Diario de NY (9): Empire State of Mind
Diario de NY (9): Empire State of Mind

Diario de NY (9): Empire State of Mind

 

Último día en mi apartamento, mañana me mudo a Astoria, en Queens. Me despierto bastante tarde porque ayer llegué a las tantas de Washington y estoy agotada. Paso la mañana en casa, organizando algunas cosas que tengo pendientes. Después salgo a dar una vuelta por el barrio. Acabo inevitablemente en Chinatown. Todas las calles parecen acabar en algún puesto de frutas y verduras asiático.

Pasados unos instantes me doy cuenta de que todas las tiendas parecen en realidad la misma. Ya sea de alimentación o de souvenirs, todas siguen el mismo patrón. Me resultan caóticas y desordenadas. Termino agobiada de ver lo mismo una y otra vez, así que me doy media vuelta y subo por Mott st, dirección a mi apartamento. Antes de llegar al portal reparo en uno de los salones de masaje que abundan en esta calle. Me decido a darme un masaje en los pies, por 10$.

Me acerco a una pizzería del barrio a comer. De postre tarta de queso de Eileen’s Special cheesecake, la mejor de Manhattan según dicen. Pido la normal, de fresa, aunque tienen bastantes variedades. Está bastante rica, la verdad, aunque las he probado mejores.

Después de comer subo hasta el Empire State a pie. A mitad de camino paro en Union Square. No hay manera de evitar este lugar cada vez que paso cerca de la 14th st. Me encanta. Las mesas de ajedrez siguen ahí, como supongo que estarán cada día. Hoy protestan otros, contra los drones y pidiendo la retirada de las tropas americanas de los países en conflicto. También han vuelto los chicos del break dance. Me quedó un rato viéndolos bailar y después sigo subiendo hacia el Empire.

Alrededor del Empire hay montones de vendedores de tickets. Rechazo sus ofertas y entro en el edificio. Es la tercera vez que subo, pero nunca deja de sorprenderme la manera en que tienen todo organizad, es como una cadena de montaje de turistas. Taylor estaría orgulloso de ellos. Llego hasta el mostrado y compro la entrada. No hay apenas gente y por un instante pienso que quizás tenga suerte y arriba no esté saturado de personas, como suele ser habitual.

Prosigo mi camino hasta el primer ascensor, el que te deja en la planta 80. La velocidad a la que sube es algo a lo que uno nunca se acostumbra. Después cambio de ascensor y subo hasta la 86.

El mirador está atestado de gente. Es imposible hacer fotos. Además, no he podido traer el trípode porque está prohibido. Al parecer la ciudad tiene derecho de imagen (tan absurdo como suena) y para hacer fotos profesionales hay que pedir un permiso. Tiro algunas fotos y después, asumiendo que difícilmente voy a conseguir hacer algo que merezca la pena con mi equipo y en estas circunstancias, me dedico a disfrutar de la vista, el tiempo que no hay turistas empujándome o haciéndose selfies a mi lado. Creo que es en ese momento en el que tomo la resolución de evitar Manhattan en la medida que pueda los próximos diez días.

Bajando al metro leo en un cartel: “NYC will eat you if you let it”. Y es cierto. Esta es una ciudad que te devora, de algún modo. Todo es demasiado, en el más amplio espectro posible. Resulta agotador, para bien y para mal. Es una ciudad que te desborda y al mismo tiempo te fascina. En movimiento constante, la ciudad nunca descansa y nunca te permite descansar de ella. Se introduce en ti: sus sonidos, sus calles, sus olores, su cadencia. Te va arrastrando poco a poco. Y entonces sólo te quedan dos opciones: volverte de piedra como los neoyorquinos o enganchar tu palo para selfies a la superficie de la gran manzana como los turistas. No hay otra forma de sobrevivir a una ciudad que te engulle.

Cojo el metro en Park ave con la 27th st y bajo hasta Spring st. En el trayecto, dos hombres empiezan a cantar de manera espontánea “My girl” de The Temptations. No piden dinero, sólo cantan… y de una manera maravillosa. Cuando terminan nos desean buenas noches y se bajan del vagón. Entonces entiendo que por estas cosas esta ciudad es única. Por eso te dejarías devorar por ella mil veces. Porque en Nueva York todo es posible.

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