos con la peque, y eso cambia las reglas. Nos indican un carril distinto y pasamos sin esperar. Es uno de esos privilegios pequeños e inesperados que el viaje con bebé regala de vez en cuando, para compensar todo lo demás.

El hotel es el mismo que a la ida, elegido por eso exactamente: por no tener que improvisar a las cuatro de la madrugada en un aeropuerto extranjero. Conocemos el shuttle, conocemos la dinámica. El autobús circula sin cartel identificativo y casi no detiene del todo en la parada, así que lo paramos nosotros porque lo reconocemos del viaje de ida. A las cinco y media nos dan la habitación. Dormimos un par de horas.

Ducha, el transfer de las 9:50 de vuelta al aeropuerto para coger el metro hacia el centro. Habíamos pensado en el Maglev —el tren de levitación magnética que une el aeropuerto de Pudong con la ciudad en ocho minutos a más de 400 km/h—, pero haciendo los cálculos el ahorro real de tiempo no justifica el gasto, sobre todo con el equipaje y la peque. Optamos por metro directo.

Año Nuevo en Yu Yuan

Vamos directos a los jardines de Yu Yuan. La sensación de volver a un sitio que ya conoces y que sigue siendo exactamente como lo recordabas tiene algo que reconforta. Los jardines los construyó un funcionario de la dinastía Ming en el siglo XVI para que sus padres pudieran retirarse en tranquilidad. Después de siglos de abandono, saqueos durante las Guerras del Opio y uso como cuartel por parte de varias facciones durante el siglo XIX, los restauraron en los años cincuenta. Lo que se ve hoy es una reconstrucción meticulosa, pero funciona: los pabellones, los estanques, los dragones de piedra en los muros, los pasos en zigzag sobre el agua para confundir a los espíritus malignos que solo se mueven en línea recta.

Hace bastante frío. El cielo está encapotado y el viento llega desde el río sin avisar. Pero los jardines están decorados para el Año Nuevo Lunar —linternas rojas por todas partes, instalaciones de luz por las que no podemos pasar porque resulta que son de un festival de pago— y hay una energía de fiesta colectiva que compensa el frío.

En el mercado que rodea los jardines negociamos un gorro para la peque y unos guantes. El regateo es lento y amable, como debe ser. Descubrimos por casualidad que hay una terraza en uno de los edificios del complejo comercial: subimos esperando encontrarla cerrada, pero nos dejan pasar. Desde arriba, el contraste es exactamente el que Shanghái ofrece mejor que ninguna otra ciudad: los tejados curvados de las casas bajas del casco histórico contra el skyline de Pudong al fondo, los rascacielos reflejando un cielo gris. Dos ciudades en un plano.

Comemos en un callejón lateral. Wontons, baos rellenos de cangrejo, sopa de raviolis. Todo por muy poco. Antes de seguir, paramos en una pastelería del centro a comprar un pastel de luna: dulce, denso, con relleno de pasta de judía roja. La tradición del pastel de luna viene del Festival de Medio Otoño, pero aquí los venden todo el año y los turistas los compran como souvenir comestible, que es exactamente lo que hacemos.

El Bund, Nanjing Road y el regreso

Caminamos hacia el río atravesando los jardines de People’s Square. El parque está tranquilo, casi vacío comparado con la mañana anterior en Yu Yuan. El ayuntamiento, el museo, el teatro: todos cerrados o sin actividad visible. Una plaza grande en un día gris tiene esa soledad específica de los espacios diseñados para la multitud cuando la multitud no está.

Nanjing Road, en cambio, funciona como siempre: gente, ruido, tiendas hasta donde alcanza la vista. Lo que ha cambiado desde nuestra primera visita son los puestos de palmeras de hojaldre —una bollería de origen turco que en los últimos años ha conquistado Shanghái con una velocidad que dice algo sobre cómo esta ciudad adopta tendencias externas y las hace suyas antes de que el resto del mundo se dé cuenta. En cada esquina hay una cola.

Lo que no ha cambiado: las fresas. Enormes, en brocheta, recubiertas de caramelo o de chocolate. Y el puesto de referencia donde compramos una bola verde dulce de pasta de té matcha y algo mentolado que no sabemos exactamente qué es pero que funciona. Sigue siendo igual de bueno.

Llegamos al Bund con la luz de la tarde. De día, con el cielo gris y el viento cruzando el Huangpu, es impresionante de todas formas: los edificios de la época colonial —bancos, consulados, hoteles de principios del siglo XX— forman una fachada de dos kilómetros que en los años veinte era el corazón financiero de Asia. Enfrente, Pudong era entonces campos de cultivo. Hoy la Torre de Shanghái, la Torre Jin Mao y el Centro Financiero Mundial forman uno de los skylines más fotografiados del mundo. La transformación ocurrió en menos de treinta años.

Nos metemos en un Uniqlo porque el frío ha ganado la batalla. Ropa térmica. No falla nunca.

Volvemos al Bund ya de noche, cuando la ciudad hace lo que mejor sabe hacer: iluminarse. Los edificios coloniales con luz cálida, Pudong reflejado en el río, los fotógrafos con sus tablets conectadas en tiempo real al sistema de revelado —los clientes ven la foto procesada en segundos y la compran en el sitio—. Hay mucha gente. El ambiente tiene algo de cierre colectivo, aunque nadie más que nosotros esté cerrando nada.

Volvemos caminando hasta Yu Yuan para la última vez. El festival de linternas está en pleno rendimiento y desde fuera ya se ve el resplandor. No podemos entrar al recinto central sin entrada, pero el ambiente en las calles de alrededor lo tiene todo igualmente: olores, luz roja, gente comiendo de pie. Compramos un bollo de hojaldre relleno de guiso de carne picada que la peque recibe con una seriedad que no le solemos ver. Un bollo de arroz con setas. Un bao. Un bollo verde de verduras. Cenamos de pie en la calle, en una ciudad que no es la nuestra, con la peque manchada de guiso y más feliz que en ningún restaurante de todo el viaje.

Metro de vuelta al aeropuerto. Una novedad práctica: ya no hace falta comprar ticket. El metro de Shanghái acepta tarjetas de crédito occidentales directamente en los tornos. Funciona sin problema.

La terminal de salidas es nueva, o al menos la zona que nos toca. Hace frío en el interior, ese frío de aeropuerto que no tiene lógica climática. Hay una sala reservada para familias con bebé. La usamos. La verdad es que viajar con un bebé tiene pequeños lujos ocultos al viajero común, como esta sala calefactada, con butacas cómodas, microondas, baño privado y cambiador.  La peque duerme antes de que embarquemos.

El vuelo de vuelta a Madrid sale en hora. Treinta y tres días después de haber cruzado en dirección contraria.

Lo que usamos:

El hotel de tránsito en Shanghái lo reservamos a través de Booking, que tiene buena cobertura en los alrededores del aeropuerto de Pudong. Para el transporte en el destino y las actividades durante las escalas, Klook tiene opciones de metro y tours en Shanghái con recogida en aeropuerto. El seguro que llevamos para todo el viaje era de Heymondo —código RETRATOSVIAJEROS para un 5% de descuento, o 15% en la póliza familiar.

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