Nara desde Kioto: ciervos sagrados, budas gigantes y el Japón más antiguo (14)
Nara desde Kioto: ciervos sagrados, budas gigantes y el Japón más antiguo (14)

Nara desde Kioto: ciervos sagrados, budas gigantes y el Japón más antiguo (14)

Cogemos el tren a Nara en express —que en realidad es el normal—, no el limited express, que es el rápido. El trayecto dura unos 45 minutos y el tren va petado. Se nota que Nara es una de las excursiones estrella desde Kioto.

Por supuesto, también existen visitas guiadas que, normalmente, combinan varias atracciones en un día. Una opción muy interesante si se dispone de poco tiempo en la ciudad, ya que Nara en sí da para medio día si se hace a un ritmo normal.

Nada más llegar, ya hay ciervos casi en la estación, fuera incluso del parque. Dan un poco de pena: están muy acostumbrados a la gente y son bastante insistentes. Algunos han aprendido incluso a hacer reverencias para pedir sus galletas. Aun así, seguimos caminando hacia el Parque de Nara, donde el ambiente se relaja y los ciervos parecen más tranquilos.

Realmente nos genera bastante disgusto ver el trato que se da en el país a los animales, sobre todo a nivel turístico. Es habitual ver cafeterías con animales, más o menos exóticos, donde se puede interactuar con ellos. Y ahora esto, animales acostumbrados a los humanos, que se han vuelto dependientes de las galletas. Nos produce mucha tristeza y nos preocupa que las autoridades hagan la vista gorda. Esto debería estar prohibido.

👉 Curiosidad: según la tradición sintoísta, un dios llegó a Nara montado en un ciervo, y por eso estos animales son considerados mensajeros sagrados. Llevan aquí más de 1.000 años y hoy se calcula que hay unos 1.300 ciervos en libertad.


Tōdai-ji: madera, budismo y un Buda colosal

Llegamos al templo Tōdai-ji por una entrada espectacular, custodiada por los demonios Nio, dos figuras protectoras talladas en madera que son Tesoro Nacional. Impresionan muchísimo.

El templo actual es el tercero que se construyó en este lugar; los dos anteriores fueron destruidos. Este es más pequeño que el original y ya no conserva las pagodas laterales, pero aun así sigue siendo el edificio de madera más grande del mundo.

Dentro encontramos algo que no esperábamos: servicio de guía gratuito. Nos atiende una mujer encantadora que nos explica detalles muy interesantes. Por ejemplo, que los materiales del suelo proceden de India, China, Corea y Japón, simbolizando el camino del budismo desde su origen hasta Japón.

Hay mucha gente en silla de ruedas, algo que llama la atención y habla bien de la accesibilidad del lugar. A tomar nota si se pretende viajar con carrito: es posible. 
Nos sorprende que permitan hacer fotos en el interior. El Gran Buda de bronce es enorme, imponente, y sigue siendo uno de los mayores del mundo.

Mucha gente intenta pasar por el famoso agujero del tronco, que supuestamente concede iluminación a quien lo atraviesa. Nosotros pasamos de intentarlo. Salimos por una salida “secreta”, mucho más accesible.


Comida rápida y parque en calma

Comemos en un 7-Eleven, como tantos otros hoy. A mucha gente se le ha ocurrido la misma idea y hay batalla por conseguir mesa. Los konbini forman parte de la experiencia gastronómica japonesa, para bien y para mal.

Volvemos a la parte este del parque, que es más lo que esperábamos: más césped, más árboles y más espacio. Aquí los ciervos están en plena berrea, y el ambiente es mucho más natural.


Kasuga Taisha: luz entre el bosque

Pasamos por el pabellón Ukimido, una pequeña estructura que parece flotar sobre el estanque, y desde allí continuamos hacia el Kasuga Taisha por un camino precioso que se adentra en el bosque, flanqueado por cientos de lámparas de piedra cubiertas de musgo. El paseo en sí ya es una experiencia: el bosque amortigua los sonidos, la luz se filtra entre los árboles y el ritmo se vuelve naturalmente más lento.

El santuario es una auténtica maravilla. Kasuga Taisha fue fundado en el año 768 y está estrechamente ligado a la familia Fujiwara, una de las más influyentes de la historia de Japón. Es famoso por sus miles de lámparas, tanto de piedra como de bronce, donadas a lo largo de los siglos por fieles y nobles. Estas lámparas se encienden solo en ocasiones especiales, lo que convierte esos momentos en algo casi ceremonial.

Recorremos los pasillos repletos de faroles de bronce, alineados de forma hipnótica, hasta llegar a una sala oscura donde únicamente brillan las luces encendidas. El ambiente es íntimo, silencioso y profundamente recogido. Nadie habla en voz alta, nadie corre, nadie posa para una foto rápida. Todo invita a bajar el volumen.

La sensación es completamente distinta a la vivida horas antes en el Tōdai-ji. Aquí no hay masas ni monumentalidad abrumadora, sino un espacio que se experimenta desde la calma y la penumbra. Un contraste absoluto que convierte la visita en uno de los momentos más especiales del día… y del viaje.


Regreso práctico y compras necesarias

Volvemos al atardecer en tren. Dejamos la Suica a cero, sacando billetes con lo que nos queda en el monedero y algo extra. Hay menos gente de la esperada. Hacemos un cambio de tren para coger uno más barato y ajustar la tarifa.

Bajamos en una parada cercana a un Aeon Mall para comprar pañales —por fin— y aprovechamos para hacer compra en el supermercado, muy bien organizado. Compramos sushi barato: correcto, aunque no tan bueno como el de Kanazawa.

Cama… y a dormir.
Nara ha sido intensa, antigua y muy viva. Un lugar donde la historia no se mira, se pasea.

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