Doce Apóstoles Australia: la ruta imprescindible por Great Otway con bebé (Día 5)
Si hay un día que justifica por sí solo recorrer la Great Ocean Road, es este. Los Doce Apóstoles de Australia al atardecer, selva tropical que parece del Jurásico, secuoyas gigantes y dos cascadas escondidas en los Otways. No sonó el despertador, pero nos levantamos solos a las 8. La peque, que se había dormido a las 10 de la noche, no se despertó hasta las 9:30. Desayunamos tranquilamente en el motel y salimos hacia Apollo Bay para estirar las piernas y ver el mar antes de adentrarnos en los Otways.
Apollo Bay: playa kilométrica antes de internarse en la selva
La playa de Apollo Bay es larguísima y muy natural, con poca infraestructura y mucho espacio. Aparcamos con el miedo razonable que ya nos habíamos ganado el día anterior y paseamos un rato. Nada espectacular, pero el tipo de parada que sienta bien antes de un día intenso. El pueblo tiene encanto propio y es una buena base si queréis tomarse los Otways con más calma de la que nosotros le pudimos dedicar.
Maits Rest: la selva que parece del Jurásico
Seguimos hacia el interior por el Great Otway National Park. La carretera va cambiando poco a poco: el paisaje costero desaparece y la vegetación va cerrándose hasta que de repente estás rodeado de selva. Sin señales de fuego por ningún lado, para nuestra tranquilidad.
La primera parada fue Maits Rest Rainforest Walk, y fue una de las mejores sorpresas del día. Nos lo habían recomendado como «una ruta corta de media hora», y técnicamente lo es: 800 metros en bucle, bien señalizado, con pasarela de madera elevada que protege el suelo del bosque. Pero lo que te encuentras dentro no tiene nada que ver con una caminata fácil de parque temático.
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Es selva tropical templada pura: helechos arborescentes que se elevan varios metros, árboles de haya mirto con algunos ejemplares de más de 300 años, raíces expuestas, musgos cubriendo cada superficie y una humedad que lo impregna todo. La sensación es exactamente como internarse en el Jurásico. Nos recordó al Cubo de la Galga en La Palma, pero más denso, y también a algunas zonas de Uganda. Con la peque en el porteo los 9,5 kilos se notaron en las cuestas, pero el camino es perfectamente accesible.
Un detalle que nos llamó la atención: el bosque es hogar del caracol negro carnívoro de Otway, una especie endémica de este parque que se alimenta de otros moluscos, lombrices y larvas. Solo existe aquí, en los Otways. Pequeño, brillante y completamente inofensivo para los humanos, pero con un nombre que le queda de maravilla. No lo vimos, aunque sabiendo que existía miramos el suelo con más atención de la habitual.
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Además, si volvéis de noche con una linterna, el suelo del camino se llena de gusanos luminiscentes que iluminan el bosque. Algo que apuntamos para una próxima vez.
Los Redwoods de Otway: secuoyas en medio de Australia
Cogimos una pista sin asfaltar hacia el norte del parque, cruzándonos con solo dos coches en todo el trayecto. El camino es bonito aunque lento, con curvas y pendientes entre vegetación densa. La recompensa al final fue inesperada: los Redwood Otways, una plantación de secuoyas californianas en pleno corazón de Victoria.
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Las secuoyas fueron plantadas en la década de los años 30 como parte de un proyecto experimental forestal. Hoy superan los 60 metros de altura y crean uno de esos contrastes que solo Australia puede darte: árboles que son símbolo del oeste americano creciendo junto a un río en medio de un parque nacional australiano. Había surferos descalzos y sin camiseta caminando entre los troncos como si fuera lo más normal del mundo. Hay una zona de merendero con baños muy limpios y bien provistos. Un sitio tranquilo y completamente gratuito que merece mucho más atención de la que suele recibir.
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La hora de comer nos pilló por allí sin demasiadas opciones: algo de embutido y crackers Shapes, los más típicos de Australia, con el famoso Vegemite, posiblemente el untable más famoso de Australia. No nos gustó nada. Se la regalamos a unas chicas australianas que pasaban por allí. Nos dijeron, con mucha educación, que hay que hacerse al gusto desde pequeño. Mensaje recibido.
Hopetoun Falls y Beauchamp Falls: cascadas en el cañón
Seguimos hasta las cataratas Hopetoun. Desde el parking hay un mirador rápido que vale la pena, pero la experiencia de verdad está abajo: un camino bien mantenido con bastantes escalones baja hasta la base de la cascada, enclavada en un entorno precioso. Con bebé en porteo es perfectamente asumible, aunque hay que tener las piernas preparadas para la vuelta. Unos italoaustralinos que coincidieron allí nos comentaron que Australia les parecía carísima. A nosotros, en cambio, el nivel de precios nos resulta bastante similar a Madrid. Nos invitaron a café y galletas y seguimos camino.
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La siguiente parada fue Beauchamp Falls, y esta nos sorprendió aún más. El aparcamiento tiene un camping gratuito con zona de barbacoa, baños y todo bien equipado, algo que en Australia aparece con una frecuencia que todavía nos sorprende. La ruta a la cascada es de entre una y dos horas, nivel medio, pero teníamos tiempo y decidimos bajar.
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El camino es selva auténtica: densa, húmeda, con el sonido del agua antes de ver las cascadas. El entorno es un cañón cerrado que multiplica el efecto visual. Volvimos en menos de hora y media con muchas paradas para fotos. Una de las mejores rutas del día, y de las menos conocidas de los Otways.
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El mirador secreto y Gibson Steps cerrado
De vuelta hacia la costa, nos desviamos a un mirador que no aparecía en los mapas principales y nos quedamos solos con una vista que cortaba la respiración: bosque, acantilados y playa al fondo en un solo encuadre. Esos momentos sin gente ni señales ni guías son los que se quedan.
Paramos también en Gibson Steps, la escalera tallada en el acantilado que permite bajar a la playa y ver los 12 Apóstoles desde abajo. Cerrado por desprendimientos. Carteles de serpientes venenosas en la entrada. Seguimos.
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Los Doce Apóstoles: el paisaje que cambia mientras lo miras
Llegamos al aparcamiento de los Doce Apóstoles a las 19:15. La puesta de sol estaba prevista para las 20:30, así que teníamos tiempo. Había varios parkings y, temiendo que se llenaran, nos quedamos sin dudarlo. Hay mucho viento, como casi siempre en esta costa.
La infraestructura está muy bien pensada: pasarelas elevadas, miradores desde distintos ángulos, y un túnel peatonal que cruza bajo la carretera desde el aparcamiento. Todo accesible con porteo o carrito sin ningún problema.
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Vale la pena saber qué estás mirando antes de llegar. Las formaciones que emergen del Océano Antártico son torres de piedra caliza de hasta 45 metros de altura, esculpidas durante millones de años por la erosión del mar y el viento. El proceso es lento pero constante: las olas perforan cuevas en los acantilados, las cuevas se convierten en arcos, los arcos colapsan y quedan las torres aisladas. Luego la erosión continúa, la base se adelgaza unos centímetros cada año, y en algún momento la torre cae. En 2005 cayó una de 50 metros en cuestión de segundos. Hay que verlos pronto, básicamente.
El nombre oficial llegó en los años 20, cuando las autoridades turísticas decidieron que «La Cerda y los Lechones» —el nombre original— no tenía demasiado gancho comercial. Nunca fueron doce. Hoy quedan ocho en pie, algunos partidos, otros inclinados, el paisaje cambia constantemente y eso es exactamente lo que los hace fascinantes.
Éramos unas treinta personas en total cuando llegamos. Poca gente de verdad, para lo que es este lugar. La luz con nubes del atardecer hacía algo especial con el color de la piedra caliza, pasando del ocre al naranja al rosado según avanzaban los minutos. El móvil tiraba mejor larga exposición que la cámara réflex, algo que no esperábamos. Nos quedamos hasta que oscureció casi del todo. Muy tranquilizador, ese tipo de silencio que solo tiene la costa cuando el sol ya casi no está.
Motel en medio de la nada y fideos con hervidor
Cogimos una pista de tierra hasta el motel, en pleno Parque Nacional, sin tiendas ni restaurantes ni nada alrededor. Campo, oscuridad y fauna cruzando la carretera. Nos estaban esperando. Nos dieron agua —aquí el suministro viene de un tanque— y cenamos fideos preparados con el hervidor de la habitación. Perfecto para acabar el día.
El contador: kilómetros de selva, dos cascadas, secuoyas gigantes y los Doce Apóstoles al atardecer. Sin duda, el mejor día del viaje hasta ahora.
Si tenéis un día para la Great Ocean Road desde Melbourne, la excursión organizada es una opción cómoda: Civitatis tiene salidas con guía en español que cubren los puntos principales. Pero si podéis quedaros dos noches en ruta, como hicimos nosotros, los Otways justifican solos el esfuerzo. Para el alojamiento en el parque, buscad con tiempo en Booking porque hay opciones muy limitadas y se llenan. El coche de alquiler lo encontramos más barato con Apex directamente que en comparadores para estas fechas, aunque siempre merece la pena mirar también en Discovercars antes de decidir. Y recordad el seguro: con fauna cruzando de noche y pistas sin asfaltar, no es el viaje para ir sin cobertura. Nosotros con Hey Mondo sin dudarlo.