Diario de Egipto (7): El Cairo

 

Empezamos el día muertos de sueño porque anoche, con la tontería, nos acostamos a las tantas. Resulta que Ahmed, el propietario de la agencia con la que hemos montado todo, vino al hotel a recibirnos y nos trajo la cena: Un hawawshi (una especie de sandwich egipcio que está que te mueres de bueno) y que nos tomamos alegremente en el vestíbulo del hotel de charla hasta las 3 de la mañana.

La conversación muy interesante con Ahmed y Katia -una chica argentina que trabaja con él, pero que lleva años viviendo en El Cairo-. Nos contaron muchas cosas del país y estuvimos discutiendo sobre temas diversos como religión, el uso de burka en Egipto, el turismo y los problemas políticos recientes del país.

El museo de la civilización egipcia

Después de desayunar rápidamente, pedimos un Careem (un Uber egipcio). Por unos 5 euros nos lleva hasta nuestra primera parada: el nuevo museo de El Cairo, el museo que acaban de inaugurar y al que trasladaron recientemente las momias de los grandes faraones con un pomposo desfile. La verdad es que el museo es una pasada, está fenomenal. No solo muy nuevo, además está muy bien montado y distribuido. La zona de las momias es una pasada, aunque no permitan hacer fotos (totalmente comprensible) y la información que muestran es de lo más útil. Nos gusta muchísimo este museo, además es inmenso y las zonas exteriores son muy bonitas.

La ciudadela de Saladino

Al salir pedimos otro Careem que llega casi instantáneamente y que nos lleva hasta la Ciudadela. Esta fortaleza amurallada está en una colina en medio de El Cairo y permite divisar toda la ciudad desde lo alto. Posiblemente por eso la construyó aquí Saladino, y residieron aquí los gobernantes de Egipto durante hasta el siglo XIX.

Aunque tenga un origen antiquísimo, lo cierto es que los edificios que la componen ni son ni se ven muy antiguos: la ciudadela estuvo constantemente de reformas, hasta que a principios del siglo XIX, Muhammad Alí demolió la mayoría de los edificios más antiguos y construyo los palacios que la configuran hoy.. y que no son pocos.

Empezamos la visita por uno de los pocos edificios que permanecen desde el siglo XIV: La mezquita de An-Nassir Muhammad, con su gran patio exterior y sus columnas, que disfrutamos casi solos. De ahí nos vamos a la mezquita de Muhammad Alí, mucho más reciente y muy diferente de la anterior: con un estilo otomano -muy similar al de las grandes mezquitas de Estambul-, la mezquita del Alabstro (sí, también se llama así) ofrece mucho más por dentro que por fuera.

Como el palacio Gawhara está cerrado, seguimos recorriendo la fortaleza, pasando por el museo de la policía y el militar. Como parece que no tiene mucho más que ver y hace bastante calor, decidimos recoger velas y encaminarnos al siguiente punto en el orden del día 🙂

El Museo Egipcio

De nuevo, cogemos un Uber para ir hasta el centro de la ciudad (2€ aprox). Nos apeamos en la plaza Tahrir y caminamos los pocos metros que distan hasta el Museo Egipcio. Este museo es el de 1902, que se conoce que lleva sin una triste restauración desde ese año. Hace un calor horrible, no tiene climatización alguna salvo unos ventiladores colocados de cualquier manera. El edificio es verdad que es bonito y tiene su encanto, pero no como para albergar las maravillas que alberga. Nos explicamos: todo está tirado de cualquier manera, sin orden ni concierto. Te juntan objetos de la época romana con objetos del Imperio Medio a lo loco, sin un triste cartel, sin nada, todo puesto por ahí como si lo hubieran ido dejando a medida que lo encontraban en el primer hueco libre que pillaban.

Muchas de las cristaleras están rotas y pegadas con celo…¡con celo! Objetos de miles de años de antigüedad protegidos por un celo. Por no mencionar los sarcófagos, que están apilados como en estanterías sin iluminar, haciendo imposible poder apreciarlos. Un despropósito.

Las estatuas están en cualquier sitio, sin proteger, de hecho vemos a mucha gente tocándolas… ¡tocando estatuas de cuatro o cinco mil años de antigüedad! De verdad, se nos pone hasta mal cuerpo, nos parece una aberración todo esto.

Al pasar por lo que era la sala de las momias casi nos da un chungo, menos mal que sacaron a los pobres faraones de semejante lugar, es vergonzoso. De hecho quedan aún un par de momias allí tiradas de cualquier manera: Cajas, andamios, vitrinas vacías… vale que se están trasladando al nuevo museo de Giza, pero no todo obedece a la mudanza y es evidente. Esto es dejadez, esto es haber pasado los últimos cien años pasando por completo del museo y de su colección.

Menos mal que la máscara funeraria de Tutankamón nos reconcilia un poco con el mundo, porque es absolutamente espectacular. Entre la máscara y los sarcófagos nos tiramos como media hora con la boca abierta.

El bazar

Nos vamos hacia el bazar, donde paramos a comer en un sitio que nos recomienda un señor de la calle y que resulta estar muy rico. Luego descubriremos que es una especie de cadena de comida egipcia llamada GAD.

Tras eso nos vamos al mercado, que está frente al bazar. Encontramos una zona con puestos de fruta, verdura y carne y nos ponemos a hacer fotos. Enseguida nos empiezan a pedir retratos, nos ofrecen compartir su comida con ellos y nos piden el contacto para que les enviemos las fotos. Nos gusta muchísimo todo esto y la gente es de lo más amable.

Luego cruzamos al bazar, donde hay bastante gente. Hay una zona más turística donde se ve a algún extranjero, pero a medida que avanzamos van desapareciendo y también va cambiando el tipo de producto. Perdemos de vista los souvenirs, las galabiyas, las lámparas y empezamos a ver latas, cinturones, juguetes, esponjas, cortinas, ropa de cama… llega un punto en el que no sabemos ni dónde estamos, solo que hay una barbaridad de gente, muchísimo ruido y todo es un caos entre la gente, los coches, los puestos… una completa locura.

Caminamos un rato hasta salir de la multitud y nos sentamos para ubicarnos. Estas calles están menos atestadas de gente y se notan más tranquilas pero, aún así, tienen mucho ambiente: están llenas de gente cenando, jugando a las cartas, etc. Despues de conversar con varios de ellos seguimos hasta la plaza de Tahrir. Es un sitio clave de la historia de Egipto, pues aquí se han vivido la mayoría de las grandes protestas del país. Nos sentamos un rato en la plaza para hacer fotos, pero unos tipos que llevan un pinganillo nos dicen que no podemos sacar fotos de la plaza. No tenemos ni idea de por qué. Nos quedamos un rato y al final pedimos un taxi para regresar al hotel.

Cuando llegamos es tardísimo. Nos damos una ducha y nos escribe Ahmed, nos recogerán para ir al aeropuerto a las 2 pero si queremos podemos ir a tomar algo con él antes. Acordamos que nos recogerá a la 1, pero cuando llega yo estoy muerta y decido quedarme durmiendo un rato más y D se va con ellos (ni un minuto se quiere perder!). Cuando me recoge el coche, me llevan hasta un restaurante donde están Ahmed, Katia y D. rodeados de comida. Concretamente perdiz a la parrilla e hígado de camello. Dos platos delicatessen, se conoce, aunque a las 2 de la mañana resulta un tanto extraño.

Luego, cuando terminamos de cenar a estas horas intempestivas (aunque para los egipcios no deben serlo porque está el sitio lleno y los de al lado también) ya sí que nos vamos al aeropuerto. Se nos acaba Egipto y su gente. Se nos acaba pasear entre piedras y colores de hace 5000 años. Se nos acaba el Nilo. Se nos acaba.. de momento, porque claramente es un país al que volveremos. No hemos visto ni la punta del iceberg y tenemos ganas de más.