Diario de Irán (14): Khoda Hafez, Irán

 

Empieza nuestro último día en Irán y estamos con más pena de la que podemos llevar encima. Es como si tuviéramos que pasar nuestro último día con un buen amigo, al que sabemos que no vamos a ver en una larga temporada. 

El Palacio de Golestán

Nuestra primera parada es el palacio de Golestán, uno de los lugares claves de la capital de país. La entrada es carísima, además hay que pagar cada edificio por separado y, si quieres ver todo, la cosa se te va a 2.500.000 de riales, que es una barbaridad. Y, sinceramente, después de todo lo que hemos visto, creemos que no lo vale. No porque no sea bonito, que lo es, sino porque no deja de ser un palacio que tiene más similitud con los palacios franceses o rusos que con los persas. 

Tras la visita al palacio nos vamos al Gran Bazar, que está hasta arriba de gente y resulta casi agobiante. Dejar Teherán para el final está siendo un problema para nosotros porque no tiene nada que hacer frente a las otras ciudades que hemos visitado, es más, sale perdiendo por goleada. Y eso juega en su contra.

Nos despedimos de la comida iraní con un dizi, porque lo amamos y nos parece una delicia de plato. También nos ponemos hasta arriba de halva, que es un dulce de aquí que nos chifla. La comida va a ser muy difícil de olvidar, sobre todo los dátiles… estamos muy enganchados a los dátiles. Y en España no tenemos dátiles como estos. Solo os digo que los primeros días no sabíamos ni que eran dátiles, porque es que ni se parecen. Es como comerte un trocito de cielo y morir en cada bocado. Va a ser duro vivir sin ellos.

Después de comer pasamos a una mezquita que hay cerca,  que obviamente palidece ante las que hemos visto en ciudades como Isfahán. Una mujer nos para y nos empieza a hablar, no entendemos muy bien lo que nos dice, pero lo poco que sacamos en claro es que nos está hablando del pueblo donde nació y nos está invitando a visitarlo. Lo que decimos, encantadores.

Lo siguiente que hacemos es bajar al metro que, por cierto, es muy moderno y está fenomenal. Si no fuera por los hiyab y chador que se ven por las calles, Teherán podría pasar perfectamente por Madrid. De hecho, nos recuerda bastante a Vallecas. Esto es algo que comentaremos mucho a la vuelta, y es que Irán es un país que no difiere tanto de España como creemos aquí. 

En el metro se monta una movida en dos segundos porque dos mujeres empiezan a pegarse, no sabemos muy bien por qué. D piensa que una ha pillado a la otra intentando robar, pero no lo hemos visto bien y tampoco sabemos. Los vigilantes del metro no tardan en llevárselas.

Un señor que nos ve con cara de extranjeros viene de inmediato a ofrecernos ayuda. Nos explica cómo se utilizan las tarjetas del metro que nos ha prestado Abbas y a mirar el saldo que nos queda. Es bastante intuitivo, pero en Irán es imposible evitar que te ayuden, a estas alturas lo tenemos más que asumido.

El vagón de metro tiene una zona especial para mujeres, aunque es mixto en el resto. También el andén tiene una zona para mujeres, separada de la zona normal. 

Azadi Tower

Llegamos a Azadi Tower, que es uno de los símbolos de la ciudad. Es curioso porque esta torre fue construida para el shah, conmemorando los 2500 años de monarquía del país en 1971… y en 1979 tuvo lugar la revolución islámica en el país, que acabó con la monarquía existente hasta entonces.  Por cierto, su nombre original era Torre Shahyad, en honor al shah, pero se cambió al actual tras la revolución.

En la torre hemos quedado con Abbas, que viene a buscarnos en coche. Vamos a ir a su clase de español antes de irnos al aeropuerto. Abbas lleva estudiando español unos dos meses y ya habla algo de nuestro idioma, pero es que cuando llegamos a su clase alucinamos con una de sus compañeras que habla y entiende el español impresionantemente bien para llevar tan solo dos meses aprendiéndolo. De verdad que nos deja de una pieza.

Es muy interesante ver cómo aprenden nuestro idioma y, sobre todo, qué les sorprende de nuestra cultura. A ellos les pasa lo mismo y tienen muchas preguntas sobre nuestro país y, sobre todo, sobre cómo nos hemos sentido en el suyo. Las chicas de la clase sienten mucha curiosidad sobre mi relación con el velo, algo que me llevan preguntando diversas mujeres todo el viaje.  Así que supongo que es una respuesta que merece ser desarrollada.

El hiyab y yo

¿Cómo ha sido mi experiencia con el hiyab? Bueno, debo reconocer que he tenido sentimientos enfrentados. Por un lado, la idea de tener que llevarlo constantemente no me ha gustado. No es que sea excesivamente molesto, porque no deja de ser un pañuelo, pero al final es una imposición y las imposiciones nunca son buenas. Aunque, peor que el hiyab para mí ha sido el chador que me he tenido que poner para acceder a algunas mezquitas. Me ha resultado muy incómodo. No es la primera vez que tengo que vestirlo, ya lo utilicé en Malasia el año pasado, pero allí los tenían más adaptados al turismo y llevaban mangas, en Irán la mayoría son meras sábanas enormes que cuesta horrores ponerse sin estar acostumbrada… y ya ni os cuento lo que supone caminar con él. 

Por otro lado, me ha gustado sentir la complicidad de otras mujeres. Me ha gustado poder hablar con ellas y que me explicarán cómo se sentían respecto al hiyab. La mayoría de las chicas con las que he hablado del tema eran jóvenes y todas se mostraban en desacuerdo con el, sobre todo por la imposición que representa. También es verdad que todas hablaban inglés o español, que no eran musulmanas practicantes y que no he podido hablar del tema con mujeres del otro bando, por decirlo de algún modo, por la barrera que supone el idioma. Llevar hiyab ha hecho que, de algún modo, durante dos semanas me metiera en su piel. Cubrir mi cabeza rápidamente cuando nos acercábamos en el coche a un control policial, estar pendiente de que no se me cayera estando en público, incluso olvidarme de que lo llevaba en ocasiones. Obviamente su nivel de costumbre es mucho mayor que el mío, pero creo que me ha servido para empatizar con ellas. 

Despedida y taxi

Tras la clase volvemos a casa de Abbas, donde nos preparan una increíble tortilla de dátiles para cenar. Esta receta se vuelve con nosotros a España, junto con media maleta llena de comida iraní porque la adoramos en todas sus formas. 

Nos despedimos de él y  de su encantadora familia con mucha pena y nos subimos a nuestro taxi, rumbo al aeropuerto. Se acaba el viaje y no podemos evitar sentirnos desolados por ello. Hemos estado en muchos sitios a los que nos gustaría regresar algún día, pero creo que es la primera vez en la que esto lo decimos sabiendo que será una realidad. A Irán vamos a volver, sea cuando sea. 

Conclusiones

Irán ha sido un país que nos ha maravillado. Llevamos muchos años viajando y hemos estado en varios países… y no siempre es sencillo. A veces no te sientes bienvenido, a veces te sientes un extranjero en tierra extraña, a veces sientes que eres un cajero automático y que a la gente solo le interesa el dinero que puedas darles. Obviamente estamos generalizando, si siempre fuera así viajar, no nos gustaría tanto. Hay gente maravillosa en todas partes. Lo que intento decir es que en Irán nos hemos sentido bienvenidos, nos hemos sentido acogidos. Nos hemos sentido como en casa. Y eso no siempre es fácil cuando se está en un lugar del que no se conocen las costumbres, ni el idioma, ni la cultura. Irán ha sido como encontrar nuestro hogar en tierra extraña. Nunca podremos olvidar cada gesto de ayuda altruista, cada sonrisa, cada ofrecimiento. Nos han cuidado, nos han querido, nos han hecho sentir que este era nuestra lugar.

Irán es un país increíble, con un potencial turístico asombroso. Un país que lo tiene todo para ser el destino vacacional perfecto pero que, por desgracia, se encuentra en la cuerda floja. Y es que, tampoco os vamos a mentir, es un país con unas relaciones complicadas con el resto de países de la zona y con Estados Unidos. Con un gobierno que no da ningún tipo de garantía al extranjero. Con unas leyes que pueden resultar muy incómodas, por decirlo de algún modo y que pueden hacer que mucha gente rechace la idea de venir aquí. Entendemos que dé miedo venir, entendemos los reparos. Nosotros también los tuvimos. No sé cuántas veces nos planteamos cancelar el viaje. Bueno sí, cada vez que secuestraban algún petrolero en el golfo o bombardeaban refinerías sauditas. 

Pero, si algo hemos aprendido en estas dos semanas, es que este país no es su gobierno. Los iraníes no se merecen ser castigados por tener los gobernantes que tienen. Nos lo han repetido hasta la saciedad y, la verdad, creemos que es cierto. Nos lo han demostrado cada día desde que aterrizamos. Este país se mide por su gente, no por sus líderes. 

Escúchanos

Puedes escuchar nuestra despedida de Irán en nuestro podcast Otoño en Persia. Y si queréis escuchar todo el diario de viaje, desde el primer día al último, podéis hacerlo aquí