Marrakech

 

Llegamos de noche, casi de madrugada. El aeropuerto de Menara nos recibe impoluto, luminoso… y prácticamente vacío. Nos lleva un rato ubicarnos, encontrar un cajero que funcione y conseguir unos dírhams -por los que acabamos pagando, a la desesperada, una comisión absolutamente desproporcionada-.

Cogemos un taxi a la salida de la terminal. Los precios están escritos en un cartel -150 dírhams la tarifa nocturna, 100 la diurna- y, aún así, el taxista nos intenta pedir más. Por intentarlo que no quede, aunque no cuela. Ya nos parece excesivo pagar casi 15€ por un trayecto de apenas 15 minutos.

La Medina

Llegamos a la Medina, el lugar donde se encuentran todos los riad de la ciudad. La palabra riad ha pasado a significar hotel en Marrakech, aunque en realidad su significado es jardín en árabe. Se llaman así por su jardín o patio interior. Antiguamente estas casas pertenecían a las clases más adineradas, pero actualmente todas las que quedan en el interior de la Medina han sido reconvertida en hoteles.

El nuestro se encuentra al final de un laberinto de calles estrechas que, en mitad de la noche y sin iluminación artificial, resultan bastante inquietantes. No ayuda que un chaval se decida a acompañarnos todo el trayecto, pese a que rechazamos varias veces su compañía. Sabemos, y así pasa, que al llegar al riad nos pedirá dinero. Y, obviamente, no estamos dispuestos a pagar por algo que no hemos pedido y que encima nos ha resultado incómodo.

No hacemos ni check in, el tipo del hotel está tan dormido que apenas nos da la llave y nos indica que el desayuno empieza  a las ocho. Nosotros, que también estamos agotados, subimos a dormir.

Recorriendo Marrakech

Las calles de Marrakech son bulliciosas y caóticas. Nos gusta este desorden, esta vida callejera que inunda las plazas, el olor de la comida cocinándose en las calles, el de las especies que se venden en las aceras, nos gusta el tráfico enloquecido y los gritos de los vendedores en la plaza Jemaa el-Fna.

La mezquita de la Kutobia y sus jardines, las tumbas saadíes o la antigua muralla y la hermosa puerta de Bab Agnaou son nuestras primeras visitas de la mañana. Aprovechamos también para entrar al famoso hotel La Mamounia, conocido por sus preciosos jardines.

 

Ya en el barrio judío conocemos a un marroquí afincado en Badajoz, que está en la ciudad visitando a su familia. Charlamos un rato con él y decide acompañarnos hasta el bazar de las especias. Eso sí, nos avisa, no quiere dinero a cambio. Solo charlar un rato, acompañarnos. Nos siente casi como paisanos, lleva muchos años en España.

En el bazar nos embriagamos con los olores, también con los colores. Aquí venden remedios naturales para todo, tratamientos de belleza, el famoso aceite de argán y el omnipresente jabón negro. El té bereber, que dicen que es mejor que la viagra,  y también otras mezclas herbáticas que prometen una pérdida pasmosa de peso o curar enfermedades varias. No seremos quienes descubran si es cierto.

A la hora de la comida optamos por probar el delicioso tajín de cordero y una pastela, o pastilla como la llaman aquí. Estamos acostumbrados a la cocina marroquí y no son pocos los restaurantes de Lavapiés que hemos probado, pero aquí es otra historia… sobre todo cuando llega la cuenta.

Tras la comida regresamos al zoco, en busca de unos dulces de miel. No es tan fácil encontrarlos como pensamos, ya que en la mayoría de los puestos los venden por kilos y nosotros apenas queremos dos piezas… pero lo logramos. Con nuestros dulces ya en el estómago, nos dirigimos al Jardín Secreto, que resulta ser una decepción absoluta y otro decorado de Instagram más, de los muchos que hay distribuidos a lo largo del planeta.

Como si la decepción nos persiguiera, al llegar a la Madrasa de Ben Youssef descubrimos que está en obras, así que también nos quedamos sin verla.

Regresamos al zoco, que con la caída del sol empieza a llenarse por momentos. En una callejuela, a la que la luz del atardecer ha convertido en pura fotografía, nos tomamos un zumo de frutas increíble que nos recomiendan unos marroquíes que allí están.

En la plaza a estas horas hay tanta gente que dudamos si quedará alguien en el resto de la ciudad. Los puestos de comida han aparecido de la nada y familias enteras están comiendo en ellos. Nosotros optamos por subirnos a las alturas, pese al frío. Nos vamos a la terraza del café Aqua para contemplar la plaza desde arriba, con un couscous y un vaso de té.

Visto… y no visto

El fin de semana termina y nuestro tiempo en la ciudad se agota. Pasamos la mañana en un Free Tour (todos los días a las 9:30, frente a la Kotubia) de lo más interesante. O interesante hasta que nos meten a hacer un descanso en una tienda, en la que nos venden todos los productos que hemos visto en el bazar, pero a un precio mucho más elevado.  Eso sí, té y pastas para hacer el trago más dulce.

Nosotros decidimos irnos, con apenas un par de horas por delante, no podemos perder más tiempo escuchando al vendedor hablar sobre pintalabios mágicos o tés que curan el colesterol. Nos marchamos al bazar, que es lo mismo pero más auténtico…y económico.

A la hora de comer decidimos repetir el menú de ayer… y el lugar. Acabamos así nuestra escapada a Marrakech, ciudad que descubrimos por separado y que hemos tardado casi diez años en descubrir juntos. Coincidimos en que el Marrakech con el que regresamos en la cabeza no es el que creímos descubrir hace una década. Quizás porque llevamos más kilómetros a la espalda, porque no nos parece tan diferente de otros sitios en los que hemos estado, porque nos hemos acabado por enamorar de caos y del desorden, de los gritos de los vendedores, del fuerte olor de los bazares… quizás porque ahora somos más viajeros que turistas o porque volvemos con la cámara llena de retratos. Quién sabe, lo que tenemos claro es que a Marruecos volveremos.