Diario de Indonesia, Malasia y Singapur (23 y 24): De volcanes y cascadas.

 

Nos levantamos por la mañana con la intención de desayunar en el hostal, pero nos dicen que aún no está abierta la cocina. Como tenemos que coger el transporte a Berastagi en breve, decidimos ir a buscar una alternativa. Terminamos desayunando en un local que hay cerca del río, a mejor precio y muy rico también. 

Nos vamos a Berastagi

El transporte sale con bastante retraso, ya que se supone que íbamos a ser 4 personas pero una pareja ha fallado y al final vamos solos. Se tiran un buen rato esperando, hasta que aclaran la situación. Como siempre, nos enteramos de lo que sucede ya cuando arrancamos. 

El camino es rarísimo. Nuestro conductor apenas habla inglés y, aunque lo intenta, no entendemos muy bien qué hace. Primero para en Binjai para recoger a su mujer, muy simpática eso sí. Luego, ya en Berastagi, nos para en un hotel donde estamos un buen rato esperando no sabemos muy bien a qué, pero el conductor acaba arrancando visiblemente molesto. Creemos que tenía que recoger a alguien que le ha dejado tirado, aunque no lo tenemos claro.

Llegamos al hostal y ya rematamos las rarezas de día. La propietaria nos ignora por completo y se pone a charlar tranquilamente con el conductor. Le decimos que tenemos una reserva, pero ella sigue a lo suyo y al final estamos casi veinte minutos ahí sentados, hasta que ya acaba de hablar con el conductor y se decide a darnos la llave de nuestra habitación. Como tiene bastante información sobre excursiones anunciada en las paredes, le preguntamos por los horarios y precios de las mismas, pero ni nos responde. No sabemos si no entiende inglés, si pasa o si es que es así. Desde luego la impresión es pésima.

Como dos estrellas de cine

Salimos a dar una vuelta por el pueblo, que no es que sea especialmente bonito, pero es curioso. Lo más interesante es el mercado de fruta que tiene, bastante grande y con mucha variedad.

Aprovechamos para ir a la oficina de Turismo, donde preguntamos sobre las opciones para visitar la cascada de Sipiso piso. Nos dicen que en transporte público es muy difícil, que hay que coger un autobús hasta Kabanjahe y ahí cambiar a otro. Por una excursión privada nos piden 700.000 rupias. No nos convence mucho porque, además, vemos que pasan bastante y que nos dan la información con desgana y cuentagotas.

Paramos a comer en el mercado un plato de maíz con queso, muy rico, que es lo que está comiendo todo el mundo por aquí. Hay muchísimos locales, varios chavalillos nos paran y nos piden que hablemos con ellos para que puedan practicar su inglés. Nos explican que vienen desde Kabanjahe hasta aquí porque allí no hay turistas y aquí de vez en cuando aparece alguno, aunque pocos. En un rato nos paran como unas veinte veces, para conversar y hacernos fotos. Algunos son súper curiosos porque quieren que poses como abrazándoles, en plan muy amigos y no deja de parecerme raro que quieran aparentar una amistad que no existe, pero bueno, supongo que es algo que está a la orden del día.

Bajando hasta el Indomaret, un supermercado típico de aquí al que estoy dejando sin provisiones de salsa Kecap, vemos una agencia de viajes. Entramos a preguntar y aquí parece que tienen más interés en nosotros.  Nos ofrecen un vehículo privado para ir a las cascadas y al volcán Sibayak, con otras visitas más y transporte al aeropuerto de Medan para el día siguiente por 700.000 rupias para los dos, tras regateo. Nos parece una cantidad aceptable y, tras valorar que yendo por libre no podríamos ver ni la mitad de las cosas que contempla la excursión, aceptamos. 

Ahora viene lo curioso de todo esto. Nos indican que para el volcán sería recomendable un guía, por 200.000 rupias, nos dice que no es obligatorio pero sí lo aconsejan porque varios turistas se han perdido, o incluso han muerto allí. Para confirmarlo, señala una lista con varios nombres extranjeros, fechas y nacionalidades escritas. Una lista que yo ya había visto en la Oficina de Turismo. Nos cuenta que uno murió de hambre tras pasar dos semanas perdido, que a otro lo encontraron desnutrido cuatro días después… en fin, que cogemos el guía, como imagino que podéis imaginar xD. 

Para rematar el día, cenamos en uno de los múltiples puestecillos de comida que hay en la calle y nos retiramos a descansar, ya que mañana se avecina un día bastante completo. 

El monte Sibayak

Salimos temprano con nuestro guía y nuestro conductor que, por suerte, hablan perfectamente inglés. Además son bastante dicharacheros, por lo que nos cuentan un montón de cosas de su cultura y su rutina diaria, que nos resultan de lo más interesantes. 

Llegamos al inicio del trekking y nos encontramos la primera sorpresa, el camino hacia la cima del monte está asfaltado. ¿No se perdía aquí la gente? El guía nos explica entonces que esos registros son antiguos, que el camino se asfaltó hace varios años ya.  Un detallito sin importancia.

El precio de la entrada al Sibayak es de 10.000 rupias.

Subimos hacia la cima y, una vez allí, descubrimos que hay muchísima niebla. Parece que al final sí que vamos a sacar provecho de nuestro guía, porque la verdad es que resulta muy fácil desorientarse con la cantidad de niebla que hay. Igual no para estar dos semanas perdido hasta morir de hambre, pero sí para pasarte un par de horas dando tumbos. 

Acompañados y animados por nuestro guía, bajamos hasta el cráter del volcán, donde nos explica algo más sobre este lugar y su actividad sísmica. El volcán Sinabung, cercano a este, lleva 5 años en erupción y los pueblos de la zona tuvieron que ser evacuados. Como ya sabíamos, Indonesia está en el cinturón de fuego del Pacífico, por lo que es una zona con una elevada actividad sísmica y volcánica. A ello le debe su belleza, sí, pero también terremotos y volcanes en erupción que han acabado con vidas humanas. La naturaleza es indomable. 

Iglesias y templos budistas

Tras el volcán, nos movemos hasta el Templo Lumbini, un templo budista que parece sacado de Camboya. Nos deja pasmados que algo así esté aquí, en medio de la nada, y que no hubiéramos sabido de su existencia hasta hoy. La entrada es gratuita, solo piden un donativo y no se ve ni un solo turista extranjero, aunque sí varios locales. Un lugar que merece mucho la pena.

Lo siguiente que vemos es la Iglesia de San Francisco, una iglesia católica de arquitectura karo… y es que en esta zona de Sumatra, pese a que la isla es de mayoría islámica, son principalmente católicos. Nos cuenta el conductor que, de hecho, no pueden quejarse de la llamada al rezo a horas intempestivas de las Mezquitas, pese a que les resultan tan molestas como a nosotros.

Dentro del recinto de la iglesia hay también una casa tradicional karo. Se trata de un pueblo Batak específico de esta zona, existentes antes de la colonización holandesa. Eran guerreros y caníbales, pero después fueron convertidos al catolicismo y hoy son fieles devotos.  

Algo curioso que vemos de camino a Sipiso piso, son las tumbas que hay a ambos lados de la carretera. Tumbas enormes, muy ornamentadas y que, en algunos casos, tienen hasta pequeños techados. Nos explica nuestro conductor que se construyen así para mostrar el poder de la familia, mientras más grandes y ostentosas son, más dinero tiene la familia del difunto. 

Sipiso piso

Esta cascada de 120 metros de altura formada por el río Pajanabolon, es impresionante. Para llegar a ella hay que descender un largo tramo de escaleras a los que se accede desde el aparcamiento. Desde la parte de arriba se tiene también una maravillosa perspectiva del lago Toba, el lago volcánico más grande del mundo. Y es que toda esta zona fue, hace miles de años, un volcán. 

El precio de la entrada a la cascada es de 4000 rupias.

No hay mucha gente bajando, y no vemos a ningún extranjero, lo que nos parece increíble porque el lugar es precioso y no entendemos que no tenga más turismo. De hecho, el guía nos ha comentado que tiene una media de dos grupos de turistas por mes. 

Ya de vuelta a Berastagi, el conductor nos para en unos puestos de fruta para que probemos el famoso mangostán, que resulta estar delicioso y la fruta del dragón, que es muy bonita por fuera pero no está tan rica como creíamos, aunque no está mala, pero es que lo de mangostán es brutal. Cuando llegamos a Berastagi está diluviando, así que nos quedamos en el hotel.

Una despedida a lo grande

Nos despierta a primera hora una música a todo volumen que proviene de la mezquita. Al parecer es festivo y están celebrando algo, ya que de camino al mercado nos cruzamos con un desfile de muchísima gente, vestidos con ropa a conjunto en grupos. Nos saludan y posan encantados para nuestros fotos, algunos incluso nos piden que se las hagamos. Es un momento bastante divertido, de hecho nos gusta tanto que nos tragamos el desfile enterito.

Después vamos al mercado de fruta, donde compramos mangostanes, mangos, aguacates y fruta de la pasión por kilos. La fruta aquí es rica y barata, estamos como locos con ella. Además, aprovechamos para probar otras cosas que no conocíamos.

A las 11 de la mañana nos recoge el taxi. Nos quedamos de piedra al ver que el vehículo viene lleno, nada más y nada menos que 7 personas más el conductor. No entendemos muy bien qué sucede, hasta que el conductor reubica a los pasajeros: mete a 5 personas en el asiento trasero, que no me explico ni cómo lo hace, uno en el delantero y otra persona en el del medio. Obviamente, el maletero va hasta arriba, así que ni corto ni perezoso nos dice que nos pongamos las mochilas en las piernas. Nos negamos rotundamente, son 3 horas de viaje y no nos ha salido precisamente barato (el precio era de 150.000 rupias por persona). Finalmente, tras dar varias vueltas, consigue meter una de las maletas en el maletero y la otra se la pone de compañera de asiento al de delante. Tremendo.  Nos montamos en el coche porque no nos queda otra, pero de inmediato nos ponemos en contacto con la agencia para quejarnos.

Tras hablar con el de la agencia y enviarle varios vídeos y fotos para que compruebe que decimos la verdad, ya que no da crédito cuando le decimos que somos 10 personas en el coche, nos dice que el conductor nos devolverá 50.000 rupias. Esto evidentemente ya nos sirve de poco. Sobre todo cuando vemos que la primera pareja de pasajeros que se baja en Binjai paga 70.000 rupias. Nos han estafado totalmente, aunque la cosa incluso mejora. Tras dejar a todos los pasajeros menos a nosotros dos, el conductor se va a llevar un paquete a un almacén (por eso no entraban las maletas) y después nos mete en una granja rarísima, que está pasado un callejón en un lugar apartado de la ciudad, donde D. y yo nos asustamos de verdad porque no entendemos nada. Acabamos en un patio con la puerta cerrada y rodeados de gente. Uno de los tipos va a buscar algo y al rato vuelve con un montón de peces. Ya alucinamos, claro. Posiblemente sea el viaje más rentabilizado de la historia. 

Un pueblecito encantador

Nos bajamos del coche de los horrores y dejamos las mochilas en el hostal. Nos alojamos en un pueblecito cercano al aeropuerto. Esta parte del viaje fue un poco desastre porque nos cambiaron el vuelo de Medan a Kuala Lumpur como cinco o seis veces y de volar por la tarde pasamos a volar por la mañana, luego a medio día… al final fue tal caos que acabamos haciendo noche aquí para coger un vuelo a las 7 de la mañana, por lo que pudiera pasar.

Al final este lugar termina siendo una grata sorpresa. Un pueblecito en el que somos los únicos turistas y, por lo que parece, no solo hoy si no en una larga temporada. Todo el mundo nos saluda como si nos conociera y nos dicen cosas aleatorias en inglés, suponemos que porque no saben más palabras, como “I love you” o “Sorry”. La gente nos pide que les hagamos fotos a ellos o a sus hijos al vernos con la cámara y un chico hasta nos invita a una ensalada de frutas en su puesto (luego nos hace una foto para su Instagram).  La verdad es que es un remate genial para el viaje, la gente de Indonesia tiene ese frescor y esa inocencia que nos encanta. Es verdad que no se puede generalizar, pero en nuestro paso por este país ha ganado por goleada la gente amable y simpática, que nos ha tratado con cariño. Sin duda, si algo destacamos de este lugar es eso: su gente. Es complicado conservar esa autenticidad cuando se vive el turismo tan de cerca, pero de alguna manera aquí lo han conseguido.