Llegada a Kioto: caos logístico y primeras postales
Nos levantamos a las 6 de la mañana para coger el tren rumbo a Kioto, vía Tsuruga. Tenemos solo 8 minutos para hacer el transbordo, pero es sencillo y está bien indicado. Se nota que todo el mundo va al mismo sitio, además de que es la misma línea que continúa hacia Osaka.
La estación de Kioto es enorme, moderna y muy llamativa. Tiene un mirador en la parte superior que merece bastante la pena… aunque, para variar, el conjunto es un caos absoluto.
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Primero tenemos que repetir el proceso del día anterior para sacar los billetes incluidos en nuestro Kansai–Hiroshima Area Pass. El sistema vuelve a ser una locura, acabamos con montones de billetes físicos, tardamos casi una hora entre máquinas, colas y reservas, y la sensación es la misma de siempre: Japón es ultra moderno para unas cosas y desesperadamente analógico para otras. Las colas que se forman lo dicen todo.
El segundo problema llega después: no hay ninguna señal clara para cruzar de un lado a otro de la estación. Nos cuesta bastante ubicarnos y entender por dónde se pasa. Entre una cosa y otra, casi dos horas dando tumbos dentro de la estación.
El drama de las maletas
Cuando por fin llegamos al FamilyMart donde deberían estar nuestras mochilas, empieza el drama de verdad. No están.
Nos dicen que no se pueden enviar maletas a un konbini, que no tienen almacén. El de Tokio se ha equivocado y nos ha liado muchísimo. Aparece un trabajador de Yamato Transport porque nadie sabe dónde están nuestras maletas.
Tras varias llamadas, nos confirman la peor opción posible: tenemos que ir a un polígono industrial, a las oficinas centrales de Yamato, para recogerlas a última hora de la tarde, justo antes de que cierren.
Una faena enorme, especialmente viajando con un bebé, porque además la zona está fatal comunicada con el transporte público y lejos de nuestro alojamiento. No nos ofrecen ninguna alternativa.
Con el ánimo tocado, decidimos ir primero al apartamento, que está cerca de la estación. Por suerte, está muy bien: futón, espacio suficiente y todo bien cuidado. Al menos una cosa sale bien.
Como mañana dan lluvia, salimos a aprovechar la tarde.
Primer contacto con Kioto: Higashi Hongan-ji e Higashiyama
Nuestra primera parada es el Higashi Hongan-ji, un enorme conjunto de templos que impresiona incluso antes de saber nada de él. El edificio principal, el Goei-dō, es una de las estructuras de madera más grandes de Japón —y probablemente del mundo—. No destaca por la ornamentación excesiva, sino todo lo contrario: su fuerza está en la sobriedad, en las líneas limpias y en la sensación de espacio y silencio que genera nada más cruzar el umbral.
El templo pertenece a la escuela Jōdo Shinshū del budismo, una de las ramas más importantes y populares del país, centrada en una práctica religiosa más cercana a la vida cotidiana que al ritual estricto. Fue fundado en el siglo XVII y ha sido reconstruido varias veces tras incendios, algo habitual en las grandes construcciones de madera japonesas.
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La entrada es gratuita, algo que se agradece en Kioto, donde muchos templos importantes son de pago, y permite entrar sin prisas, sin la sensación de tener que “aprovechar” una visita. Dentro, el espacio se siente casi ceremonial: suelos de madera impecables, una escala monumental que empequeñece a cualquiera y un ambiente de recogimiento que contrasta con el bullicio de la ciudad que queda a pocos metros.
Nos llama la atención la cantidad de personas vestidas de negro, muchas en actitud solemne. Más tarde sabremos que el Higashi Hongan-ji sigue siendo hoy un lugar activo de culto, donde se celebran ceremonias, funerales y actos religiosos con total normalidad. No es un museo: es un templo vivo. Y quizá por eso la visita resulta tan auténtica.
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Seguimos andando hacia el distrito de Higashiyama, uno de los barrios más antiguos de Kioto y conocido como el barrio de los templos. Aquí la ciudad cambia de ritmo: las calles se estrechan, aparecen cuestas suaves y, casi sin darte cuenta, empiezas a cruzarte con portales de madera, campanas y pequeños recintos religiosos. Hay tantos templos que resulta imposible entrar en todos, y quizá tampoco sea necesario. A veces basta con pasar, mirar y seguir.
Cruzamos por el templo Jippō-ji, discreto y casi escondido, y desde allí subimos por el cementerio de Ōtani. El lugar nos sorprende por completo. El cementerio está integrado en la ciudad, abierto, a pie de calle, sin vallas ni accesos monumentales. Las tumbas se apiñan unas junto a otras, pequeñas y sencillas, formando un entramado denso que sube por la ladera.
A pesar de ello —o quizá precisamente por eso— el lugar transmite una paz enorme. No hay nadie. Solo el sonido lejano de la ciudad, amortiguado por la pendiente y la piedra. Caminamos despacio, casi en silencio, conscientes de estar atravesando un espacio profundamente cotidiano para los habitantes de Kioto y, al mismo tiempo, completamente ajeno para nosotros.
Estamos completamente solos. Y ese contraste, en una ciudad tan visitada, convierte el paseo en uno de esos momentos inesperados que no estaban en ningún plan y que, sin saber muy bien por qué, se quedan contigo mucho tiempo después.
Kiyomizu-dera y el Kioto más masificado
Llegamos al Kiyomizu-dera… y nos encontramos con una auténtica marabunta humana. Hay muchísima gente, muchas personas vestidas con ropa tradicional, sesiones de fotos constantes y un ambiente que, de primeras, puede resultar abrumador. Cuesta incluso imaginar que este sea uno de los templos más antiguos y venerados de Kioto.
El Kiyomizu-dera fue fundado en el año 778, incluso antes de que Kioto se convirtiera en capital imperial, y su nombre significa literalmente “templo del agua pura”, en referencia a las cascadas naturales que brotan de la montaña sobre la que se asienta. El edificio principal es famoso por su enorme terraza de madera, construida sin utilizar un solo clavo, sostenida por una compleja estructura de pilares que se elevan sobre la ladera del monte.
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A pesar del gentío, el templo sigue impresionando. Lo vemos desde los jardines, intentando aislarnos un poco del ruido y fijarnos en los detalles: la madera oscurecida por el tiempo, la escala de la construcción, la sensación de estar suspendidos sobre el valle. Entendemos por qué este lugar lleva siglos atrayendo a peregrinos y visitantes, mucho antes de que existieran cámaras, redes sociales o colas organizadas.
Es cierto que la experiencia no es íntima, ni mucho menos. Pero incluso en medio del caos, el Kiyomizu-dera conserva algo difícil de explicar: una mezcla de belleza, historia y paisaje que resiste al paso del tiempo… y también a las multitudes.
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Seguimos bajando por las calles y escaleras de Sannenzaka y Ninenzaka, dos de las zonas más características del Kioto histórico. Las cuestas están flanqueadas por casas tradicionales de madera, tejados inclinados y pequeñas tiendas que venden desde cerámica y abanicos hasta dulces y recuerdos más o menos artesanales. Todo está cuidadosamente conservado: estas calles forman parte de un área protegida, pensada para que el paisaje urbano siga pareciéndose, al menos en parte, al de hace siglos.
El ambiente es animado, pero agradable. Probamos algunas cosas por el camino y acabamos comprando Hijiri, un dulce típico de la zona, aromático y con un marcado sabor a canela, perfecto para reponer fuerzas mientras seguimos caminando. Son esos pequeños sabores locales los que, sin grandes pretensiones, acaban fijando un lugar en la memoria.
Poco a poco va anocheciendo y continuamos descendiendo hacia Gion, el histórico barrio de las geishas. Antes de entrar de lleno en sus calles, pasamos por el Santuario Yasaka, que a estas horas está iluminado y lleno de vida. Hay numerosos puestos de comida, luces cálidas y un ir y venir constante de gente, creando un ambiente que recuerda más a un mercadillo nocturno que a un recinto religioso solemne.
El contraste es curioso: un santuario sintoísta activo, dedicado a la protección de la ciudad y a la buena salud, convertido al caer la noche en punto de encuentro, celebración y paseo. Kioto, una vez más, mezclando sin esfuerzo lo espiritual y lo cotidiano.
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Cruzamos Gion y llegamos al río Kamo. Desde allí paseamos por la orilla opuesta de Pontocho, una de las zonas más bonitas de Kioto cuando cae la noche. El bullicio de las calles comerciales queda atrás y el ambiente cambia por completo: la iluminación es tenue, las voces se apagan y el ritmo se vuelve más pausado.
Pontocho es un callejón estrecho y alargado, paralelo al río, repleto de restaurantes tradicionales, muchos de ellos escondidos tras fachadas discretas que apenas dejan intuir lo que ocurre dentro. Algunos locales tienen terrazas elevadas sobre el agua —las famosas kawadoko— que en los meses cálidos se convierten en uno de los lugares más agradables para cenar en la ciudad.
Caminamos despacio, observando las luces reflejarse en el río y dejándonos llevar por esa sensación tan propia de Kioto: la de estar en una ciudad profundamente viva, pero capaz de ofrecer momentos de calma absoluta a pocos pasos del ruido. Es un final perfecto para el día, sin necesidad de grandes monumentos, solo paseando y dejando que la ciudad se muestre tal como es al anochecer.
Maletas, polígonos y cierre del día
Cogemos el metro para ir a recoger las maletas. El metro de Kioto es pequeño, con pocas líneas, pero funciona bien, como todo el transporte público en este país.
Llegamos al polígono industrial donde están las oficinas de Yamato. Está en una zona gris, poco amable, pero recuperamos por fin nuestras cosas. Curiosidad: allí mismo están las oficinas de Nintendo.
Compramos algo de cena, ponemos lavadora y secadora, y a dormir. El día ha sido largo.
Templos bajo la lluvia y multitudes persistentes
Nos levantamos y la previsión ha mejorado un poco: por la mañana temprano no llueve. Aprovechamos la tregua y cogemos el autobús 205 hasta el Kinkaku-ji, el famoso Pabellón Dorado. Hoy vamos con mochila de porteo, una decisión acertada teniendo en cuenta el gentío que nos espera. Llegamos poco después de la apertura… y aun así ya hay hordas de gente.
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La entrada incluye un pequeño rezo de protección para el hogar, algo sencillo pero significativo, que recuerda que este lugar, antes de convertirse en icono turístico, fue un espacio de recogimiento y práctica espiritual. El Kinkaku-ji fue originalmente la villa de descanso del shōgun Ashikaga Yoshimitsu en el siglo XIV, y tras su muerte se transformó en templo zen de la escuela Rinzai. El edificio actual es una reconstrucción: el original fue incendiado en 1950, y el pabellón se volvió a levantar pocos años después, recubierto de pan de oro, tal y como lo vemos hoy.
Poco después de entrar, empieza a llover. El pabellón sigue siendo muy bonito, reflejándose en el estanque que lo rodea, pero con el cielo gris y la lluvia constante pierde parte del brillo que uno espera tras haberlo visto tantas veces en fotografías. Además, el recorrido es totalmente dirigido: se avanza en fila, sin posibilidad de detenerse demasiado ni de volver atrás. Aun así, la afluencia no se detiene y el flujo de visitantes es constante.
Salimos del recinto mientras la lluvia empieza a aflojar. Aprovechamos para probar algunas cosas por los puestos cercanos y compramos crackers de yatsuhashi, uno de los dulces más clásicos de Kioto, elaborados con harina de arroz y canela. Un pequeño descanso antes de seguir con el día, asumiendo que, en lugares como este, la experiencia no siempre coincide con la imagen idealizada… y que también eso forma parte del viaje.
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Ryōan-ji y el jardín zen
Cogemos el autobús 59 hasta el Ryōan-ji. Nada más llegar, el entorno nos sorprende muy gratamente. Antes incluso de ver el famoso jardín zen, atravesamos un jardín-bosque exuberante, mucho más bonito de lo que esperábamos: muy verde, húmedo, casi tropical, con senderos tranquilos, estanques y una sensación de calma que contrasta por completo con el gentío del Kinkaku-ji.
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El templo pertenece también a la escuela zen Rinzai y es conocido mundialmente por su jardín seco, uno de los más enigmáticos y estudiados de Japón. El jardín consiste en una superficie rectangular de grava cuidadosamente rastrillada, sobre la que se disponen 15 rocas agrupadas de forma aparentemente sencilla. La particularidad —y parte de su misterio— es que desde ningún punto se pueden ver las quince piedras a la vez. Siempre hay al menos una oculta a la vista, una invitación a la contemplación, a la imperfección y a la idea de que la realidad nunca se muestra completa.
Nos sentamos un rato en el borde del jardín, observando en silencio. Aquí no hay recorrido impuesto ni prisas: cada uno se detiene el tiempo que quiere, mirando, pensando o simplemente dejando pasar los minutos. La experiencia es radicalmente distinta a la del Pabellón Dorado. Menos espectacular, quizá, pero mucho más introspectiva.
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Salimos con la sensación de que Ryōan-ji no busca impresionar, sino hacerte bajar el ritmo. Y en un viaje por Kioto, eso se agradece más de lo que uno imagina. Comemos en un restaurante cercano, muy tranquilo. Para pedir, usamos una máquina antiquísima, parece del año de la polca. Pedimos ramen de setas, verduras en tempura, curry y soba de té verde. Todo rico, aunque la peque tiene su momento de rabieta.
Arashiyama: bambú, gente y más gente
Como la previsión sigue siendo razonable, volvemos a coger el bus 59, hacemos transbordo al 11 y llegamos al Bosque de Bambú de Arashiyama. Nada más bajar, la escena se repite: muchísima gente, muchas personas vestidas con kimonos de alquiler, trípodes, móviles en alto y sesiones de fotos constantes.
El bosque, que en realidad no es un parque público sino una propiedad privada, permite el paso libre por los senderos principales. El recorrido es relativamente corto y está muy marcado, con caminos reservados para los rickshaws que transportan visitantes entre la estación, el templo Tenryū-ji y el río. Todo está muy organizado… y muy concurrido.
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El bambú es imponente, eso es innegable. Los tallos se elevan rectos y altísimos, filtrando la luz y creando ese efecto visual tan reconocible. Pero cuesta conectar con el entorno cuando el flujo de gente no se detiene y el paseo se convierte más en una coreografía de esquives que en una caminata contemplativa.
Nos desviamos en cuanto podemos hacia zonas algo más tranquilas, aunque el bosque en sí no es tan extenso como uno imagina al verlo en imágenes. Es uno de esos lugares que funcionan mejor a primera hora de la mañana o con mucha suerte fuera de temporada. Aun así, entendemos por qué se ha convertido en un icono: el bambú, incluso rodeado de multitudes, sigue teniendo algo hipnótico.
Pasamos por la entrada del templo Tenryū-ji (no entramos) y seguimos hasta el puente Togetsukyō. Sin más. Empieza a llover de nuevo.
Compras, lluvia y cierre
Cogemos el JR de vuelta. Aprovechamos para hacer compras en Uniqlo y Yodobashi, y compramos una cena muy rica en un supermercado enorme. Nos hemos aficionado a cenar en los supermercados, son insuperables de precio y en algunos tienen hasta sushi recién hecho, que suele estar delicioso.
Curiosamente, no encontramos pañales, ni allí ni en dos farmacias. Llueve bastante. Volvemos a casa, cenamos, charlamos un poco y nos vamos a dormir.
Kioto es precioso, pero también exigente. Es una ciudad complicada de recorrer a nivel turístico: los templos están muy alejados unos de otros, hay muchísima gente y el transporte público escasea. Es muy interesante contemplar la opción de coger algún pase ilimitado de autobús, sobre todo si se pretenden visitar varios templos en un mismo día. Te ahorras un pico.
También puede ser muy interesante hacer alguno de los free tours que ofrece la ciudad, para ubicarse y aprender más sobre la historia del país.