Buenos Aires con niños: qué ver con un bebé
Buenos Aires fue la ciudad con la que empezamos el viaje y con la que lo cerramos, y la recorrimos con una niña de 18 meses entre paseos a pie y Cabify, con parques infantiles por todas partes y dos alojamientos de intercambio con HomeExchange. Hicimos dos días al llegar y uno al volver de la Patagonia, y vimos mucho menos de lo que la ciudad ofrece, pero lo bastante para entender por qué engancha: una ciudad enorme, con una historia densa, con una economía que se nota en cada escaparate y con una vida de barrio que se disfruta más andando.
La excursión de un día a Colonia del Sacramento, en Uruguay, tiene su propio artículo. Lo más importante es dejar margen para los trayectos, la lluvia y los madrugones, porque con un bebé las distancias de una ciudad tan grande pesan más de lo que parece.
Un poco de historia de Buenos Aires
Buenos Aires se fundó dos veces. La primera, en 1536, la hizo Pedro de Mendoza con el nombre de Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, y no prosperó, por las duras condiciones de vida y la resistencia de los querandíes. La segunda, en 1580, la hizo Juan de Garay en los terrenos de la actual Plaza de Mayo, y fue allí donde empezó a desarrollarse la vida social y política de la ciudad.
Con el tiempo, el puerto y las conexiones con el interior le dieron una gran fuerza comercial, y en 1776 pasó a ser la capital del Virreinato del Río de la Plata. El 25 de mayo de 1810 los criollos pusieron fin al gobierno virreinal y formaron el primer gobierno patrio, el 9 de julio de 1816 se dio en Tucumán el paso decisivo hacia la independencia, que da nombre a la avenida más ancha del mundo, y en 1880 Buenos Aires se convirtió en la capital federal del país.
Cuando paseamos por la 9 de Julio hasta el Obelisco, nos encontramos con otro eco de aquel pasado: se inauguró en 1936 para conmemorar los cuatrocientos años de la primera fundación de la ciudad.
En la segunda mitad del siglo XIX el puerto fue además la puerta de entrada de una gran ola migratoria, con españoles, italianos, sirios, libaneses, polacos y rusos, y de esa mezcla surgieron el tango y el lunfardo, nacidos en los conventillos y los hoteles de inmigrantes. Es una historia que no se aprende en un día, pero que da otro sentido a lo que se ve al pasear.
Llegar a Buenos Aires con una bebé
Aterrizamos con retraso tras el vuelo nocturno desde Madrid, y la parte administrativa fue lo más fácil de todo el viaje: la fila prioritaria nos permitió pasar los controles en pocos minutos y las maletas facturadas ya nos esperaban en la cinta. El problema llegó después. El traslado que habíamos reservado con descuento, y para el que habíamos avisado veinte veces de que necesitábamos silla de bebé, apareció sin ella, y acabamos en un taxi de Ezeiza que costó tres veces más pero que sí la llevaba, y que instalamos nosotros mismos.
Si prefieres dejarlo reservado desde casa, hay traslados desde el aeropuerto que se pueden contratar con antelación, aunque nosotros no los hemos probado y conviene pedir confirmación escrita de la silla; en el artículo sobre moverse por Argentina contamos con detalle lo que nos pasó con esto.
Durante la hora larga de trayecto, el taxista, muy amable, nos fue explicando que los precios están por las nubes y cómo se vive con ellos, y fue la primera conversación de muchas con ese mismo tema. El apartamento, de HomeExchange, era antiguo pero estaba cuidado, en una planta once, con las llaves dejadas al portero, y tenía una ubicación inmejorable: el cementerio de la Recoleta quedaba a tres minutos a pie.
Recoleta: el cementerio y el Ateneo
El barrio de Recoleta debe su nombre a los monjes recoletos, que levantaron su convento junto a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, inaugurada en 1732. En 1822 la huerta del convento se convirtió en el primer cementerio público de la ciudad, el Cementerio de la Recoleta, que según el Gobierno de la Ciudad cuenta con más de 4.500 bóvedas de estilos muy variados, desde templos griegos hasta pirámides egipcias.
Es la tumba de presidentes, escritores, premios Nobel y de Eva Perón, cuyo cuerpo embalsamado, según las fuentes, estuvo dieciséis años fuera del país antes de descansar en la bóveda de la familia Duarte, y entre sus curiosidades está la de su cuidador, que ahorró toda su vida para construirse allí su propia tumba.
Entramos el primer día, nada más dejar las maletas. Ahora hay que pagar entrada, y no es barata, pero nos pareció que merecía la pena: cada tumba es distinta, con diseños muy originales, hay muchos militares y políticos, y en muchas hay placas que les han puesto sus amigos, compañeros y alumnos. Por cierto, existen free tours por el cementerio que tienen que merecer muchísimo la pena. Nosotros, con una bebé que no para de salir corriendo, lo vemos inviable por el momento, pero es un plan que siempre nos encanta.
A pocos minutos está el Ateneo Grand Splendid, un teatro de 1919 convertido en librería en el año 2000, que tiene una zona infantil y cambiador, algo que agradecimos con la peque. Es espectacular, aunque a uno de nosotros, que ya lo conocía, le impresionó menos que la primera vez, y hay mucha gente. Nos pareció una forma suave de empezar la ciudad, sin prisas y a pie.

La avenida 9 de Julio, el Obelisco y Corrientes
Desde el Ateneo bajamos hacia la avenida 9 de Julio pasando por el parque Vicente López y Planes, donde mucha gente tranquila se tumba en el césped con su mate, y por puestos de plantas y flores en plena calle, con gente comprando.
La 9 de Julio es la que se conoce como la avenida más ancha del mundo, y su nombre recuerda el 9 de julio de 1816, el día en que se dio en Tucumán el paso decisivo hacia la independencia. Cruzarla con un carrito exige paciencia con los semáforos, pero a cambio ofrece una perspectiva de la ciudad que no se tiene en las calles estrechas del centro.

La bajamos hasta el teatro Colón. La peque iba ya muy cansada y nos sentamos en la plaza de Lavalle para dormirla. Después seguimos hasta el Obelisco, que se inauguró el 23 de mayo de 1936 para conmemorar los cuatrocientos años de la primera fundación de Buenos Aires y se levanta donde se izó por primera vez la bandera nacional en la ciudad. Mide 67,5 metros y tiene su propio mirador, al que se sube en un ascensor acristalado, y a sus pies encontramos un puesto de entradas de última hora y gente bailando tango.

Volvimos por la avenida Corrientes, que es peatonal y tiene mucho ambiente. Lo que más nos llamó la atención fue la cantidad de librerías que hay en toda la ciudad y, sobre todo, aquí: en Buenos Aires casi no se ve otra cosa que librerías, pastelerías y heladerías.
Plaza de Mayo, el centro histórico
La plaza de Mayo es la más antigua de la ciudad, y en ella ocurrió la mayoría de los acontecimientos políticos importantes de la historia argentina. Fue el punto en el que Juan de Garay refundó Buenos Aires en 1580, y su nombre recuerda la Revolución del 25 de Mayo de 1810. En el centro está la Pirámide de Mayo, que se levantó en 1811 para conmemorar el primer aniversario de la revolución y que reformó en 1856 Prilidiano Pueyrredón.
Alrededor se encuentran el Cabildo, la Casa Rosada, que es la sede del Gobierno Nacional, y la catedral metropolitana, donde ofició misa el papa Francisco durante más de veinte años. Desde 1977, cada jueves, las Madres de Plaza de Mayo se reúnen en ella para reclamar por sus hijos desaparecidos durante el último gobierno militar. Si preferís que os lo cuenten, en Viator hay un tour de ciudad en grupo pequeño y un city tour privado a medida; nosotros recorrimos la ciudad a pie y no los hemos probado.

Nosotros llegamos en domingo, con lluvia, después de comer en San Telmo. Vimos la Casa Rosada y entramos en la catedral, que tiene muchas referencias a Francisco, y esperamos dentro a ver si paraba de llover, sin éxito. La peque no quiso ponerse el poncho transparente que le compramos por cinco mil pesos, se había hecho pis y llevaba los zapatos empapados, así que lo dejamos ahí. Nuevamente, si os apetece, hay free tours por el centro de la ciudad que tienen muy buena pinta.
San Telmo: mercado, feria y bares
San Telmo debe su nombre a san Pedro González Telmo, patrón de los navegantes, y su parroquia se estableció en 1806. Durante la época colonial fue una zona de estibadores y ladrilleros, y en 1871 una epidemia de fiebre amarilla que mató a más de diez mil personas hizo que las clases acomodadas se marcharan hacia el norte.
Muchas de sus casonas se convirtieron entonces en conventillos, las viviendas colectivas que acogieron a la inmigración europea entre 1875 y 1930, y de ahí viene la mezcla que todavía se nota en el barrio.

Lo vimos dos veces. La primera, un domingo con lluvia, entramos en el mercado, que nos recordó mucho al de San Miguel de Madrid, y como no podíamos ver la feria de antigüedades nos quedamos allí. Comimos pronto, milanesa, empanada y choripán, todo muy típico y muy rico, y compramos pan de queso porque se nos habían olvidado los panecillos de la peque.
Cuando dejó de llover fuimos a la feria de la calle Defensa, que los domingos está llena de puestos con cosas muy chulas, y compramos un llavero y un colgante, y dejamos encargado otro colgante para la hermana de uno de nosotros.

La segunda vez, el último día, seguimos el Paseo de la Historieta hasta el banco de Mafalda, que esta vez no tenía cola, y nos hicimos la foto justo antes de que llegara un grupo enorme. Después fuimos al bar Atis, un convento reconvertido que parece sacado de una película de Indiana Jones y que está además muy cuidado, todo cubierto de enredadera. Hay que consumir para entrar, pero los cafés merecen la pena.

La Boca, mejor más tarde
La Boca nació en torno al puerto, y Caminito, su calle más conocida, cuyo nombre significa «caminito», sigue el recorrido de un viejo arroyo que desembocaba en el Riachuelo. Cuando el arroyo se secó pasó a formar parte de una línea de ferrocarril, y al cerrarse esta quedó casi abandonada hasta los años cincuenta, cuando un grupo de vecinos decidió recuperarla.
Las casas de madera y chapa pintadas de colores recuerdan los conventillos que construyeron los inmigrantes genoveses desde finales del siglo XIX, muchos sobre pilotes por culpa de las inundaciones, y el pintor Benito Quinquela Martín empezó a usar esos edificios como lienzo.


Nosotros fuimos a las 8:30 y fue un error de horarios. No había nadie, el Caminito estaba vacío, las tiendas estaban cerradas y solo vimos algún borracho: mucho color, pero un día triste.
Cuando nos acercamos hacia el estadio de Boca, la policía nos había dicho que era seguro, pero nos encontramos solos con un grupo que no nos dio buena sensación y nos dimos la vuelta. Las tiendas abren a las diez, por lo que conviene ir más tarde, y con algo de precaución. Probamos un alfajor tradicional y cogimos un Cabify a San Telmo.
Palermo y los parques de la ciudad
La tarde del segundo día salimos hacia Palermo en cuanto dejó de llover. Paramos en un parque infantil todavía mojado donde nuestra hija jugó encantada, porque los parques de la ciudad nos parecieron muy buenos, con juegos chulos y bien cuidados.
Seguimos andando y se nota que es un barrio rico, por la arquitectura, los árboles, la amplitud de la avenida del Libertador, la mucha policía y los muchos expatriados. Llegamos hasta los bosques de Palermo y el jardín japonés, y allí la peque se quitó una zapatilla y estuvimos un buen rato volviendo sobre nuestros pasos hasta encontrarla.
Puerto Madero y el último paseo
El último día fue un extra, ya de vuelta de la Patagonia. Habíamos llegado la noche anterior, casi a las diez, tras una jornada interminable con un vuelo a Aeroparque y un Cabify de quince minutos, y nos levantamos con calma. Bajamos por la plaza San Martín y el palacio Paz hasta la calle Florida, que esta vez sí estaba animada, con mucha gente y muchos cambistas, y de ahí seguimos hacia Puerto Madero.

Puerto Madero no estaba especialmente animado con el día gris, pero tiene una historia interesante. El Congreso aprobó en 1882 el proyecto del comerciante Eduardo Madero, las obras se hicieron entre 1887 y 1898 y poco después el puerto quedó obsoleto, porque el intercambio comercial superó sus capacidades y en 1911 se empezó a construir el Puerto Nuevo.
La zona cayó en el abandono hasta que en 1989 se creó la Corporación Antiguo Puerto Madero para reconvertir sus 170 hectáreas, que hoy son un barrio con calles de nombres de mujer, una fragata convertida en museo y el puente de la Mujer, por el que cruzamos hacia San Telmo.
Congreso, Barolo y Tortoni
Bajamos hasta el Congreso, un edificio espectacular aunque con un entorno algo regular, con bastantes mendigos y una sensación no demasiado buena, que ya recordaba uno de nosotros de hace doce años. Quisimos entrar al palacio Barolo, pero el precio había subido mucho y no había visita hasta dentro de dos horas, y por eso lo dejamos.
Pasamos también por el café Tortoni, que abrió en 1858 y es el más antiguo del país y por cuyos salones pasaron Borges, Gardel o Quinquela Martín, pero tenía una cola enorme. Agotamos el día en un parque con una pizza que resultó ser mini, y nos despedimos de la ciudad.


Comer en Buenos Aires con una bebé
El primer día comimos en La Coqueta, que está al lado de casa y que nos había recomendado Disfrutando del viaje. Pedimos un asado entero, que es para dos, con patatas provenzales, y de postre un pankeke de dulce de leche; todo estaba muy rico y el dueño fue encantador.
Hace un diez por ciento de descuento si se paga en efectivo, algo que aún no podíamos aprovechar porque no teníamos pesos. El último día buscamos una parrilla en la 9 de Julio para terminar bien el viaje, donde tomamos un bife de chorizo, que no tiene nada que ver con el chorizo que conocemos, y un bocadillo de bondiola, ambos muy ricos.

En helados probamos Cadore, que está entre los más famosos: había cola, los de higo y strudel eran muy cremosos y de sabor nos resultaron más bien normales. El último día buscamos una heladería casera y encontramos Etzio, que nos gustó más que Cadore y que recomendamos, porque su propietario es encantador y elabora los helados de manera artesanal, y además no hay nada de cola, es más barato y están más buenos. Y las pastelerías están por todas partes.
Cambio, cajeros y tarjetas
Vimos muchos cajeros y todos cobraban mucha comisión, de modo que lo más práctico es sacar poco efectivo. Vimos solo a dos arbolitos haciendo cambio en la zona donde antes había muchos más, aunque en la calle Florida del último día sí había bastantes cambistas.
Con una tarjeta extranjera no pudimos sacar efectivo con cashback, y para pagar con tarjeta nos pidieron el documento de identidad. Todo lo que aprendimos sobre pagos lo contamos en Dinero en Argentina y Chile con un bebé. Para ir a todas partes pedimos Cabify, que en Buenos Aires es muy barato y se puede comparar con Uber o Didi, y con la lluvia nos resolvió más de un trayecto.
Lo que se ve y se escucha en Buenos Aires
Caminando por Buenos Aires la situación económica se nota sin que nadie la explique. Desde el primer día vimos que muchas tiendas ofrecen pagar en cuotas y que hay mucha gente sin hogar, y el taxista del aeropuerto lo resumió con un «quien puede, puede». En el último paseo, el dueño de la heladería nos explicó cómo se hace el helado artesanal y nos contó que había dejado de ir a una parrilla a la que llevaba veintiocho años yendo porque ya no podía pagarla.
Al volver de la Patagonia, de camino al alojamiento, pasamos por el barrio Padre Mugica, una de las villas más conocidas de la ciudad, que según tenemos entendido está a medio kilómetro de una de las zonas más ricas y en la que, hasta hace poco, muchas casas no tenían agua corriente, luz ni calles asfaltadas. No es lo que uno busca en una guía, pero formó parte de lo que vimos, y nos pareció más honesto contarlo que dejarlo fuera.

Dónde dormir y comprar con una niña
Dormimos en dos intercambios de HomeExchange, uno en Recoleta y otro en Retiro, con cocina y lavadora, algo que con una niña pequeña es una gran ayuda. Para las compras, Farmacity y los supermercados Coto, que son enormes, tienen casi de todo, pero de potitos no, y los pañales vienen en paquetes pequeños. Los parques infantiles, de los que hablamos más arriba, son otro punto a favor de la ciudad con niños.
Colonia del Sacramento, en otro artículo
La excursión de un día a Colonia del Sacramento la hicimos desde Buenos Aires, en ferry, y se nos quedó grande para un apartado: la historia que nos contaron durante la visita guiada, desde el antiguo barrio rojo hasta el Patrimonio de la Humanidad, y todo lo práctico con una niña pequeña, está en nuestro artículo sobre Colonia del Sacramento con niños.
Quien quiera ver cómo fueron esos días tal cual los vivimos, sin ordenar ni resumir, los tiene en nuestro diario de Patagonia: la llegada y el primer paseo, la jornada de lluvia entre La Boca, San Telmo y Palermo y el último paseo antes de volver.
Datos útiles para Buenos Aires con niños
| Tema | Qué tener en cuenta |
|---|---|
| Cómo moverse | Cabify es muy barato en la ciudad; el taxi de calle casi nunca lleva silla |
| Recoleta | Cementerio abierto de 9 a 17 según el Gobierno de la Ciudad; a tres minutos a pie del alojamiento |
| La Boca | Las tiendas abren a las 10; a las 8:30 estaba vacío |
| San Telmo | Mercado y feria de la calle Defensa los domingos |
| Dónde dormir | Dos intercambios de HomeExchange, en Recoleta y en Retiro |
| Compras | Supermercados Coto y Farmacity; potitos no hay |
Preguntas frecuentes
¿Cuántos días hacen falta en Buenos Aires con un bebé?
Tres nos parecieron razonables, con tiempo para los parques y sin forzar el ritmo.
¿Cuándo conviene ir a La Boca?
No a primera hora: a las 8:30 no había nadie y las tiendas estaban cerradas. Es mejor ir después de las diez, y con algo de precaución.
¿Hay potitos en Buenos Aires?
No los encontramos ni en farmacias ni en supermercados grandes como Coto; solo purés de fruta.
Lo que usamos
Nos alojamos con HomeExchange, y viajamos con un seguro de Heymondo (código RETRATOSVIAJEROS, 5 % de descuento y 15 % en el familiar) y con dos eSIM, una de Evasim para Argentina y otra de eSIMPal para Sudamérica, que usamos en Brasil, Uruguay y Chile.
