Diario de NY (3): Las ardillas de Washington Sq. park
Diario de NY (3): Las ardillas de Washington Sq. park

Diario de NY (3): Las ardillas de Washington Sq. park

 

Amanece de color gris Manhattan. Los primeros charcos comienzan a formarse sobre el asfalto. Asoman, tímidos, los paraguas. Los coches parecen impacientarse, se escuchan sirenas a lo lejos. La ciudad un poco más ruidosa que de costumbre, como si tratara de ocultar el sonido de la lluvia al caer. Pero llueve en Manhattan. Es una lluvia suave, casi invisible, pero constante. Los últimos pisos de los rascacielos quedan ocultos tras una capa de niebla.

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Subo por Broadway hasta llegar a Bleecker st, la calle que va de Soho a West Village. Creo que es en el cruce con Mercer donde veo el primer corazón de tiza. Está pintado sobre la pared. Inocente, aislado, como si guardara un secreto. Me pregunto cuál será. Saco una foto y sigo caminando.

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No paro hasta llegar al cruce con Perry st. Aquí está Magnolia Bakery. No tengo hambre, pero eso no me impide desear los cupcakes de su escaparate. Quizás otro día, pienso. Luego bajo por la 4th W hasta llegar a Groove st. Llueve un poco más que antes, así que busco un lugar para refugiarme. Opto por un Starbucks. Es curioso como hay cosas que nunca cambian de una ciudad a otra. Esas franquicias internacionales que nos hacen sentir en casa. Una casa fría, aséptica, impersonal. Un refugio de paredes blancas y decoración estándar. Y qué necesario es a veces encontrar algo así, como de cualquier parte… como de ningún lugar y de todos al mismo tiempo. Además hay wifi, que se ha vuelto casi oxígeno a estas alturas.

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Me termino mi capuccino y bajo por Waverly pl hasta Washington Square Park. Ya apenas llueve, pero el suelo está repleto de charcos. Las primeras hojas del otoño han caído y ahora se encuentran empapadas de agua y pisoteadas por los acelerados peatones.

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Me paro a fotografiar a las ardillas. Un hombre las da de comer y me hace un gesto para que no me acerque tanto a ellas. “Te pueden morder”, advierte. Sonrío y niego con la cabeza. Insiste. “Verás, esto es algo así como el amor. Cuando estás enamorado sólo ves lo bonito que es todo, no crees que algo tan bello pueda hacerte daño…y entonces arriesgas. Pero en el fondo todos mordemos. Tú muerdes, yo muerdo, esta ardilla muerde, por eso tenemos dientes. El secreto está en saber cuándo te puedes llevar un mordisco”. Me quedo pensativa un rato, luego me despido y camino pensando en lo que acaba de pasar. Termino por anotarlo en la moleskine, no quiero olvidar ni una palabra.

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Sigo por Waverly hasta Broadway y bajo hasta Prince. En el cruce con Mott st está Café Gitane, un sitio en el que hacen un cuscús increíble. Como allí, mientras repaso las fotos de la cámara. A la salida algo llama mi atención: un corazón de tiza. O, mejor dicho, decenas de ellos. Los sigo con la mirada hasta encontrarme una valla. Sobre ella, seis o siete candados. ¿Quién podría liberar su corazón con tiza para después atarlo a una valla metálica? Niego con la cabeza y tomo una fotografía. No más candados, me recuerdo. El amor es más bien un enorme corazón de tiza. Colorido, luminoso, mágico, repentino. Continúo mi paseo hasta llegar al apartamento.

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Subo en metro a Times Square. Compruebo que sigue teniendo la capacidad de dejarme sin aliento. Es uno de esos lugares. Lamento que estén aquí también de obras. Toda la ciudad parece estar patas arriba. La gente se aglutina en las zonas que no están cortadas. Los turistas se hacen selfies. Es curioso cómo evoluciona el turismo. La última vez que estuve aquí, hace tres años, aún se llamaban autofotos. Ahora tienen un nombre pretencioso y palos alargadores para tomarlos. El turista actual no necesita ayuda para dejar constancia de su visita. Turismo autosuficiente. Uno puede irse de un lugar sin dejar más huella que su cara con algún monumento aleatorio de fondo en la memoria de smartphone. Turismo de Lonely Planet.

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Una pareja me pide paso. Me fijo en ellos al dejarles adelantarme: van vestidos de novios. Ajenos a la multitud, atraviesan corriendo de la mano Times Square. El lugar más concurrido de la ciudad y para ellos parece no existir nadie más en el mundo que la persona que sostiene su mano. Sonrío a recordar cierta promesa, la de los metros cuadrados. Qué fácil resulta saltar acantilados a veces. Supongo que sólo depende de quién salte contigo.

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Dejo Times Square para recoger a Cristina. Hoy cenamos en mi barrio (qué rápido se hace uno a los lugares a veces), en Lombardis, la pizzería más antigua de USA. Un horno de piedra de más de cien años, se dice pronto. Bajamos por la Sexta Avenida hasta el metro más cercano. Ilumina la noche neoyorquina un Empire State de color malva.

 

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