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Roma (y la nueva normalidad) đŸ“·

 

Lo confesamos: nos daba bastante respeto este viaje. Han sido meses muy complicados, meses duros y todos hemos pasado por mucho. Hemos visto mucho. AsĂ­ que, aunque tenĂ­amos este vuelo comprado desde hacĂ­a casi un año y la compañía no lo habĂ­a cancelado, estĂĄbamos mĂĄs que dispuestos a dejarlo pasar… pero, tras darle algunas vueltas, leer las experiencias de otros viajeros y asegurarnos de que las medidas de seguridad eran razonables, nos decidimos a viajar. Y por eso estamos escribiendo este artĂ­culo: por si tĂș estĂĄs como nosotros y nuestra experiencia te sirve de ayuda a la hora de decidirte.

El viaje

Barajas estaba prĂĄcticamente desierto: Muy poca gente, las pantallas vacĂ­as, apenas unos veinte vuelos anunciados. El control de seguridad se pasa bastante rĂĄpido. Mascarilla obligatoria (aunque muchĂ­sima gente la lleva mal colocada, sin taparse la nariz) y gel hidroalcohĂłlico por todas partes.

Nos sorprende encontrar que el aviĂłn va lleno. Todo el mundo con su mascarilla, que solo se puede retirar para comer aunque, pese a ser un vuelo nocturno, apenas vemos a dos o tres personas comer algo.

Al llegar a Ciampino nos encontramos la terminal vacĂ­a. Hay un control de temperatura a la salida en el que cuesta reparar y algunos taxistas a la salida. Por suerte, nosotros hemos reservado un transfer porque a estas horas (las 23 h) no hay transporte pĂșblico -hasta el 29 de julio no vuelve el servicio ni los buses express- y las Ășnicas opciones son taxi o algo que hayas reservado de antemano… y no es que haya muchos taxi disponibles.

Roma, toma uno

Nuestra primera mañana en Roma nos sorprende ver la ciudad tan poco transitada. Lo primero que visitamos es Santa María Maggiore, que queda relativamente cerca de nuestro alojamiento. Estamos solos. A la entrada un control de temperatura y poco mås. Eso sí, varios puestos de militares por las calles. Lo mismo nos sucede en San Pietro in Vincoli, donde vamos a ver el famoso Moisés de Miguel Ángel.

Después nos dirigimos hacia el centro de la ciudad. El Coliseo nos espera pråcticamente vacío: no hay nadie haciendo cola y no parece que haya mucha gente dentro. En los alrededores es fåcil hacerse una fotografía sin turistas por medio. No pasamos porque la taquilla no estå abierta y como solo se puede adquirir la entrada por Internet,  pensamos que iremos mejor por la tarde que ademås es bastante mås económica. Paseamos por el Foro romano, subimos al monumento de Vittorio Emanuele, donde nuevamente estamos solos y después, atravesamos una Piazza Venezia en obras.

Impresiona también ver la Fontana di Trevi con tan poca gente alrededor. Poderte hacer la típica foto sin problemas y sin esperas, sin gente dåndote codazos, es un lujo. Sobre todo porque no es nuestra primera vez en Roma y la comparativa es brutal.

Compramos un helado en San Crispino -de la que dicen que es una de las mejores heladerías de la ciudad- que también nos encontramos vacía. Delicioso, por cierto, el sabor de la casa. Luego nos encaminamos hacia el Panteón, donde sí que tenemos que hacer una pequeña cola de unos cinco minutos para entrar porque el aforo estå limitado. Nuevamente control de temperatura a la entrada. Dentro poca gente,lo que es un gustazo a la hora de hacer fotografías.

De ahĂ­ seguimos callejeando, pasando por la Piazza Navona rumbo al Vaticano (cruzamos el TĂ­ber, por su puesto, por el Castillo de San Ángelo). Son las dos de la tarde y en la cola de San Pietro no hay apenas gente, asĂ­ que aprovechamos… con lo que no contamos es con que una parte de la cola hay que hacerla al sol y que, al estar el aforo de San Pietro limitado, aunque hay poca gente sĂ­ que toca esperar. El calor es demasiado y, cuando por fin nos toca pasar, de camino al control de acceso mi cuerpo dice basta y me desmayo.

Los vigilantes de la entrada me tumban, me dan agua y llaman a la ambulancia. Pronto llega un mĂ©dico y confirma lo evidente: ha sido un golpe de calor. Tras un rato recuperando fuerzas en la ambulancia, me dan el «alta» y me dejan seguir. Entramos a San Pedro y nos quedamos impresionados: apenas habrĂĄ 50-100 personas. Nadie delante de la Piedad de Miguel Ángel. Sin multitudes, sin grupos apiñados escuchando a su guĂ­a… es una maravilla esto. Nos animamos tanto que nos decidimos a subir a la CĂșpula. Eso sĂ­, cogemos el ascensor para evitarnos uno cuĂĄntos escalones, que no queremos tener otro susto.

Al terminar la visita al Vaticano, casi a las cuatro de la tarde, nos vamos a buscar un sitio para comer. Tenemos recomendada la Osteria da Fortunata, donde preparan la pasta al momento y delante de ti… y todo un acierto. La comida deliciosa, sobre todo el cacio e pepe, que es todo un descubrimiento.

Después de comer paseamos por el Campo dei Fiori y seguimos la ribera del río hasta llegar a la Bocca della Veritå y al Circo Massimo. Nos imaginamos cómo debía ser aquello en su época, con sus 300.000 espectadores disfrutando de las carreras de cuadrigas. Realmente no nos hacemos ni la mås mínima idea: ¥es el mayor recinto para espectåculos de la historia de la humanidad!

Seguimos hasta el Coliseo y.. ÂĄvoilĂĄ! Ya hemos dado nuestra primera vuelta a la ciudad. Y, ademĂĄs, justo a la hora que querĂ­amos: hemos llegado a las 18:00 para intentar entrar antes del Ășltimo pase (18:15) y asĂ­ ahorrarnos lo mĂĄs posible el calor. Sin embargo, nos dicen que ya estĂĄ completo ese horario y que deberĂ­amos haber comprado las entradas con antelaciĂłn. Menudo fallo 🙁

Después de descansar un rato disfrutando del Coliseo, atravesamos de nuevo la ciudad rumbo hacia la Piazza di Spagna, para ver la fuente casi sin gente y las famosas escaleras completamente vacías (hace tiempo que no permiten sentarse en ellas). Por el camino hemos recuperado fuerzas con un helado en Giolitti (el de nutella estå espectacular, ademås le ponen nata por encima y eso ya es rozar el cielo. Maravilla).

Seguimos caminando hasta Piazza del Popolo. Se nota que, a medida que cae el sol la ciudad comienza a animarse, se llenan las terrazas y hay bastante mĂĄs ambiente… aunque el idioma mĂĄs escuchado sigue siendo el italiano. Nosotros regresamos al TĂ­ber y volvemos a recorrer su margen de camino al Vaticano: el atardecer allĂ­ es precioso aunque, con el dĂ­a sin nubes que hay, no es demasiado espectacular. Lo que sĂ­ que sobrecoge es ver la plaza de San Pedro casi solos. No seremos mĂĄs de 20-30 los que estamos allĂ­ sentados mientras que se apaga el cielo y se encienden las luces.

Volvemos a la otra orilla y vamos a cenar a Pizzeria da Baffetto, de la que dicen que tiene las mejores pizzas de la ciudad. AquĂ­ nos toca esperar unos veinte minutos de cola, que no estĂĄ mal, para comernos una pizza que, efectivamente, estĂĄ muy buena.

Con las fuerzas recargadas (y mĂĄs con el tiramisĂș de pistacho en un sitio llamado Two Sizes que estĂĄ riquĂ­simo) volvemos a pasar por Piazza Navona, PanteĂłn y Fontana de Trevi para verlas de noche. No se si son mĂĄs o menos bonitas que durante el dĂ­a, pero desde luego son diferentes. Otro ambiente. Otros sitios.

Terminamos nuestra ruta de hoy en el Coliseo, que tiene un ambiente increĂ­ble: grupo de chavales y parejas disfrutan de su iluminaciĂłn y del fresco entre ruidosas carcajadas. Ahora sĂ­, damos por terminado el dĂ­a y volvemos a Termini, donde nos alojamos: hoy hemos hecho 32 kilĂłmetros con todo el calor y nos merecemos un buen descanso.

Roma, toma dos

La mañana del domingo nos cuesta mås levantarnos. Nos lo tomamos con calma. Empezamos el día desayunando helado porque hemos venido a jugar. Concretamente en la heladería Giovanni Fassi, que ademås de estar bastante bien de precio, tiene unos helados muy ricos.

Después nos vamos caminando hacia la basílica de San Juan de Letrån, que es la iglesia mås antigua del mundo y por ello recibe el nombre de Cabeza y Madre de todas las Iglesias. El emperador Constantino cedió al Papa este palacio para que fuera su residencia en el siglo IV, cuando los cristianos eran perseguidos. Fue la sede central de la Iglesia Católica hasta que en el siglo XIV los Papas se trasladaron al Vaticano.

Al entrar es un poco espectåculo porque llevo pantalones cortos, así que me toca ponerme una camisa y las perneras de los pantalones desmontables de D. La entrada nuevamente con control de temperatura, de hecho una mujer se queda sin pasar porque da unas décimas.

De ahĂ­ nos vamos al centro, la ruta habitual. El sol pega con fuerzas y nos bebemos varios litros de agua entre los dos (menos mal que Roma estĂĄ repleta de fuentes de agua fresca). AĂșn asĂ­, notamos bastante mĂĄs gente por la calle. Nada exagerado, pero sĂ­ algo mĂĄs que ayer.

Volvemos a pasear por todos los rincones de la ciudad y llegamos de nuevo a Piazza di Spagna. Hoy sí subimos las escaleras y, de ahí, bajamos para ir a comer. Hemos elegido a la Taverna dei Fori Imperiali, muy cerquita del Coliseo. Aquí nos comemos unos ravioli de burrata y una pasta cacio e pepe tartufato que estån para caerse de espaldas. Luego nos tomamos un helado de cannoli en Glauco que también estå riquísimo.

Tras la comida, regresamos al hotel para recoger las maletas y salir hacia el aeropuerto. Utilizamos el servicio Ciampino Airlink, que por 2’7€ incluye el tren hasta Ciampino y despuĂ©s un autobĂșs hasta el aeropuerto. Unos 30 minutos en total, pero ojo porque los trenes no estĂĄn sincronizados con los autobuses y a veces toca esperar. Nosotros llegamos al aeropuerto por los pelos, entre otras cosas porque nos costĂł horrores encontrar el tren en Termini: estĂĄ fatalmente indicado.

El vuelo de vuelta bastante mås vacío, vamos solos en el asiento y no tenemos mås que un par de personas alrededor. Al llegar a España poca cosa: nos hacen rellenar un formulario diciendo que no tenemos síntomas de Covid y se ve a algunos sanitarios dando vueltas por Barajas. Poco mås.

Con cuidado y con las preocupaciones debidas, ha sido un lujo poder disfrutar de esta ciudad milenaria, imperial, increĂ­ble, (casi) para nosotros solos. Algo que no creo que vayamos a poder disfrutar nunca mĂĄs pero de lo que seguro que no nos olvidaremos.

 

 

 

 

 

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