Diario de Islandia (4): Un día mágico

en

 

Empezamos el día cruzando el río para ir a ver el otro lado del cañón bastante temprano, de hecho somos los primeros en llegar al parking y no vemos a otro turista hasta pasada casi una hora.

Tras la correspondiente caminata y después de verificar que el camino de lado izquierdo del cañón está aún peor que el del lado derecho, llegamos. El día sigue gris, el agua sigue sucia y, aunque el sitio no está mal, no nos parece la maravilla que esperábamos encontrar. Como nos dijo el chico ayer, de hecho bajar al cañón parece bastante arriesgado con tanto barro y las piedras empapadas como están. Un resbalón y te vas al agua directo… y con la fuerza con la que baja, pinta mal. Así que bajamos un poco y hacemos algunas fotos, pero sin más (la luz tampoco acompaña 🙁 ).

De cascada en cascada

Salimos de allí un tanto decepcionados y nos ponemos en marcha al siguiente punto de la ruta pero, de camino, nos encontramos con la cascada de Rjúkandafoss, que nos parece magnífica. Además tenemos la suerte de verla con un arco iris justo en medio, una maravilla.>

Seguimos hasta Heginfoss, una cascada de columnas basálticas que está considerada la más alta de Islandia con sus 118 metros de caída. En realidad en el lugar hay dos cascadas porque primero está Litlanesfoss, menos impresionante. La ruta lleva como unas dos horas y no es muy complicada, aunque sí en cuesta… lo malo es que a la vuelta nos empieza a llover y se levanta algo de niebla. Aún así, es algo ligero que no nos estropea ni la vuelta ni el buen ánimo 🙂

Continuamos por la carretera 939 que nos tiene parando cada cinco minutos porque las vistas son un espectáculo. Da gusto conducir por las carreteras de Islandia. Al principio nos preocupó pasarnos sin querer de la velocidad máxima (entre 70 y 90 km/h) pero al final vamos incluso más lento porque estamos enamorados de los paisajes de carretera. Hacemos una parada en un mirador llamado Ulfijòtur que es una preciosidad.

Un par de decepciones

Tenemos varios sitios en la lista que no localizamos. El primero es una playa, pero al llegar al punto que marca el GPS no vemos nada, ni playa, ni parking… el segundo es la lengua de un glaciar que tampoco localizamos, acabamos en un camping que está cerrado y terminamos por dar la vuelta. Así que seguimos con nuestra ruta.

Atardecer con diamantes

Llegamos a Jökulsárlón, la famosa playa de los diamantes. Un sitio espectacular que nos pone la piel de gallina nada más llegar. La laguna del glaciar es sencillamente impresionante. Además empieza a atardecer y la luz ha mejorado considerablemente respecto a la mañana, aunque dista mucho de ser óptima para las fotos. Recorremos la laguna glaciar, observando como los trozos de hielo se deslizan hacia el mar mientras las focas nadan entre ellos y bajamos paseando hasta la playa de los diamantes. Hace un viento muy fuerte, tanto que ni nos planteamos sacar el trípode. Además todo empieza a nublarse… pero, pese al mal tiempo, el contraste de la arena negra con los trozos de hielo que la marea ha llevado a la playa los hace parecer, efectivamente, diamantes. Es un espectáculo lo de este lugar.

Una noche boreal

Cuando ya anochece, cogemos el coche y nos vamos hasta el camping, que está a unos 40 minutos de distancia. No hay alternativas de camping cerca de aquí, solo hemos encontrado una guesthouse que permite aparcar campers pero te cobran lo mismo que el camping y no tienen ducha… y necesitamos una buena ducha. Así que vamos al camping de Svinafell, uno de los más concurridos en los que hemos estado, pero con duchas de agua caliente que es lo que necesitamos.

Y por la noche… por la noche sucede algo increíble. De repente el cielo se ilumina de verde y podemos presenciar un espectáculo único: auroras boreales.

Es muy complicado describir una experiencia como esta. Las fotografías que había visto no hacen justicia a lo que es vivir algo como esto. Sí, es cierto que la larga exposición de la fotografía intensifica el color que no es tan fluorescente como se ve en las fotos… pero ver el cielo moverse como si un látigo de luz lo sacudiera es algo inigualable. Imposible de capturar en una imagen.