Shirakawa-go y Kanazawa: del Japón rural al refinamiento feudal (10 y 11)
Shirakawa-go y Kanazawa: del Japón rural al refinamiento feudal (10 y 11)

Shirakawa-go y Kanazawa: del Japón rural al refinamiento feudal (10 y 11)

Shirakawa-go: postal perfecta y turismo masivo

Nos levantamos pronto, a las 6 de la mañana, para estar listos a tiempo para coger el bus… y, de paso, para disfrutar de las calles tradicionales de Takayama casi vacías. Casi, porque no somos los únicos con la misma idea.

Cogemos un traslado organizado en autobús, con parada en Shirakawa-go de camino a Kanazawa. Es una opción muy práctica porque te evita volver a Takayama y encajar horarios. En Shirakawa-go tenemos dos horas y media, más que suficiente para verlo con calma. Eso sí, el parking está lleno y hay muchos grupos organizados.

El pueblo se estructura básicamente en torno a una carretera principal que bordea las casas tradicionales. La diferencia con Hida no Sato es clara: aquí la gente sigue viviendo, no es un museo al aire libre.


Casas gasshō-zukuri y mirador

Subimos al mirador desde el que se obtiene la clásica vista panorámica del pueblo. Hay autobús, pero el camino es corto y sencillo; no creemos que merezca la pena cogerlo.
Un cartel avisa de osos entre las 17:00 y las 9:00, lo que añade un punto de realidad al paseo.

Desde arriba la vista es muy bonita: las casas de tejado de paja gasshō-zukuri alineadas junto al río y, al mismo tiempo, miles de turistas moviéndose como hormigas, aunque en las fotos apenas se noten.

👉 Curiosidad: estos tejados, inclinados como manos en oración (gasshō), están diseñados para soportar fuertes nevadas y se renuevan colectivamente cada varias décadas.


Casa Wada y comparaciones inevitables

Entramos en la casa Wada, una de las pocas que se pueden visitar por dentro. Era la vivienda del líder de la aldea. Hay que pagar entrada, aunque no todas las casas son accesibles.

Arquitectónicamente nos recuerda mucho a las de Hida no Sato, pero aquí la experiencia es distinta: muchísima más gente recorriendo cada rincón.
Aunque Shirakawa-go es precioso, confirmamos una sensación clara: si hay que elegir, Hida no Sato nos parece más disfrutable por la menor afluencia de turismo.

Vemos campos de arroz ya recogidos y casas muy bien conservadas, aunque varias están cerradas por ser festivo nacional (Día del Deporte y la Salud). En el Santuario Shirakawa Hachiman están preparando banderas japonesas para algún evento relacionado con la festividad.


Camino a Kanazawa y choque con la burocracia ferroviaria

Volvemos al autobús, que continúa ruta. Hay mucha niebla, así que apenas apreciamos el paisaje. Llegamos muy rápido a Kanazawa.

Lo primero que hacemos es canjear los billetes de JR West que habíamos comprado a través de Klook. Aquí llega uno de esos momentos de desconcierto japonés: el sistema es poco intuitivo y nada práctico.

Funciona así:

  1. Con un QR sacas un pase en papel.

  2. Ese papel es imprescindible: no puedes perderlo.

  3. Con él tienes que ir viaje por viaje a una máquina para reservar asientos.

  4. Por cada trayecto te dan:

    • un billete base

    • otro con el asiento asignado

Resultado: tres billetes por persona y trayecto, todos físicos y todos igual de importantes.

¿No tendría más sentido un único billete digital? ¿O reservar online? No. Mejor tenernos 20 minutos en una máquina sacando billetitos.

Nos ayuda un trabajador de JR, curiosamente francés, que nos cuenta que lleva dos años viviendo en Japón.


Kanazawa: estación futurista y hotel redentor

La estación de Kanazawa es moderna y muy bonita. Tiene una fuente interactiva que da la hora con chorros de agua formando números y figuras. La verdad: mola mucho.

Vamos andando al hotel, situado en la avenida comercial principal. Y aquí llega la redención tras Takayama:
es un hotelazo.

Pijamas incluidos, barra libre de cremas faciales y aceite capilar, un bar con sake, té y aperitivos de bienvenida… y encima mucho más barato que la casa compartida de la noche anterior. A veces Japón funciona así.


Castillo de Kanazawa y cena participativa

Salimos a recorrer la ciudad con el tiempo justo. Vamos primero al Castillo de Kanazawa. Queda poco del castillo original, pero el parque es precioso y las reconstrucciones están muy bien hechas. Nos encanta el ambiente.

Se hace de noche y, como cierra a las 18:00, salimos hacia el Santuario Oyama atravesando el parque. Intentamos cenar cerca (18:30), pero nos dicen que ya no queda comida.

Acabamos en Okonomiyaki Shizuru, un local en un sótano. Es un acierto total: te traen los ingredientes y te haces tú mismo el okonomiyaki en la plancha de la mesa. Divertido, rico y muy auténtico.

Damos un paseo por Tatemachi, pero la zona está bastante muerta, salvo por pachinkos, recreativos y máquinas de bolas. La sensación es clara: Japón tiene un problema serio con el juego, muy normalizado socialmente, incluso desde edades tempranas.

Entramos en una tienda que también alquila cosplay para hacerse fotos. Mezcla curiosa.

Volvemos al hotel. Baño relajante y a dormir.


Samuráis, templos ninja y lluvia persistente

Nos levantamos más tarde, sobre las 8:00, porque todo lo que queremos ver está cerca. Desayunamos donuts de Mr. Donuts, probablemente la cadena más popular del país, y nos vamos al distrito samurái.

No hay samuráis, claro, pero sí casas tradicionales que en su día pertenecieron a familias guerreras. Es una zona tranquila, con poco turismo, que se agradece mucho.

Cruzamos el puente, vemos el templo Gannenji y llegamos al Myōryū-ji, conocido como el Ninja Temple.


Myōryū-ji: trampas, secretos y organización caótica

Aquí no dejan entrar bebés, y la organización vuelve a ser… peculiar.
Teóricamente hay que pedir cita mediante un telefonillo, pero también hay un mostrador con dos señoras que, en lugar de darte información, te mandan al telefonillo. Sí hablan inglés, lo suficiente para entendernos, pero el sistema es confuso.

Aun así, aunque en teoría tenemos cita para dentro de unas horas, entramos con el grupo que está a punto de empezar porque hay un hueco.

Nos dividimos para cuidar a la peque y entramos en dos tandas.
La visita dura 40 minutos, es en japonés, pero te dan un folleto en español sorprendentemente bueno, con el que puedes seguir perfectamente a la guía.

La visita es fascinante: trampas, puertas falsas, escaleras ocultas… El edificio es en realidad un castillo de 4 a 7 plantas camuflado como templo de 3, construido por una familia enemiga del shogunato para defenderse sin levantar sospechas.


Lluvia, comida barata y Kanazawa bajo agua

Al salir empieza a llover con fuerza. Vamos a comer a un sitio súper auténtico: una taberna donde cocinan señores muy mayores. Nos ponen un menú del día (cerdo empanado, tortilla, ensalada, arroz y sopa) baratísimo y riquísimo. Detalle maravilloso: hacen las cuentas con ábaco.

Seguimos bajo la lluvia hacia el distrito de las geishas (Higashi Chaya) pasando por el jardín Kenroku-en. Antes de entrar al jardín hay un centro cívico y, como diluvia, nos prestan paraguas y volvemos a la zona de tiendas para resguardarnos.

Vemos cosas monísimas, compramos un libro para la peque y una tarjeta. Seguimos refugiándonos: tienda de “todo a 100 yenes”… decepcionante. No todo cuesta 100 y lo que sí, no merece mucho la pena.


Supermercado gourmet, sushi rebajado y cierre perfecto

La lluvia empeora. Volvemos hacia el hotel usando un paso subterráneo y acabamos en un supermercado que recuerda al Corte Inglés, especialmente en la zona gourmet.

Todo tiene una pinta increíble y, como es tarde, hay descuentos para no tirar comida. Compramos dos bandejas de sushi (8 piezas variadas, espectaculares) por 800 yenes cada una. Un regalo. Este va a ser un punto de inflexión en el viaje: el día que descubrimos los supermercados japoneses. Infinitamente mejores que los konbini en cuanto a calidad, precio y oferta se refiere… solo que son algo complejos de encontrar porque suelen estar «escondidos» en los sótanos de los edificios.

Diluvia. Vamos al lobby del hotel a por más sake y David se acerca a devolver los paraguas prestados a la oficina de turismo, un sistema que no sabemos si es exclusivo de Kanazawa, pero que nos parece maravilloso.

Con la pena de no haber visto todo lo que queríamos, nos damos un baño por turnos en nuestra enorme bañera y nos vamos a dormir.

Kanazawa se queda con cosas pendientes.
Y eso, en Japón, siempre es una buena excusa para volver.

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