El museo de arte socialista de Sofía
El museo de arte socialista de Sofía

El museo de arte socialista de Sofía

Hoy es nuestro último día en Sofía y tenemos un plan que nos apetece mucho: visitar el museo de arte socialista. Que somos muy fans de este periodo de la historia arquitectónicamente no va a sorprender a nadie, así que obviamente este lugar tenía que estar sí o sí en nuestra ruta.

Adiós, Sofía

Nos levantamos pronto, desayunamos y salimos cargados con nuestras mochilas sobre las 8 de la habitación. Recorremos por última vez el bulevar Vitosha, por donde tanto hemos pasado estos días y que hoy está vacío. Parece que los búlgaros no son grandes madrugadores.

Vamos a ver con más calma los frescos de la Catedral de Sveta-Nedelya, que el primer día vimos demasiado rápido y con demasiada gente. La construcción de esta catedral comenzó en el siglo XIX, en 1856, sobre los restos de una iglesia anterior que fue destruida en un incendio. La nueva estructura fue diseñada en un estilo neoclásico por el arquitecto vienés Friedrich von Schmidt, quien también diseñó la famosa Catedral de San Esteban en Viena.

Como curiosidad, en 1925, sufrió un devastador atentado con bomba durante un funeral, perpetrado por miembros del Partido Comunista Búlgaro, que buscaban asesinar al gobierno conservador. El ataque resultó en la muerte de más de 150 personas, incluidos altos funcionarios del gobierno y líderes religiosos.

 

Después vamos a la iglesia de Sveti Georgi, que hemos visto por la noche pero no a la luz del día. La iglesia data del siglo IV d.C., lo que la convierte en una de las iglesias cristianas más antiguas de Bulgaria. Ha sido reconstruida y renovada varias veces a lo largo de los siglos, reflejando influencias arquitectónicas bizantinas y eslavas. Actualmente se encuentra en el patio de un edificio administrativo del gobierno de Bulgaria, por lo que hay que estar atentos para localizarla. Posiblemente sea nuestra preferida de la ciudad, el contraste entre los edificios gubernamentales y las ruinas de la iglesia es verdaderamente impresionante… y por dentro, aunque no dejan hacer fotos, también es preciosa.

Un sitio al que no regresar

Llegamos a la sinagoga justo cuando está abriendo, pero ya desde el primer momento la experiencia es regular. Obviando los modales toscos, casi groseros del guarda de seguridad, no nos permiten pasar con las mochilas y no nos ofrecen ninguna alternativa para dejarlas. Que es algo que podría ser perfectamente comprensible explicado en un tono normal, y no a voces, con aspavientos y un tono de lo más agresivo. Total, que decidimos dividirnos y que entre uno mientras el otro se queda con las mochilas.

David pasa dentro y tiene una experiencia de lo más desagradable. Primero, aunque ponía que era gratuita hay que pagar. Después no le quieren dejar pagar con tarjeta pese a tener datáfono, pero finalmente sí le dejan. A unas chicas, también españolas, se niegan a cobrarlas por separado y a una de ellas le quieren quitar la batería portátil para dejarla pasar, así que finalmente se queda fuera. Repetimos, podemos entender las normas de seguridad pero no las formas, todo esto sucede entre gritos, tono agresivo y aspavientos constantes.

A mí, que me quedo apoyada en el murete exterior, en la vía pública, me sale a gritar el guarda y a decirme que ahí no puedo estar parada, que me tengo que cruzar a la otra acera. Como si la calle también les perteneciera. Me empieza a hacer gestos con los brazos y a gritarme que me vaya, a voces, armando un verdadero escándalo. De verdad que es impresionante, para no tener más jaleo, me cruzo a la otra acera.

Cuando sale David y me toca pasar, ya no me apetece hacerlo. Sinceramente, no tengo ganas de soportar a más gente gritándome y tratándome mal por el simple hecho de querer visitar una sinagoga. Toda para ellos. Desde luego, no es una visita que recomendemos. Podemos entender que tengas normas estrictas, que quieras velar por la seguridad e, incluso, que con el panorama político actual estés algo nervios… pero tratar así a unos simples turistas, como si fuéramos terroristas, no lo vemos. Si no quieres abrir al público, no lo hagas, pero estas formas y modos sobran.

El mercado de las mujeres

Desde ahí, con muy mal sabor de boca, nos vamos al mercado de las mujeres, que el otro día nos quedamos con la espinita. Hoy debería haber abierto sobre las 8, pero lo cierto es que son las 9:30 y hay muchos puestos aún sin montar. Además, la gente no parece especialmente amable -venimos demasiado mal acostumbrados de los mercados de Tayikistán y Uzbekistán y su gente increíble- ni el sitio demasiado pintoresco. Lo más llamativo es que sea un mercado al aire libre, cuando hace una semana estaban aquí a -11°C. No terminamos de ver claro por qué ubicar el mercado en el exterior con esta climatología, pero bueno.

Compramos algo de comer en una panadería de una señora (está si, encantadora y con unos precios mejores que en supermercado) y nos damos nuestro último paseo por la ciudad hasta la catedral de Alexander Nevsky. Sin embargo, nuestro objetivo no es la propia catedral, si no la iglesia de Santa Sofía que está al lado: el edificio en si no dice nada, pero nos dijo ayer el conductor que tiene un sótano muy interesante con mosaicos y restos romanos. Sin embargo, cuando vamos a bajar nos encontramos con unas chicas que justo suben y que nos dicen que no merece la pena. Entre eso, el precio y que justo hace un año estábamos viendo de los mosaicos mejor conservados del mundo decidimos pasar y coger directamente el metro rumbo al museo del arte socialista.

El museo de arte socialista

Son tres paradas de 3 en dirección al aeropuerto, aunque nos cuesta un poco encontrarlo porque está escondido entre oficinas, aparcamientos y fábricas. Tampoco es que lo tengan muy señalizado, lo cuál nos indica que no es una visita excesivamente turística.

Durante la era socialista en Bulgaria, que duró desde después de la Segunda Guerra Mundial hasta principios de la década de 1990, el arte y la cultura estuvieron estrechamente ligados a la ideología comunista. El arte durante este período se utilizó para promover los valores y la ideología socialista, así como para glorificar a los líderes comunistas y retratar los logros del régimen.

En cuanto llegamos, nos damos cuenta de que estamos allí: nos recibe la enorme estrella roja de cinco puntas que en su día coronaba el edifico del Partido Comunista Búlgaro, ahora la Asamblea Nacional, y que representaba la mano unida de todos los trabajadores y proletarios. El jardín está lleno de estatuas de Lenin, de mayor o mejor tamaño, y otros símbolos de la era soviética. En total más de 70 estatuas que representan a diferentes líderes socialistas, valores o ideología socialista. Como curiosidad, no solo hay líderes búlgaros o rusos, también nos encontramos a la entrada con una estatua del Che Guevara.

Nos resulta fascinante la idea de que todo esto, que hace no tanto ocupaba las calles, ahora esté en un museo. Comprobar cómo cambian las ciudades con algo tan reciente, nos parece de lo más interesante. Ver todos esos Lenins olvidados, perdidos en un jardín repleto de otros líderes que, aunque en su día fueron alguien, ahora ya apenas son un nombre en un pedestal. Nos preguntamos si alguna vez lo que ahora forma parte de nuestra cotidianidad acabará también en un museo.

El acceso al jardín es gratuito, pero el museo cuesta 6 BGN. El museo tiene una exposición que va cambiando y la que encontramos nosotros es una de arte en forma de viñetas comicas prohibidas por la censura, que la verdad es bastante interesante y, por suerte, tiene traducción al inglés. El horario es de martes a domingo de 10 a 18 horas.

Con este último recuerdo, cogemos de nuevo el metro hasta la terminal 2 y luego un bus que nos enlaza con la terminal 1, de la que salimos. Nuestro vuelo está retrasado, pero nosotros estamos bien cargados de panes de queso y fotos para aguantar la espera hasta volver a casa.

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