Diario de Uganda (3): La selva impenetrable de Bwindi
Diario de Uganda (3): La selva impenetrable de Bwindi

Diario de Uganda (3): La selva impenetrable de Bwindi

 

El día más importante del viaje amanece despejado, por suerte para nosotros. Lo último que nos apetece es tener que atravesar la selva con lluvia, aunque nos han dicho que en los días de lluvia los gorilas suelen estar más cerca de los accesos.

Los permisos

Los permisos para ver gorilas tienen un coste de 700$ por persona y se gestionan a través de la UWA. O eso dice la teoría. La realidad es que la UWA nunca contesta a las peticiones y finalmente toca gestionarlo a través de una agencia local porque, además, los permisos se tienen que recoger directamente en Kampala y eso puede ser un inconveniente durante el viaje si, como en nuestro caso, no pasas a tu llegada por la capital.

¿Qué se hace con el dinero de estos permisos? Bueno, básicamente el dinero se reparte entre las comunidades locales (que lo utilizan para comprar alimentos y animales), entre la propia UWA y el gobierno (que en teoría lo utilizan para pagar a los rangers y proteger la zona) y obviamente en pagar a las personas que trabajan en todo lo relacionado con los gorilas.

Un poco de historia

El turismo ha sido la tabla de salvación para los gorilas, que en los años 70 contaban con una población de apenas 250 ejemplares entre Uganda, Ruanda  y R.D Congo. En aquella época, en la que Dian Fossey realizó sus observaciones, los gorilas caían de manera constante en las trampas que los cazadores furtivos ponían en Bwindi y Virunga. Las trampas no iban destinadas a los gorilas: muy al contrario de lo que se suele creer, sino a otros animales que habitan estas montañas… lo que pasa es que muchas veces los gorilas caían por error en ellas. También, por supuesto, había cazadores que querían trofeos o que capturaban a las crías de los gorilas para vendérselas a zoológicos, pero no tantos como se suele pensar.

Un gorila capturado o muerto no es un solo gorila. Con él muere toda su familia. Bien porque sean heridos luchando para defender a sus crías o bien porque el nuevo macho dominante del grupo, el famoso espalda plateada, decida eliminar a la progenie del antiguo líder.

Afortunadamente, las cosas han cambiado mucho ahora: La población actual de gorilas supera los mil y su conservación se ha convertido en una prioridad, al menos para Uganda y Ruanda, que sacan un gran beneficio del turismo que mueven estos primates.

Se ha implicado a las comunidades locales en la preservación de los gorilas y gracias a ello se ha conseguido mantener el hábitat natural de los mismos y frenar la caza furtiva. Hablando claro: ahora mismo las comunidades locales sacan más dinero de tener a los gorilas vivos que muertos, y por tanto les interesa que eso siga siendo así.  Es triste, pero es lo que hay y cualquiera que vaya a Bwindi y pueda ver claramente el corte donde acaban los cultivos locales y empieza la selva, va a comprender de inmediato cómo las comunidades locales le robaron la «casa» a los gorilas durante años y por qué.

Si tenéis interés en el tema, os recomendamos leer el libro «Gorilas en la niebla«, de Dian Fossey.

Los preparativos

Lo primero que hay que hacer al llegar a Ruhija, una de las múltiples puertas de acceso que tiene el parte, es registrarse y escuchar una pequeña charla informativa. Ah, y presenciar un baile tradicional a cuyos intérpretes posteriormente habrá que entregar una pequeña propina.

Las puertas de acceso son las siguientes:

  • Buhoma, con 3 familias habituadas. Aquí se encuentra el primer grupo que fue habituado, en 1992, la familia Mubare.
  • Ruhija, con otras 3 familias habituadas.
  • Nkuringo, con una familia habituada.
  • Rushaga, con 5 familias habituadas, es además el único donde se realiza la experiencia de habituación.

Las familias habituadas son las que están acostumbradas a los humanos y no huyen al verlos. Cada día un grupo de un máximo de 8 personas puede visitar a cada familia, durante un tiempo máximo de 1 hora una vez se establece el primer contacto, aunque existe una experiencia llamada habituación con el desorbitado precio de 1500$ que consiste en ir rastreando a los gorilas durante un día completo, en principio con la intención de habituar así a grupos que aún no lo estén.

Nuestra puerta de acceso fue Ruhija y la familia que nos asignaron fue la Oruzogo, cosa que nos gustó mucho porque es una familia que tiene una cría de apenas unos meses.

En la entrada te ofrecen el servicio de porteadores, personas de la comunidad local que te acompañan durante el trekking, te ayudan y te llevan la mochila. El precio ronda los 20$ por persona y lo recomendamos para personas que no tengan mucha experiencia haciendo trekking y quieran una ayuda. Nosotros no lo cogimos.

Lo que sí recomendamos encarecidamente es llevar bastones de trekking o coger los que te ofrecerán allí. Nos parece absolutamente imprescindible para evitar caídas, eso y llevar un calzado apropiado. Nos contaron muchas historias de personas que se habían roto la pierna o hecho un esguince y habían tenido que ser sacados de Bwindi en lo que se conoce como el helicóptero africano, es decir, dos personas llevándote en una silla como si fueras un faraón, al módico precio de 300$.

El trekking

Decir cómo es exactamente el trekking es imposible, porque todo depende de dónde estén los gorilas situados ese día. A veces se tarda media hora y a veces cuatro horas en localizarlos, a veces el camino es muy sencillo y a veces es una completa pesadilla… nadie te puede garantizar nada porque nadie sabe dónde van a estar los gorilas el día que tú vayas.

Lo tienen montado bastante bien, hay dos rastreadores que están permanentemente persiguiendo a los gorilas para tenerlos localizados y también para vigilar que no les pase nada o no enfermen. Esos rastreadores son los que van dando indicaciones al que acompaña al grupo, además de dos rangers armados que también van por si sucediera algo.

Nosotros tardamos aproximadamente una hora en localizar a los gorilas y el camino fue tremendamente complicado. Bwindi no se llama impenetrable por nada, estamos hablando de una selva tremendamente tupida por la que hay que ir abriéndose paso a machetazos, con un desnivel bastante importante y zonas en las que apenas hay agarre para subir, piedras que resbalan una barbaridad y, por si esto fuera poco, plantas como ortigas que te pican terriblemente si las tocas. Vamos, que no es un trekking nada fácil y hay que ir preparado… y mentalizado.

 

Los gorilas

Una vez establecido el contacto, el reloj empieza a contar. Disponemos de una hora exacta de tiempo. El primer gorila que vemos es un macho joven, que está comiendo tranquilamente entre los arbustos. No se le ve tan bien como habíamos imaginados porque la vegetación es muy densa y, si no fuera porque los rangers la apartan un poco con el machete, podrías tener un gorila al lado y ni siquiera enterarte.

El macho joven se va haciendo la croqueta, tal cual, y nos movemos de nuevo para localizar a una madre con su cría, un bebé de unos meses, comiendo tranquilamente en el interior de unos arbustos. Cuesta tanto verlos que podríamos estar al lado de la gorila sin enterarnos de su presencia. Así de densa es la selva de Bwindi.

Los gorilas no están mucho tiempo quietos en un mismo sitio, se mueven de un lado a otro, juegan entre ellos, buscan comida. No es fácil verlos o seguirlos, ya que el camino es muy complejo y ellos mucho más ágiles y rápidos que nosotros, obviamente.

 

Cuando localizamos al espalda plateada nos quedamos impresionados. Es inmenso. En un momento, carga amenazadoramente contra nosotros, pero los rangers rápidamente le tranquilizan y vuelve a quedarse tan pancho comiendo. De repente, sale de entre la maleza y se sitúa en una zona despejada, donde se nos queda mirando fijamente. Está ahí unos diez minutos y después se va. Los rangers nos avisan de que acaba de finalizar nuestra hora. El resto de gorilas siguen al espalda plateada y pronto ya no queda ni rastro de ellos. Es como si supieran que el tiempo acaba de expirar.

El regreso

Tras nuestro encuentro con los gorilas emprendemos el camino de regreso. Tan complicado como antes, pero sin el aliciente que teníamos a la ida. Hacemos una parada de descanso para comer algo y después seguimos. En nuestro grupo somos nosotros tres, cuatro alemanes que están repitiendo experiencia y un norteamericano que ya vio gorilas en R.D. Congo, así que somos los únicos para los que esta ha sido una experiencia única en la vida.

Tras salir por fin de la selva nos entregan un diploma y nos reunimos con Gerard para ponernos en marcha de nuevo. Son las dos de la tarde y nuestra siguiente parada es Queen Elizabeth Park. La salida de Bwindi es casi tan bonita como la entrada, con los valles llenos a rebosar de plantaciones de té dispuestas en terrazas, agricultores que nos saludan amablemente y monos que saltan de un lado de otro de la carretera.

Antes de llegar a Ishasa hacemos una parada técnica para ver si podemos solucionar el problema de la tarjeta SIM. Al parecer el tema es que no se ha registrado correctamente y por eso no funciona. En la tienda nos dicen que tenemos que ir a alguna ciudad más grande para resolverlo. Nuestro alojamiento para la noche se llama Bullbush River Camp y es un sitio precioso, con unas cabañas maravillosas situadas en la orilla de un río. ¡Nos encanta!