Diario de Colombia (11, 12 y 13): La Guajira
Diario de Colombia (11, 12 y 13): La Guajira

Diario de Colombia (11, 12 y 13): La Guajira

 

Empezamos el día extremadamente temprano: concretamente a las 4 de la mañana, que es cuando viene a recogernos el vehículo privado que nos va a llevar a Riohacha. La idea inicial era ir en autobús, pero los horarios imposibilitaban hacerlo a esta hora y nos tocaba perder un día en el traslado, así que hemos decidido hacerlo así aunque sale algo más caro. En total se tardan unas 4 horas en llegar, justo para empezar el tour por la Guajira.

Al llegar a Riohacha nos encontramos con una sorpresa: el operador del tour tampoco va a ser Baquianos. Al igual que nos pasó con el de Ciudad Perdida, lo han subcontratado, esta vez a una empresa llamada Hammocks que, además, es un hostal. De hecho, la persona de la agencia/hostal nos pregunta que dónde nos alojaremos a nuestro regreso de la Guajira y, cuando le damos el nombre de nuestro hostal, nos dice que está en una zona terrible. Nos sugiere que cancelemos, que ellos nos dejan una habitación al mismo precio. Aunque nos suena un poco a cuento chino, es verdad que nuestro hostal actual está algo más alejado de la Avenida 1 (la zona buena). Además, les vamos a dejar un montón de ropa para lavar así que, por comodidad, aceptamos la propuesta.

Después de acordar todo esto nos recoge el 4×4 en el que iremos los próximos días junto cuatro colombianos (Una profesora de instituto y un profesor universitario, que viajan solos, y un matrimonio) y el conductor. El vehículo tiene 3 asientos «buenos» y 2 muy malos, en la parte de atrás, estrechísimos, en los que nos toca a nosotros por ser los últimos en llegar. Nos aseguran que iremos rotando, pero el señor del matrimonio ya está diciendo que él no piensa pasar por esos asientos. Empezamos bien…

Las salinas de Manaure

Nuestra primera parada es en las salinas de Manaure, unas salinas que no es que sean especialmente bonitas y donde nos cuentan el proceso que siguen para desalar el agua. Ya hemos estado en suficientes salares como para conocerlo de memoria, por lo que la visita pasa sin pena ni gloria. Por suerte, es una parada bastante corta.

El siguiente punto de la ruta es Uribía. Bueno, realmente es un mercado en la carretera que va de Uribía a la Guajira, donde paramos a comprar agua y caramelos para los niños. El guía nos ha indicado que compremos dulces, ya que él se encarga de llevar agua, café y panela. El maletero -por llamar de alguna manera al minihueco donde va el equipaje- no da para mucho más y nos pide que cojamos algo que abulte poco. Así que cogemos una bolsa de dulces y una botella de seis litros de agua para nosotros.

El cabo de la vela

De ahí sí, salimos directo hasta el cabo de la Vela. A medida que hacemos kilómetros, vemos como el paisaje se va secando… hasta que solo quedan cactus y matojos secos como vegetación. Se empieza a percibir la pobreza, sobre todo cuando comenzamos a ver palos a ambos lados del camino, atados por cuerdas que los niños bajan si les damos un caramelo por la ventana… aunque a veces no hace falta ni eso, solo que el conductor acelere para que entiendan que es mejor bajar la cuerda que reponerla.

Dejamos el equipaje y almorzamos en nuestra ranchería, un pescado y algo muy típico de esta zona: friche, que no es otra cosa que chivo frito (y muy rico). Los wayuu son principalmente ganaderos y crían chivos, que se ven a montones por esta zona. Lo que no sabemos muy bien es qué beberán estos animales…

Después visitamos la playa arcoíris, que es una playa con un efecto curioso en sus olas: el sol refleja en ellas un arcoíris… un efecto muy bonito y peligroso al mismo tiempo, porque el oleaje es muy fuerte. De hecho hace no mucho falleció un chaval aquí por esto mismo. Siguen a esta visita las playas del Pilón de Azúcar y la del Ojo del agua que, si bien son bonitas, no nos parecen especialmente cautivadoras. Paisajes normales, sin más.

Después de esto vamos al mirador de faro, donde vemos un bonito atardecer, aunque tampoco nada que corte el aliento. La cena en la ranchería consiste en pescado, que es lo que más abunda aquí. Por cierto, en la ranchería hay limitación horaria del agua… cosa normal, por otro lado.

Rumbo a Punta Gallinas

El segundo día empezamos la ruta hasta Punta Gallinas. El primer tramo es hasta Bahía Honda, donde se encuentra el restaurante en el que comemos todos los grupos. Y es que sí, la ruta se hace en grupo con el resto de agencias porque, según nos cuenta el guía, es más seguro así… y entendemos por qué rápido al ver un par de vehículos parados por pinchazos, que de inmediato reciben ayuda del resto. El terreno es terrible, lleno de baches y piedras, normal que hasta los 4×4 tengan problemas para recorrerlo.

Por el camino vemos muchísima más pobreza que el día anterior. Los niños ya no piden caramelos, ahora piden agua… y se ven vallas más profesionales, con cadenas, supervisadas ahora ya por adultos. Algunos, de hecho, no se conforman con el pago en especies y piden directamente dinero por atravesar sus tierras.

Es desolador y muy deprimente lo que aquí se ve. Gente viviendo en chabolas, con una escasez de agua brutal, unos caminos terribles y muy mal acceso a infraestructuras como colegios o supermercados. Aquí solo hay escasez y necesidad.

Tras el almuerzo, en el que pedimos róbalo (que viene a ser lubina), nos vamos hasta las Dunas de Taroa. Realmente es una duna bastante alta que nos recuerda un poco a las que vimos en Namibia, pero en versión reducida. No está mal pero, de nuevo, no es nada espectacular. Será que tenemos recientes las de Maspalomas…

La siguiente parada es el propio faro de Punta Gallinas, donde los turistas han dejado cientos de piedras apiladas -una chorrada inmensa que no sabemos por qué está tan extendida y que la gente local ni siquiera entiende, como bien nos hace saber el guía-.  Estando allí, un grupito de tres niños se acercan a pedirnos agua. Les rellenamos una botella con el agua que llevamos, pero nos sabe fatal no tener nada más para darles. Si nos hubieran avisado de esto hubiéramos comprado más garrafas grandes para repartir, aunque hubiéramos tenido que llevarlas sobre las piernas. Es muy duro ver a un niño pidiendo agua… sobre todo sabiendo lo mucho que la necesitan aquí. En la Guajira mueren entre 60 y 70 niños al año por la falta de agua apta para el consumo. Se ha intentado cambiar esta situación, pero todas las soluciones terminan siendo insuficientes o demasiado chapuceras y el problema sigue ahí.

Después de esto nos vamos a la playa de Punta Aguja para ver el atardecer (algo mejor que el de ayer, pero tampoco nada del otro mundo), para después ir a la ranchería. Más sencilla que la del Cabo de la Vela -aunque curiosamente sin limitaciones de agua-, y con menos opciones en la carta para elegir… pero bastante.

De regreso

Nos levantamos con la sorpresa de que por la noche llovió. No mucho, solo unas gotas, pero no deja de ser una alegría ver caer el agua en una zona en la que tanta falta hace. Nos dice nuestro guía que aquí celebran las lluvias como si les visitara un dios. No nos extraña.

Tras parar en un mirador justo al lado de la ranchería, el último día es puramente de coche. El camino de vuelta nos lleva unas seis horas… y no es porque hagamos muchos kilómetros, pero los caminos son terribles, hay que parar mogollón de veces para pagar los «peajes» y muchas veces las rutas habituales han sido cortadas por los locales, por lo que toca volver sobre nuestros pasos y buscar un camino alternativo.

Según nos cuenta el guía, los locales llevan cobrando estos «peajes» desde que empezó el turismo en la zona. Es una manera también de ayudar a esta comunidad, que gracias al turismo recibe suministros a diario.

Por nuestros compañeros de viaje, deducimos que esta no es una zona muy conocida en Colombia. Tiene bastante turismo local, casi todos los turistas que vemos son nacionales, pero parecen tan sorprendidos como nosotros con lo que nos estamos encontrando… puede que incluso más. Y eso solo puede significar que a nivel nacional no se cuenta demasiado sobre la problemática de esta región del país.

Nuestro almuerzo será en Mayapo, una zona de playa ya muy cercana a Riohacha. No tenemos mucho tiempo de bañarnos porque una de nuestras compañeras de viaje tiene que volver pronto al hostal para irse a otro lugar, así que sobre las dos de la tarde estamos en Riohacha.

Riohacha

Al llegar al hostal nos encontramos con la sorpresa: no tienen habitaciones. Sí, saben que nos ofrecieron una habitación… pero es que la han reservado ya y no les queda nada libre. Curiosamente sí que nos pueden conseguir otra, bastante más cara y peor ubicada. Les mandamos a la mierda, obviamente.

El conductor del tour nos lleva a otro alojamiento que reservamos en ese momento a través de Booking. Al llegar allí nos encontramos con que tampoco tienen habitaciones disponibles. ¡Somos los terceros que llegan con una reserva de Booking nos dice! Que sabe que en la aplicación dice que tienen habitaciones pero que no es así, que las tiene ocupadas. Vamos, que no ha notificado a Booking que tiene las habitaciones ocupadas para no pagar comisión, suponemos. Total, que D se queda con las mochilas y yo me recorro los 8 o 9 hostales que encuentro en la zona hasta que doy con uno que tiene habitaciones libres y que no cuesta un ojo de la cara. Al final acabamos en una zona buenísima, a apenas una calle de la Avenida Primera.

Después de pegarnos una buena ducha Nos vamos a dar una vuelta por Riohacha. La verdad es que no tiene nada, pero es una ciudad tranquila y con ambiente. Nos recorremos el paseo marítimo -incluida su famoso muelle al estilo Pier 39- y nos cenamos un perrito en los Kioskos (un perrito con piña que tiene que ser bastante popular por la demanda que hay. 30 min de espera nos dan!). También nos tomamos un par de jugos riquísimos y, volvemos paseando tranquilamente a dormir.